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José Ovejero sacude las certidumbres del romanticismo

“El intelectual se ve rebasado por la contradicción de pensar de una manera profunda y expresarse de una banal” | FOTO: ALEXANDRA BLANCO

“El intelectual se ve rebasado por la contradicción de pensar de una manera profunda y expresarse de una banal” | FOTO: ALEXANDRA BLANCO

En la novela ganadora del Premio Alfaguara, el protagonista se enamora de una mujer que nunca conoció

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El autor José Ovejero pretende con sus novelas zarandear las convicciones de sus lectores e imponerse a “la razón domesticada” a través del exceso y la violencia como invitaciones a leer la realidad de forma distinta. Piensa que sus libros son crueles, pues no se someten a la dictadura del entretenimiento. “Nos obligan a cambiar, si no de vida, por lo menos de postura, porque nos vuelven incómoda esa en la que estábamos plácidamente aposentados en nuestra existencia”, escribe el madrileño en Ética de la crueldad, ensayo que en 2012 ganó el Premio Anagrama.

Los escritores crueles, sin embargo, al igual que los boxeadores, necesitan descansar y prepararse entre peleas. Y fue en un intersticio semejante cuando se le ocurrió al autor nacido en 1958 la historia de un hombre de 40 años de edad que se enamora de una mujer muerta a la que nunca conoció y cuyo amor se convierte en una infracción liberadora para no seguir enterrándose “en la aceptación de los días como si no hubiese otras opciones”. Con ese argumento construyó La invención del amor, la novela con la que ganó el Premio Alfaguara 2013. Aunque distinto al resto de su obra, el libro que presentará hoy a las 7:00 pm en el Trasnocho Lounge de Paseo Las Mercedes tampoco ofrece certezas e invita a mirar las relaciones humanas desde la realidad.

–¿Cree que vale la pena escribir novelas románticas en el siglo XXI?

–Como la muerte, este es uno de los temas principales de la creación artística. Aunque la obra trata del amor, aquí el sentimiento no está idealizado como en el romanticismo o en los sentimientos platónicos, pues me interesaba meterme en las grietas de las relaciones humanas. Propongo una visión del amor menos idealizada, que es también más satisfecha porque el problema del ideal es que nunca lo alcanzas. Observar la realidad tiene un efecto tranquilizador. Es constructivo mirar las cosas como son; puede ser decepcionante al principio, pero al final es desmitificador.

–¿Se considera un pesimista?

–El pesimismo es una gran estrategia para se feliz, porque cuando no esperas grandes cosas de la gente o del mundo a veces tienes sorpresas agradables. No creo que mis novelas sean pesimistas, aunque tienden a hurgar en las sombras. La literatura no está allí para crear mundos felices a los cuales escaparse. Creo que está para crear mundos de fantasía, pero no para invitarnos a escapar en estos, sino para ponernos en relación con nuestros miedos, deseos y frustraciones. Se trata de una representación estética que hacemos del mundo para volver a nosotros mismos.

–En ese contexto, ¿cuál es el papel del intelectual hoy?

–No todos los escritores son intelectuales, pues estos son aquellos que no sólo cuentan historias sino que también reflexionan sobre los asuntos de su época. Este tipo de escritor tiene un papel cada vez menor, porque vivimos en una sociedad de la rapidez, de lo inmediato. No se puede ser un intelectual de titulares de periódico. El intelectual se ve rebasado por la contradicción de pensar de una manera profunda y expresarse de una banal.