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Italia sedujo a Cannes con dos historias de esplendor y decadencia

El director italiano Paolo Sorrentino durante el festival de Cannes / EFE

El director italiano Paolo Sorrentino durante el festival de Cannes / EFE

Con deslumbrantes imágenes de la ciudad eterna, "La Grande Bellezza" de Paolo Sorrentino, tiene a Roma en el esplendor del verano como coprotagonista omnipresente

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El esplendor y la decadencia como sólo el cine italiano sabe contarlos sin perder el sentido del humor se dieron cita este martes en el Festival de Cannes con "La Grande Bellezza" y "Un castillo en Italia", en competencia por la Palma de Oro.

Con deslumbrantes imágenes de la ciudad eterna, "La Grande Bellezza" de Paolo Sorrentino, tiene a Roma en el esplendor del verano como coprotagonista omnipresente. Encarnado por su actor fetiche Tony Servillo ("Il Divo", 2008, también dirigida por Sorrentino), Jep es un escritor veterano y ganador con las mujeres que se dedica a la vida mundana más que a la escritura. Asiste a todas las fiestas y organiza otras en su apartamento con magnífica terraza con vista al Coliseo.

Tiene del mundo que lo rodea y de su vacua comedia la visión lúcida y cínica de un privilegiado. Se interroga si volverá a escribir sobre un amor de juventud, inmerso en la atmósfera romana, cuya belleza puede resultarle paralizante. Está demás decir que el ángel de Fellini y "La Dolce Vita" (1960) pasa a cada rato sobre este homenaje implícito al maestro italiano.

"Hablamos de temas parecidos, hay una resonancia", admitió Sorrentino ante la prensa. Pero rechazó toda comparación "porque 'La Dolce Vita' es una obra maestra". En "La Grande Bellezza" hay una ausencia flagrante, tal vez deliberada, de hilo narrativo sólido, compensada con las imágenes espectaculares del indiferente esplendor de Roma captado por el director de la fotografía Luca Bigazzi. Pero la Italia post-Berlusconi luce inevitablemente más vulgar y vana que la de Fellini y Mastroianni.

"El filme intenta expresar, y no narrar, una cierta pobreza --explicó Sorrentino a la prensa-- pero no una pobreza material, sino una pobreza de otro tipo". "Al mismo tiempo, precisó, no buscamos expresar una opinión negativa sobre esa gente, sino representar lo que son de una manera general". Una familia y su esplendor perdido.

"Un castillo en Italia", es una emotiva comedia familiar con momentos de tragedia, narrada con la mirada tierna de la directora francoitaliana Valeria Bruni-Tedeschi, que pasó de la actuación a la dirección a principios de los 2000 y que hace ahora ambas cosas: dirige y encarna a Louise, la protagonista.

El esplendor perdido de los Rossi-Levi, una familia de industriales del norte de Italia, es solo el marco de la trama. El tema aquí es la familia misma, especialmente las relaciones entre hermano y hermana, madre e hija. La historia de amor de la protagonista con final feliz es casi un accesorio narrativo. Marisa Borini es su madre en la vida real y en la película.

Aunque no se trata de una "autoficción", como lo precisa la directora, el guión está ampliamente inspirado en la historia familiar. "Una autobiografía siempre es una ficción", ironizó el martes ante la prensa Agnes de Sacy, coguionista junto a Bruni-Tedeschi y Noemie Lvovsky. Hay también en la atmósfera reminiscencias a los grandes del cine italiano, en este caso "El Jardín de los Finzi Contini" (1970).

El guiño es explícito al filme de Vittorio de Sica cuando Ludovic (Filippo Timi), el hermano de Louise enfermo de sida, rememora solo un partido de tenis en una cancha cubierta de nieve. Los Rossi-Levi viven buena parte del tiempo en París y tienen dificultades para pagar las cuentas de la villa. Louise (Valeria) tiene 43 años, "no tiene marido, ni hijos, ni trabajo", según los reproches de su madre.

Un día, Louise conoce a Nathan, (Louis Garrel, excompañero de la cineasta), más joven que ella. Es un actor egocéntrico e inseguro, pero ella quiere desesperadamente tener un hijo con él, para darle un sentido a su vida. El filme alterna escenas graciosas, en particular la fecundación artificial de Louise o su peregrinación a una silla milagrosa para mujeres embarazadas en Nápoles, momentos de ternura, como el casamiento en el hospital del hermano, y trágicos, cuando éste muere.

El filme es el tercero de Bruni-Tedeschi, pero el primero que compite por la Palma de oro. Es la única película dirigida por una mujer de los 20 que aspiran al máximo galardón que se otorgará el 26 de mayo.