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Layla Vargas: “Estoy en una etapa en la que mi vida me abruma”

La artista participará en la versión cinematográfica de Jazmines en el Lídice | FOTO: HENRY DELGADO

La artista participará en la versión cinematográfica de Jazmines en el Lídice | FOTO: HENRY DELGADO

La ganadora del Premio Avencrit por su personaje en La cocinera reconoce que ha habido apoyo para el arte, pero cree que no es suficiente. “Hay que invertir en la cultura y en nosotros, los actores”, dice

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La entrevista transcurre de pie en un baño mientras ella se maquilla, iluminada por un triste bombillo que cuelga del espejo. Llegó tarde al encuentro y debe arreglarse para la foto. Además, tendrá luego otros compromisos.

Al hablar extiende la base por su rostro. Los zarcillos largos, triangulares, tiemblan desde el lóbulo. Un pedazo de esponja cae al lavamanos. Pero ella está concentrada en su historia, en Gladys, en lo dulce, lo agrio y lo condimentado de la obra que protagoniza y que le valió el premio a Mejor Actriz de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral, La cocinera.

A mitad de la conversación entra al baño otra artista, se excusa y pasa directo a lo suyo. Otros la apuran desde el final del pasillo. Pero ella no deja de hablar. Sus grandes ojos verdes tampoco están quietos. Layla Vargas hace muchas muecas, casi tantas como las veces que se acomoda el cabello, un afro rojizo. Su voz es gruesa, atropellada, con la que de vez en cuando dice una grosería.

“Yo nací en Caricuao. Cuando tenía 18 años mi mamá se mudó a Maracay, pero yo me quedé en Caracas porque estudiaba inglés. Había hecho un curso de auxiliar a bordo porque quería ser aeromoza, viajar por el mundo y hablar otros idiomas. Pero quedé embarazada y tuve que posponer todo eso. En mi casa era siempre la payasita, tenía personajes, cantaba. Entré a la Juana Sujo cuando ya mi hijo tenía 4 años, hice el propedéutico y quedé, según los profesores, pero al director no le caí muy bien y no me quiso aceptar. Después mi mamá vio un anuncio de la Compañía Nacional de Teatro y entré. Estaba Héctor Manrique a la cabeza. Tuve maestros maravillosos: Diana Peñalver, Felicia Canetti, Roberto Rodríguez. Fueron tres años. Ahí dije que el teatro era lo que me encantaba”.

Luego de participar en ocho obras se mudó a Puerto La Cruz por una situación familiar. En Caracas se había graduado de periodista en la Universidad Santa María y en el oriente se desempeñó como reportera de Cultura, fundó un periódico de corte popular, trabajó en un programa de farándula en televisión e hizo radio. Transcurrieron siete años.

“Luego me regresé. Dije que sería feliz yo. Ya mi hijo estaba grande y se había ido a estudiar a Roma. Haría todo lo que debí haber hecho cuando tenía 20 años. Y estoy en una etapa en la que mi vida me abruma. Experimento cosas muy locas que surgen y que tomo como aprendizaje. Te puedo decir que soy feliz. Si estoy haciendo teatro no me hace falta más nada. Mi hijo, obviamente, pero siempre estamos comunicados”.

Al volver a la capital, Vargas participó en el montaje de Jericó Montilla Hembras, mito y café. Allí conoció a Rossana Hernández, quien luego la llamó para la pieza galardonada, que primero fue un ejercicio para un taller de dirección de Orlando Arocha, luego de que Gledys Ibarra y Sheila Monterola rechazaran el papel por otros compromisos.

“¿Qué quién es Gladys? Es una mujer que cambió mi vida en muchos aspectos: en mis relaciones amorosas, porque hay situaciones que no voy a permitir nunca que pasen; en cuanto a la política, porque me he abierto más y soy capaz de entender cosas que antes no podía, de escuchar y respetar las opiniones de las personas; con respecto al trabajo, que tienes que buscar tus métodos para sobrevivir ya sea en capitalismo, socialismo, comunismo o canibalismo. Además, el texto es arrechísimo. El autor dibuja cada personaje, no hay una frase que pase por debajo de la mesa. Gladys me permite vivir muchas emociones. Siento que ha premiado mi vida”.

Son episodios que la actriz desearía para otros: “Siento que La cocinera es una obra que debería ver todo el país, independientemente de la tendencia política. Porque no solo habla de historia, sino también de la familia, las relaciones entre parejas. Te dice tantas cosas que sientes que debes verla al menos para entender que podemos escucharnos de alguna manera. La situación cubana es muy parecida a lo que estamos viviendo ahorita. Y lo maravilloso del texto es que no se parcializa nunca. Nadie es perfecto, todo el mundo comete errores, se arrepiente. Es una obra muy humana”.

Pero Layla Vargas ha tenido otros personajes antes del de La cocinera. Fue Medea en la pieza de Jericó Montilla; Manuelita Sáenz en Palabreo instantáneo con Adolfo Nittoli y protagonizó Quién le teme a Eloína Rangel en Microteatro, formato al que vuelve con la obra Súper Rompe, escrita y dirigida por Kevin Jorges, que actualmente se presenta en Urban Cuplé. Allí interpreta a la lesbiana Camiona, quien va acompañada de un títere: una vagina de nombre Papo.

Además, ha hecho cine: tuvo un papel pequeño en Tres bellezas (Carlos Caridad) y participó en cortometrajes como Locura mística y La carnada. Ahora actuará en la versión cinematográfica de Jazmines en el Lídice y en Ámbar.

Indetenible, también trabaja en televisión: será Zuleima, la mejor amiga de Fedra López en la próxima producción de TVES Vivir para amar, que saldrá al aire a finales de agosto.

“No puedo vivir del arte. Es lo que yo más quisiera. Sé que ha habido un gran auge y apoyo en materia artística. Está el Festival de Teatro de Caracas, las nuevas salas, son cosas que hay que reconocer, pero falta. Se deben hacer grandes producciones. Hay que invertir en la cultura y en nosotros, los actores. Somos el entretenimiento de la ciudad y no se nos valora, a veces ni siquiera los mismos grupos. Eso pasa en televisión y en cine también, lo que nos obliga a dedicarle menos tiempo del que quisiéramos. Necesito poder vivir de lo que hago”.

 

La cocinera

Espacio Plural, Trasnocho Cultural, Paseo Las Mercedes

Funciones: viernes 8:00 pm; sábado y domingo 7:00 pm

Entrada: 350 bolívares