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“¿Jubilarme? No sé qué significa esa palabra”

Al Pacino / EFE

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Al Pacino, uno de los grandes actores de Hollywood, no se plantea la retirada a los 72 años de edad. Mientras lea guiones interesantes, seguirá en el cine. Tipos legales es una de esas historias

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Tiene las uñas negruzcas, la chaqueta de cuero raída y el aspecto algo descuidado. Pero esa persona que está pegada al celular en el hotel Four Seasons de Los Ángeles es Al Pacino. De indigente, nada. Es más bien una celebridad indiscutible, uno de los pocos actores con mayúsculas que quedan junto con Robert De Niro y Dustin Hoffman.

Bohemio siempre, y más ahora, con esos cabellos que parecen no haber visto un peine en años y que intentan encubrir la calvicie que conlleva el paso de toda una vida, un último intento de conservar el aire de juventud desenfadada que los 72 años de edad dejó atrás.

Su conversación resulta salpicada con citas. Porque el intérprete nacido en Nueva York esconde su timidez en las palabras de otros. Allí encuentra su refugio de una fama que le ha perseguido durante muchos años, porque alguien como él, que ha brindado estelares interpretaciones en El padrino, Tarde de perros, Serpico o Esencia de mujer, no pueda pasar inadvertido.

A Pacino no le gustan las entrevistas y suele evitarlas, pero le divierte tanto su más reciente trabajo, una película pequeña y casi independiente: Tipos legales (que presentó este fin de semana en España), que en esta ocasión se muestra super conversador.

—¿Por qué rompe ahora su habitual silencio?

—No me prodigo mucho en entrevistas, pero eso lo hace ahora más entretenido. Me lo tomo como una novedad. Y por una vez no me importa. Me pareció que sería divertido y, en los tiempos que corren, sé que Tipos legales es una película pequeña que se perdería sin mi ayuda. Así que aquí estoy.

—¿Qué tiene Tipos legales para devolverle al cine?

—Dicen que algunos papeles son tu centro de gravedad, tu timón. A mí me resulta difícil de decir, porque se me ha olvidado todo lo que hice antes, pero estoy acostumbrado a leer guiones y la cadencia de esta historia de tipos que han vivido, su autenticidad, hace fácil para un actor como yo enamorarse del trabajo.

—¿Qué le mueve a aceptar un papel a estas alturas de su carrera?

—La historia, el rodaje en Los Ángeles, que me permitía estar cerca de mis hijos pequeños; mi amistad con Fisher Stevens (el director), una persona muy especial que conocí como actor y sabe cómo dirigir aunque esta sea su primera película. Antes mi única motivación era el guión. Ahora hay un montón de factores.

—¿Qué tuvo la década de los setenta que no exista ahora? ¿Fue mejor o es pura nostalgia?

—Yo también lo pienso. ¿Fueron obras maestras o somos unos sentimentales? Es fácil pensar que lo pasado fue mejor, pero también es cierto que se dan momentos en los que confluyen factores que propician el nacimiento de algo nuevo. La década de los setenta fue un renacimiento, tuve la suerte de estar allí, de participar en un par de películas de esas que lo cambiaron todo. Lo que hacíamos en cine, dar una visión sociopolítica de nuestro mundo o como lo quieras llamar, hoy se hace en la televisión.

—¿Fue consciente del momento que vivía?

—Probablemente. Recuerdo el rodaje de Tarde de perros. Todos sentimos que era el comienzo de algo. ¿Sabes la escena del repartidor de pizza, el circo mediático que le rodea y cómo sale diciendo eso de “Soy una estrella”? En ese momento Sidney Lumet se me acercó y me dijo al oído: “Se nos va de las manos. Esto se nos escapa”. Sí, lo veíamos mejor que nadie, la sed de fama, aunque fuera por un minuto, la invasión de los medios de comunicación.

— Lumet le consiguió su primera candidatura al Oscar con Serpico, pero antes llegó El padrino. Le puso en el mapa pese a que los estudios no confiaban en su trabajo, al contrario que Francis Ford Coppola.

—Como suelo decir, me gusta el riesgo, pero no el suicidio. Por eso arriesgo con directores primerizos como Fisher. Le adoro, y me gusta jugármela con alguien nuevo. Pero lo haría todo por alguien como Francis, el más independiente de todos los directores. Siempre lo fue y su corazón estuvo a contracorriente. Lo malo es que a la vez que es independiente le gusta pintar grandes lienzos. Ese es su punto fuerte y débil. Siempre piensa a lo grande, y eso asusta. Es alguien por quien siento toda la admiración y con quien me gustaría trabajar más.

—Tipos legales tiene un cierto tono de comedia más cercano a ese filme, Esencia de mujer, que le dio un Oscar.

—Es gracioso que cite esa cinta, porque la idea es similar, personajes que tienen poco que perder y se dejan llevar por el momento, que quieren vivir la vida como es. Yo creo que soy una persona divertida. Eso espero. Empecé como un cómico. Pero luego me atraparon los dramas. El trabajo en El padrino se impuso sobre cualquier otro papel de mi carrera, sobre la forma en que me vio el público o la industria desde entonces. Yo sigo pensando que soy alguien divertido. Mira a De Niro. En esta segunda etapa de su carrera se ha reinventado como un actor cómico. Es algo increíble y que pasa con poca frecuencia, pero es muy interesante.

—¿Y la jubilación? ¿Alguna vez le pasa por la cabeza? Hace años, después de Revolución, se distanció una temporada de Hollywood.

—Esa película marcó un momento interesante en mi vida. Había roto con alguien que amaba y me atrajo un filme que hablaba de supervivencia y con un director en el que creí, Hugh Hudson. ¡Y fue tal fracaso! No es que me retirara, pero sí es cierto que me dejó sin hacer cine durante cuatro años. Me sentí desilusionado con la industria. Pero era demasiado joven para la jubilación.

—¿Y ahora? ¿Qué mantiene viva la llama de la interpretación a los 72 años de edad?

—¡Yo también me lo pregunto! Parafraseando a Oscar Wilde, cada vez que la idea me pasa por la cabeza, me echo un rato hasta que se me pasa. Supongo que me encanta verme en el ambiente que hace posible una buena interpretación. ¿Jubilarme? No sé ni lo que significa esa palabra. ¿Retirarme? ¿A qué? Si un trabajo me interesa, por qué no hacerlo. Aunque cada vez sean más difíciles de encontrar.