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Leila Guerriero: “Me gusta la solidaridad en el periodismo”

Leila Guerriero | Foto Henry Delgado

Leila Guerriero | Foto Henry Delgado

La periodista asegura que lo más le gusta de dictar talleres es generar entusiasmo en la gente que recién empieza en el oficio

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En plena hora pico de la tarde capitalina, Leila Guerriero termina de dictar un taller de periodismo narrativo intensivo en el Centro Cultural Chacao.

Después de charlar durante seis horas está agotada. Se nota en su rostro, es visible en el delineador que luce corrido en sus pestañas inferiores. Aun así, conserva el garbo, sus ademanes elegantes al andar y al hablar.

En vez de moverse en automóvil, la espigada periodista argentina prefiere ser una transeúnte más. Lleva prendas negras, como es usual en ella, un color que considera neutro para cualquier ocasión. Antes de continuar su camino para reunirse con un grupo de amigos venezolanos, la autora de libros de crónica como Los suicidas del fin del mundo y Frutos extraños, concede unos minutos para hablar de lo que más le gusta hacer: escribir.

Es la segunda vez que visita Caracas, aunque no recuerda mucho de su primera estancia porque su itinerario se redujo de la universidad al hotel. En esta ocasión vino invitada por la Embajada de Argentina. Es una mujer ocupada y le gusta eso. No solo investiga material para nuevas crónicas, es la editora para el Cono Sur de Gatopardo o escribe columnas para El País de España y El Mercurio de Chile, sino que también viaja por el mundo para compartir sus conocimientos.

“Mirá, lo que más me gusta de esto es generar entusiasmo en la gente que recién empieza, que está llena de dudas. Me gusta reafirmarles la idea de que es una profesión que vale la pena. Me interesa hablar del periodismo bien hecho, pero escribir muy bien es diez escalones arriba y eso cuesta trabajo. No es que uno se sienta y todo fluye. Eso no existe”, agrega la periodista, que se confiesa amante de la lectura de ficción. En su mesita de noche hay por lo menos catorce ejemplares de ese género. Entre ellos, un libro que le fascinó: Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgård.

— ¿Son similares las inquietudes de los participantes venezolanos a las de otros periodistas latinoamericanos?
— Lamentablemente en el taller que hicimos había un ruido tremendo y no pude establecer mucha interacción con el público. Pero sí me di cuenta de que son unos lectores increíbles. Cada vez que intervenían era para decir algo inteligente, sorprendente, poco obvio. Sin embargo, hay un interés común que tiene que ver con quejas que trato de neutralizar rápidamente: que si no hay espacios o que les cortan las notas. Hay otras que son propias de cada país; en algunos lugares están más preocupados por la libertad de expresión.

— Cuando empezó a ejercer el periodismo, ¿tuvo la oportunidad de participar en talleres como los que dicta?
— No, me eduqué en redacciones. Nunca hice un solo taller de periodismo. ¡No sé si lo soportaría! Tuve editores. El problema es que esa figura se ha ido eliminando.

— ¿Qué le motivó a dictar talleres?
— Creo mucho en la idea de repartir el entusiasmo, llevar la buena nueva, aunque suene un poco ridículo. También descubro muchos talentos y prosas nuevas. Siempre he aprendido a trabajar en entornos de generosidad. Han sido redacciones muy duras, caníbales, pero también con una idea clara de que si no lo hacemos bien entre todos, esto se va al carajo. Me gusta la solidaridad en el periodismo.

— ¿Le gustaría escribir algo sobre Venezuela?
— Es un país que me produce mucha curiosidad. Me gustaría irme un mes a las ciudades del interior para bajar a tierra todas estas cosas que se escuchan en el extranjero. Hablar con gente de diferentes clases sociales para que me hablen de la escasez y de la polarización, quitándole un poco de dramatismo, sin que suenen como si fuera el fin del mundo.

— ¿Qué se siente que su trabajo sea objeto de estudio en cátedras de periodismo o que sea elogiado constantemente por colegas?
— ¡Pánico! Hay algo de irrealidad sin duda. Siento que es algo bonito e importante, pero no me lo termino de creer porque mi trabajo consiste en pensar en mi trabajo. Me da mucho miedo acostumbrarme al halago... ¿Qué pasará entonces el día que tenga que recibir una crítica? ¿Me voy a derrumbar? No, soy una persona muy fuerte. Trabajo mucho contra el ego.

— Como una de las principales exponentes del género, ¿cuál es el estado de la crónica en América Latina?
— Siempre ha sido bueno y malo, lo que pasa ahora es que se habla más. Se ha definido la palabra crónica y las casas editoriales muestran más interés en ella, pero las revistas que las publican siguen siendo las mismas. Incluso muchas presentan durísimos problemas financieros, quizá insalvables como El Malpensante. Sin embargo, hay mucha renovación. Hace quince años no se conseguía un libro de crónica de Juan Villoro o de Martín Caparrós, ahora todos esos autores circulan.

 

Conversaciones en torno a la crónica
Sala La Viga. Centro Cultural Chacao
Hoy, 6:00 pm
Entrada libre

Charla sobre periodismo
Librería Lugar Común. Frente a la plaza Francia, Altamira
Mañana, 7:00 pm
Entrada libre