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Onofre Frías prueba que el color vive su mejor momento

Onofre Frías, barloventeño / Orlando Ugueto

Onofre Frías, barloventeño / Orlando Ugueto

El pintor exhibe 100 obras en distintos formatos en una muestra con la que celebra 60 años de edad y 40 de carrera artística

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Onofre Frías señala una mancha de pintura amarilla sobre la superficie de una mesa de madera. No es un elemento pictórico más dentro de una de sus composiciones, sino el gesto del golpe que la mano de un músico propina al tambor. Así define el artista su propuesta. “Esto que está aquí es música visual, percusión pura para los ojos”.

El creador de origen barloventeño ha hecho de la polirritmia el tema del centenar de obras que exhibe actualmente en la muestra Los  cien  de  Ono 100%  Karibe (60+40). Pero cabe acotar que el pintor no está conmemorando su centenario. Ayer cumplió 60 años de edad y su manera de celebrar el “número redondo”, que además coincide con los 40 años que ha dedicado al arte, es con una exposición que para él es, fundamentalmente, un divertimento. “Hice una cosa ociosa como escoger una obra por cada año. Es una ociosidad muy personal pero lo logré: en la sala hay cien obras”, dice.

Las cinco salas del Centro de Arte Daniel Suárez están repletas de lienzos de pequeño, mediano y gran formato, pero también de jeans, mesas y otros objetos tridimensionales intervenidos por el artista. “Busco materializar en objetos lo que existe bidimensionalmente en mis pinturas. Esto me permite explotar otras posibilidades. Como artista a veces uno se tranca y al meterse en otra dimensión resuelve cosas”.

Desde que Frías comenzó a estudiar la polirritmia de los tambores de Barlovento, le interesó llevar ese mundo a sus pinturas. Primero lo hizo con un estudio de la expresión corporal de los bailarines de tambor que lo llevó a ganar el Premio Nacional de Dibujo en 1992. Ahora lo hace a partir de lo cromático, con trazos y texturas.

El protagonista de las obras de Frías es el color, un elemento que define como un estímulo físico, un símbolo y un código cultural. En las piezas expuestas predominan los naranjas, los amarillos y los rojos, los llamados tonos cálidos del círculo cromático. No se trata de un capricho, es más bien cuestión de filosofía. Para el artista, esta gama es la que mejor representa la sonoridad caribeña que busca reflejar en su trabajo. “Para que una cosa sea música para los ojos no debe estar escrita en un pentagrama, que es una convención. Por eso he buscado el color lumínico, llamados también neón, ellos reflejan la intensidad que puede sentir el ojo equivalente a lo que siente el oído cuando escucha una descarga, o lo que el cuerpo siente cuando le  entran los ritmos de culo e’ puya o de tambor de la perra”.

La exhibición pone de relieve el hecho de que el mundo ha vuelto a apreciar el color, un elemento de expresión que había estado un tanto desplazado. “No hay una vuelta al color, más bien es una naturalidad de usar el color lumínico o neón. La sociedad lo ha asimilado. Se usa en zapatos, en ropa. En la industria textil ha habido un desarrollo del color extraordinario. La gente lo está gozando, está vistiendo con esa intensidad cromática que yo planteo a nivel estético, pero como problema musical y visual”.