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Ionesco: retratar la existencia en un mundo impredecible

Eugène Ionesco, fue autor de piezas como <i>La cantante calva</i> y <i>La lección y Rinocerontes</i>, convirtiéndose en uno de los principales dramaturgos del "teatro del absurdo" | Foto: Mauricio Lemus/Archivo El Nacional

“¡Si pudiera impedir las revoluciones! (…) Solo sirven para reinstalar dictaduras”, dijo el artista a periodistas en 1977 | Foto: Mauricio Lemus/Archivo El Nacional

De origen rumano, falleció en París hace dos décadas. El autor de piezas como La cantante calva, La lección y Rinocerontes habló desde “el absurdo” sobre la muerte, la incomunicación y los totalitarismos

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Eugène Ionesco era supersticioso y onírico. Creía que con sus obras finales había maltratado a personas fallecidas; decía que tenía sueños extraños. Y de esos lugares que van de la irrealidad a la conciencia es de donde surgieron muchas de sus creaciones: Viaje entre los muertos, Rinocerontes, La lección, Las sillas, todas piezas que –con las heridas y panfletos de la posguerra como contexto– rompieron con el guión teatral y hablaron de la muerte y la incomunicación a través de la no palabra.

La antipieza, el antiteatro, la parodia del teatro, la farsa. Así definía su obra el escritor y dramaturgo nacido en Slatina, Rumania, el año en que se hundió el Titanic; y que junto con Samuel Beckett y Arthur Adamov encabezó lo que críticos definieron como teatro del absurdo. “En realidad la existencia del mundo no me parece absurda, sino increíble; en el interior de la existencia y del mundo es posible ver claro, establecer leyes, reglas ‘razonables’. Lo incomprensible no aparece sino cuando nos remontamos hacia las fuentes de la existencia: cuando nos instalamos al margen y la contemplamos en su conjunto”, expresó. Hoy se cumplen dos décadas de su muerte, ocurrida en París.

Rígido y serio. De una cortesía casi británica. Así lo describió la periodista Miyó Vestrini al finalizar una entrevista, cuando Ionesco visitó Caracas a comienzos de los años setenta como parte de una gira que realizaba con la Compañía Teatral de Jacques Mauclair. Vino para presentar en el Teatro Nacional Asesino sin sueldo, una pieza en la que cuestiona la indiferencia de las sociedades ante los crímenes y crueldades que ellas mismas cometen.

Anticomunista y enemigo de toda clase de totalitarismos, fue gran opositor del dictador rumano Nicolae Ceausescu, quien terminó ejecutado. Las revoluciones, los intelectuales, la izquierda y la política estuvieron siempre entre sus temas de discusión. “¡Si pudiera impedir las revoluciones! –dijo a un grupo de periodistas en Nueva York durante la presentación de su película La vase (El pantano) en 1977–  Están haciendo revoluciones desde hace más de 70 años y cuantas más hay peor va la cosa. Nadie puede impedirlas. Es un mito a desmitificar. No sirven para nada. O si no, solo sirven para reinstalar dictaduras. En general los políticos no piensan en la muerte, no tienen horizonte y son aún peores cuando no están sensibilizados por la cultura. Dos cosas deben ser constantes: el problema de la muerte y el de la cultura”.

“Ionesco era un crítico de la sociedad en general. Sus obras para mí son profundamente políticas y manejan un lenguaje que pareciera que no dice nada y te dice más allá de todo. Todos los genios de esa época drenaron el alma para hablarnos de la guerra y la injusticia”, señala el director del TET, Guillermo Díaz Yuma, quien con su agrupación ha llevado a escena piezas de Ionesco como La lección y Jacobo o la sumisión.


Escribir de los sueños. Experimentó con la pintura –aseguraba que le había devuelto el gusto por escribir a mano– y fue autor de cuentos cortos, crítica teatral, diarios y una novela. Pero el reconocimiento en la escena no le llegó al comienzo, como suele ocurrir con el artista que quiebra parámetros. “Diez fracasos se convierten a la larga en un éxito”, decía.

La cantante calva –su pieza más representada– tuvo un debut incómodo. Fue recibida con extrañeza por el público que asistió ese 11 de mayo de 1950 al Teatro de los Noctámbulos en París para presenciar el montaje dirigido por Nicolas Bataille. No entendieron de qué les hablaba.

Y es que Ionesco era un hombre confuso. Él mismo se definía lleno de contradicciones. Fue justamente por eso que decidió escribir teatro. “El dramaturgo encarna esas contradicciones en los personajes que se oponen y se entrecruzan (…) Un escritor debe ser el explorador de su propio bosque, que es el mundo, debe formular preguntas y dar al público la responsabilidad de responderlas o no”, explicó.   

Desde los 9 años de edad supo que quería escribir, que no podía hacer otra cosa más que eso. Y lo haría el resto de su vida. Crearía movido por sus propios sueños, que –habitados por la soledad y la contemplación– le dictaba luego a una mecanógrafa.

Expresaba –recordando al psicoanalista Carl Jung– que en los sueños siempre se representan personajes. Para Ionesco, se convertían en un drama del que era al mismo tiempo autor, actor y espectador. “Son mucho más profundos de lo que llamamos realidad. La verdad del alma, nuestra verdad, la humana, se encuentra con más frecuencia en los sueños”.

La muerte como presente. De padre rumano y madre francesa, en sus primeros años vivió entre ambos países. Hasta que se estableció en París a finales de la década de los treinta. Justo cuando estalló la guerra.

En una época de caos, el escritor confesaría en su diario: “Tengo miedo de que esto sea el final de todo. La muerte es el último, el definitivo presente. En esta nave en que se hunde vivo, multiplicado, mi propio miedo (…) ¿Llorar sobre mí mismo… o sobre los otros? Imagino una civilización en ruinas. Un remordimiento punzante, indecible, la muerte de todos es mi propia muerte”.

Reflexionaría desde entonces y para siempre –sus obras no dejan de circular– entre ambientes tal vez ilógicos, sofocantes, sobre la existencia humana –sus errores, aislamientos y extrañeza– en un mundo que tiende a mostrarse impredecible.