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Lincoln, un ideal noble en garras de los buitres

"Lincoln", un ideal noble en garras de los buitres

"Lincoln", un ideal noble en garras de los buitres

La perfección técnica de Daniel Day-Lewis como un Abraham Lincoln cansado y melancólico, que se presiente como cordero en el matadero de la historia, llega a tiempo antes de su consagración casi segura con un Oscar

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Venezuela no posee el monopolio de los debates parlamentarios patéticos. Ni siquiera el poder legislativo británico, considerado el padre de sus equivalentes occidentales (lo que algunos historiadores atribuyen a que los adversarios en las cámaras de los comunes y de los lores se sientan muy juntos y frente a frente, lo que hace un poco más civilizado el intercambio), está libre de las contradicciones e imperfecciones de todo sistema democrático. Los presuntos representantes del pueblo, con frecuencia, no votan según sus convicciones o lo que dicta el sentido común, sino por el miedo que impone el bloque al que pertenecen.

De esto, entre otras cosas, trata Lincoln, lo que quizás no la convierte en la mejor película para ir al cine a comer cotufas o evadirse de la devaluación del dólar. Más que una biografía convencional de Abraham Lincoln, el filme de Steven Spielberg analiza los meses finales del presidente asesinado en 1865 y su intervención en la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Puede parecer por ratos una transmisión del canal de televisión de la Asamblea Nacional. Algunos críticos de cine, como Juan Carlos Arciniegas, de CNN, lo consideran “aburrido”. Tampoco, en principio, luce demasiado orientado al público internacional. Sin embargo, para el que se documente un poco, puede ilustrar el contraste entre un ideal puro (la igualdad, sin que importe la piel más clara u oscura) y el juego con frecuencia ruin de la política real.

En 1865, la Guerra de Secesión declarada en 1861 entre el sur esclavista y el norte supuestamente progresista está por terminar. En el Congreso, donde presuntamente está representado el sector menos racista de Estados Unidos, muchos diputados blancos observan con reticencia el futuro de un país en el que, por ejemplo, todos los negros liberados tendrán derecho a votar. El presidente republicano Lincoln, por su parte, desea aprobar y dar rango constitucional a la abolición de la esclavitud antes del final de la guerra, pues de lo contrario, cuando los derrotados estados del sur formen parte del poder legislativo federal, la medida será fácilmente revocada. Para un fin noble, vale todo: desde el soborno velado a uno que otro congresista hasta ocultar la rendición del sur.

No hace falta decir que la interpretación del británico Daniel Day-Lewis, uno de los mejores actores vivos, es un dechado de perfección técnica: comienza con la interpretación vocal, una de las mejores de todos los tiempos en cuanto a acento y timbre, según los testimonios históricos (no hay grabaciones de Lincoln), y se prolonga en la vejez prematura de un presidente físicamente imponente y relativamente joven, a los 56 años de edad, pero agotado, apesadumbrado por tragedias personales y nacionales y de algún modo consciente del destino que le espera como cordero de sacrificio. En una faceta que quizás no traerá felices asociaciones a algunos espectadores venezolanos, el Lincoln de Day-Lewis es también un insigne cuentero, que en pleno gabinete chacharea a sus ministros con digresiones como la del aristócrata inglés que ponía un cuadro de George Washington encima del retrete.