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Jorge Pizzani escribe las leyes del oficio de pintar

Jorge Pizzani | Foto: Manuel Sardá

Jorge Pizzani | Foto: Manuel Sardá

La doctrina de Vinght se titula el sustento conceptual de sus lienzos, elaborados en gran formato

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Estrechar la mano de Jorge Pizzani implica, a veces, mancharse de pintura. No es casualidad. El artista siempre ha dicho que pinta con el cuerpo. Le dedica tanta energía a cada lienzo que los accidentes ocurren. En esta ocasión el creador no manipulaba acrílico, sino que preparaba el montaje de la exposición La doctrina de Vinght.

El título alude a un texto escrito por el propio Pizzani, en el que enumera los 20 motivos que tiene para continuar dedicándose al oficio de pintar, que cultiva desde los años setenta. “Cada vez que uno va a exponer tiene que buscarle un sustento conceptual a la obra. Es casi una obligación a la cual yo, en lo personal, soy un poco reticente. No me gusta explicar los códigos implícitos de la pieza”, asegura.

La doctrina que escribió por puro gusto le permite al espectador adentrarse en los que han sido los grandes temas para Pizzani: la pintura, el formato y el soporte. Allí están algunas de las claves para entender la producción de un creador que desde hace 20 años vive y trabaja en Turgua, alejado del ruido, casado con el quehacer pictórico.

El resto de las pistas están en la serie de videos y fotografías que acompañan la exhibición, que lo muestran realizando diversos performances y pintura en vivo, desde la década de los ochenta hasta la fecha. Se exponen en un monitor que está ubicado justo en la entrada de la sala de la galería GBG Arts, que alberga obras hechas por el artista a fuerza de brochazos, capa sobre capa, con la mano desnuda.

Las piezas, elaboradas en gran formato, muestran el interés por la figuración, el expresionismo y la pintura matérica, que han sido los sellos de la obra de Pizzani. “En realidad mi pintura es muy del inconsciente, de mi contacto con los seres humanos, el hombre y su entorno. Creo que el arte últimamente hace crónica de lo inmediato y eso no me llena. A veces la parafernalia conceptual se justifica, pero otras veces fastidia”, dice el artista, parado frente a una pared de la cual penden seis retratos de personajes anónimos.

Pizzani recorre la sala y se detiene frente a la pieza Lucian on the Beach. No lo hace de manera casual, se trata de una de las obras clave de la exhibición. El artista la pintó en homenaje a Lucian Freud, nieto de Sigmund Freud y uno de los grandes maestros de la pintura figurativa. El lienzo está acompañado de un busto en yeso, teñido de amarillo. “No me imagino preguntándole a Lucian Freud por qué pintó tal cosa. Lo importante es la calidad, la fuerza expresiva de la obra. Me interesa el contenido intangible de la pintura, que ha sido tan vapuleada de Marcel Duchamp para acá. Uno se siente como una especie de dinosaurio porque pinta”.

Cuestión de códigos. Para Lucian Freud, la figuración no tenía tanto que ver con la realidad como con la ambigüedad, una característica igualmente presente en las obras de Pizzani. Un ejemplo de ello es El gran demagogo, fechada en 2012, que muestra a un personaje de dos cabezas. La fisonomía de una de ellas remite a Hitler; también se observa el color rojo, asociado tradicionalmente con el poder, explica el artista. “Me interesa lograr carácter a través del uso de pocos recursos, de la intuición”.

Muchas de las piezas expuestas le tomaron más de un año de trabajo, pues el creador hace y rehace sus cuadros constantemente. Las pinturas de Pizzani mantienen la misma constante compositiva: tres elementos, por lo general rostros o personajes, sobre un fondo difuso. Su búsqueda es, en el fondo, la de un esteta.