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Juan Carlos Méndez Guédez: “Crece quien afronta el dolor”

Méndez Guédez: “Vinimos al mundo para ser abandonados una y otra vez, pero las palabras son el escudo con el que nos protegemos y sobrevivimos” | FOTO: Alexandra Blanco

Méndez Guédez: “Vinimos al mundo para ser abandonados una y otra vez, pero las palabras son el escudo con el que nos protegemos y sobrevivimos” | FOTO: Alexandra Blanco

En 2014, dos novelas suyas se traducirán al francés y Siruela publicará la más reciente, Los maletines

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En los últimos años, Juan Carlos Méndez Guédez se ha entregado con obsesión febril a su literatura. Lo bueno es que su trabajo ha dado frutos. Tres libros suyos, dos novedades y una reedición, se publicaron entre finales del año pasado y lo que va de este. Además, en 2014 lo traducirán al francés y entrará al catálogo de Siruela.

En España –donde vive– apareció su volumen de cuentos Ideogramas (Páginas de Espuma, 2012), en el que las cicatrices espirituales y geográficas surcan 12 relatos que vuelven sobre motivos propios de su obra como el dolor de la migración. En 2013 publicó la novela corta Arena negra en Venezuela (Lugar Común) y España (Casa de Cartón), en la que la atmósfera sentimental teje múltiples significados sobre la separación de la patria y el abandono del padre. Equinoccio reeditó en marzo su novela Una tarde con campanas, que publicó Alianza Editorial en 2004 y sólo circuló en España. “Miro con simpatía al joven que escribió esa historia, y que intentó describir los niveles reales y mágicos que se interconectan en la infancia y la posibilidad de que la inmigración también sea una forma de renacimiento y celebración”, expresa el barquisimetano cuyas novelas Chulapos mambo y Tal vez la lluvia se traducirán al francés.

También representará a Venezuela en el Festival de la Palabra, que se desarrollará en Puerto Rico y Nueva York entre el 10 y el 13 de octubre. La trasnacional Siruela editará el año que viene su próxima novela, Los maletines, en la cual un hombre decide hacer un cambio radical en su vida por la tranquilidad de sus hijos.


–¿Trabajó simultáneamente en Ideogramas y Arena negra? ¿Qué se permeó de un libro a otro?

–Esos libros están sostenidos en una voluntad poética: narrar con la lógica de las imágenes propia de cierta lírica, narrar para descubrir conexiones insólitas del mundo que no siempre respondan a una relación causa-efecto, narrar como si los árboles hablasen y yo pudiese escucharlos.

–Como tema literario, el abandono del padre es interesante y, en su caso, biográfico.

–Crece quien afronta el dolor. El abandono paterno aparece en otros libros míos y me va a acompañar siempre. Escribo sobre lo que me conmueve, lo que amo y odio. Escribir también es vengarse. Una lenta venganza que vence el abandono. Vinimos al mundo para ser abandonados una y otra vez, pero las palabras son el escudo con el que nos protegemos y sobrevivimos.

–El motivo que atraviesa su obra es la migración, ¿cómo ha cambiado su perspectiva sobre el tema desde 2004?

–Sigo reivindicando la posibilidad que ofrece la migración de reinventarse la vida, de renacer, de ser el que eras y ser también otro. Pero es una experiencia absolutamente personal; comprendo que una persona que se mude y viva en condiciones de esclavitud y execrado socialmente no pueda experimentar esa celebración. Lo que pasa es que mis dos realidades, mis dos países, son una singularidad con ese tema. Venezuela y España han sido lugares donde el que llega de afuera es integrado, aceptado, forma parte del tejido profundo del país. Eso me hace sentir orgulloso de ambos lugares, y lo que en lo literario me resulta seductor: ver qué surge de esa mezcla humana, lingüística, histórica.

–¿Qué “ideograma” ha dejado Venezuela en usted?

–Severo Sarduy y Juan Carlos Chirinos han hablado de una primera herida o cicatriz (un primer ideograma diría yo) que es el ombligo, y ese se convierte simbólicamente en el apego al lugar donde despiertas a la vida. Eso no puede borrarse. Imaginas el mundo, lo escribes, lo lees, y sucede de manera natural ese lugar inicial. El ideograma, la huella de sentido que deja Venezuela sobre mí es que mi manera de ficcionalizar el mundo gira alrededor de sus personas y espacios, sus modos del habla, sus asperezas y su festividad. Ya no se trata de colocar el oído sobre el país, al modo de Rómulo Gallegos, o de sentar cátedra para explicar cómo debe ser nuestra identidad o nuestro futuro, sino de ser una voz que forma parte del caos, de la alegría, del infantilismo extremo que somos, de la euforia y el dolor que construimos. Uno viaja con su ombligo: ese mundo inicial viaja con uno, y lo hermoso es la mezcla que cada quien vaya elaborando a partir de esa materia inicial que llamamos país. Me interesa cómo la subjetividad se reinventa, se hace persona y se hace voz y para eso también se vale de sus heridas.


Ideogramas

Páginas de Espuma, 2012

Doce metáforas de las cicatrices se convierten en narraciones sobre realidades que mezclan temas, ambientes y anécdotas venezolanos, españoles y canarios. La experimentación estilística marca el volumen, como se evidencia en el cuento “Huellas”, construido con siete minirrelatos conectados por las metáforas de cicatrices, ombligos e inmigrantes.


Arena negra

Lugar Común y Casa de Cartón, 2013

Tres historias se entretejen, unidas por diferentes signos del abandono. Una muestra el presente de una hija que ve el cuerpo envejecido de su madre descomponerse como sus relaciones afectivas. La otra ubica a esa mujer en su infancia, cuando su padre la abandonó. En la tercera, un narrador intenta darle sentido a las otras dos historias.


Una tarde con campanas

Alianza Editorial, 2004; y Equinoccio, 2013

Desde la voz de un niño que se muda con sus padres a España, la novela cuenta las anécdotas de una familia que debe padecer la enfermedad, la pobreza y la violencia. Cada capítulo va de la tragedia a la comedia a través de los desafíos cotidianos de la infancia, como aprender a hacer deportes para relacionarse con otros de su edad.