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Jubileo 007

Skyfall | Foto: EFE

Skyfall | Foto: EFE

Sam Mendes, un director ganador del Oscar, coloca pinceladas de majestuoso clasicismo a la película que celebra los 50 años de un hito de los británicos

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Luego de la entrega final de Harry Potter y los Juegos Olímpicos Londres 2012, la exaltación de los grandes aportes británicos a la cultura universal se prolonga.

El imperio venido a menos, cuyos mitos monárquicos han sido bautizados en el fuego de los tiempos del ojo omnipresente mediante la desnudez robada por los paparazzi a la duquesa Catalina, festeja ahora el aniversario 50 de James Bond con Skyfall.

Vienen en el paquete la voz-caricia de Adele, un villano platinado (Javier Bardem) que parece proponerle al agente secreto 007 su primera vez en roces de piel con el mismo sexo, un “Q” (suministrador de tecnología) de la generación Tablet, un cuadro emblemático de J. M. W. Turner y un desenlace que hace recordar el sangriento asedio al colegio de Hogwarts en la última película del aprendiz de mago.

Por primera vez, un director ganador del Oscar, Sam Mendes (por Belleza americana), se encarga del espía británico creado en 1953 por el escritor inglés Ian Fleming, quien le puso un nombre, en sus palabras, “tan corto como anglosajón, viril, común e insulso”. Es muy poco probable que Skyfall aparezca postulada como Mejor Película en los premios de la Academia en 2013, y quizás se trata de un hecho afortunado, pues la franquicia cinematográfica más antigua que sobrevive en el cine occidental siempre ha recordado que el entretenimiento, la evasión, la frivolidad y hasta el absurdo integran una parte inseparable del séptimo arte.

Sin embargo, además de las obligatorias escenas de acción, a Mendes se le agradecen respiros de grandeza, reposo y clásica elegancia en la entrega número 23 de James Bond, interpretado desde 2006 por esa especie de tanque de guerra de Blitzkrieg, no del todo invulnerable, llamado Daniel Craig. Ejemplos: la sublime escena entre anuncios de neón en un rascacielos de Shanghai y todo el episodio en las Highlands escocesas, con visita incluida a la tumba de los padres de 007, lo que también hace pensar en Harry Potter.

Junto a las chicas, los carros, los aparaticos, el martini y las pistolas, la posibilidad de viajar sin pagar más que un boleto de cine es una de las bendiciones de la segunda saga más taquillera de la historia (¿la primera? Harry Potter). En Skyfall, además de Shanghai y Escocia, Bond visita Estambul por tercera vez en la serie fílmica, Macao (con un dragón de Komodo incluido) y una de las locaciones más memorables: Hashima, una especie de superbloque caraqueño de Parque Central abandonado que ocupa prácticamente la totalidad de un islote de Japón, que en la ficción adquiere una escenografía de derrumbe comunista.

Casi desde los tiempos de Sean Connery se ha pronosticado la desaparición de un símbolo de la Guerra Fría: en Skyfall, la transparencia impuesta por el radicalismo a lo Wikileaks es la nueva amenaza para el servicio secreto británico (en el instrumental del “Q” nerd, se nota también que en Europa corren tiempos de carestía hasta para los espías). Como el barco de madera Temeraire en el cuadro de Turner, Bond ha perdido algo de facultades ante el escenario de la guerra informática. Pero el viejo león británico, subestimado, afila las garras y sorprende al mundo: recuerden los Juegos Olímpicos.   

Skyfall
Espionaje. Gran Bretaña y Estados Unidos, 2012
Director: Sam Mendes   
Desde mañana en cines