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Hugo Carregal: La mayor lección de Joaquín Riviera fue cómo bajar una escalera

Hugo Carregal | William Dumont/ El Nacional

Hugo Carregal | William Dumont/ El Nacional

El ex cantante y nuevo “zar” del canal de la Colina será el responsable final del Miss Venezuela

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Coincidencialmente, se cumplen cuatro décadas de la decisión más importante que tomó como adulto: elegir a Venezuela como su país. Llegado de Argentina como un cantante, recuerda que a principios de los años setenta encontró en Caracas una ciudad “ultramoderna, hermosa, apacible, limpia, iluminada, organizada y llena de vida nocturna”. No hay ironía en sus palabras (a menos que sea el rey del disimulo) ni comparaciones con el presente. Es un sentimental, frecuentemente con una lágrima al borde del desbarrancadero del párpado, y al parecer también un optimista.

Hugo Carregal ocupa desde hace unos días uno de los cargos más importantes de Venevisión, el que dejó vacante Joaquín Riviera: vicepresidente de Producción de sus Variedades. En la pizarra acrílica de su oficina están anotadas las siglas de algunos de los programas que supervisa (Portada’s, Súper Sábado Sensacional o Arquitecto de sueños), con cuyo personal se reúne, cara a cara y caso por caso, en estos días.

—¿Asume todas las atribuciones de Riviera?  
—Hace escasamente semana y media fui sorprendido con una llamada en donde me informaron que yo había sido seleccionado para ocupar el cargo que ocupaba nuestro querido y recordado Joaquín Riviera. Y aquí estoy, empezando. Hoy es mi tercer día aquí en las oficinas, interiorizando todo lo que hay que hacer. No vengo a reemplazar a Joaquín Riviera, al que conocí en 1971 cuando pisé por primera vez esta tierra y fue quien me dio por primera vez trabajo en televisión, cantando en De Fiesta con Venevisión, y por el que tengo un respeto, una admiración y un cariño imborrables e irrepetibles. Vengo con toda humildad a tratar de hacer mi mayor esfuerzo para llevar adelante esta responsabilidad que me acaba de dar Venevisión.

—¿Tomará usted ahora las decisiones finales sobre el Miss Venezuela?
—Depende de lo que tú entiendas o de lo que yo entienda acerca de las decisiones que voy a tomar. Este año el Miss Venezuela, por decisión de la junta directiva de Venevisión, lo llevaron adelante cuatro personas. Cuatro excelentes profesionales: Ricardo Di Salvatore, Erick “Pollo” Simonato, Peggy Navarro y Vicente Alvarado. Entre las cosas que he pensado a priori es que el Miss Venezuela se va a realizar como se hizo este año. He decidido que lo seguirán haciendo ellos cuatro. Aunque, y por eso quería aclarar un poco el sentido de la pregunta, la responsabilidad final la voy a tener yo. Como vicepresidente de Producción de Variedades tengo la responsabilidad de supervisar todo. Y me he ofrecido, ante ellos, como un facilitador, un colaborador para que, en todo lo que ellos diseñen, yo sirva como un enriquecedor. Si visualizamos la cosa, si la queremos graficar, diría que es una carreta empujada por cuatro personas. Ahora seremos cinco. No soy de los que llega diciendo: “Ahora esto se hace como yo digo”. Me parece una tontería. Perdería el aporte tan valioso de mucha gente. Yo creo que ellos fueron formados por el mejor hacedor de sueños que tuvo la televisión venezolana: Joaquín Riviera. Y este año demostraron que son capaces de sacar un programa tan importante. Y lo hicieron de manera brillante. Entonces, yo tengo que incorporarme a ese equipo y decirles: ¿qué les hace falta, en qué ayudo, en qué apoyo, cómo contribuyo?

—Cuando usted era cantante en sus comienzos, Riviera le dio el consejo de que se convirtiera en un artista integral capaz de actuar, bailar o producir.
—Tuve la fortuna de poder trabajar con grandes profesionales de la televisión. Siempre, siempre. Comencé trabajando con Joaquín Riviera en De fiesta con Venevisión, como cantante y bailarín. Él me puso a bailar, algo que yo nunca soñé. Posteriormente me fui a RCTV y desarrollé mi carrera como actor, con gente de valía como Juan Lamata. Pude trabajar al lado de Marina Baura, Tomás Henríquez, Amalia Pérez Díaz. Con Joaquín, además de proyectos para la televisión, hice espectáculos en vivo. Y aprendí mucho. Aprendí que una persona que entra en un estudio, aunque simplemente sea cantante, tiene que saber de fotografía o iluminación. Un artista integral. Si no, va a durar muy poco. Fíjate que los cantantes que más perduran termina siendo productores discográficos de otros artistas, hacedores de espectáculos. Hay un crecimiento cuando te tomas la profesión de manera integral.

—¿Una lección imborrable de Riviera?
—Cómo se baja una escalera. Fíjate tú. En una de las producciones yo cantaba y bajaba una escalera. Y él me dijo: “No, no, así no se baja una escalera”. Le respondí: “Toda mi vida la bajé así”. Me replicó: “Toda la vida la bajaste mal”. Y me enseñó a bajar una escalera en un escenario. Lo recuerdo por lo que simboliza. Que en los pequeños detalles se logran las grandes cosas. Es como la labor de los alcaldes. Llegan queriendo hacer grandes polideportivos, grandes obras. Y uno dice: si taparan los huecos de la calle y limpiaran, los reelegirían toda la vida. En televisión es exactamente lo mismo. Si tú haces las pequeñas cosas, esa suma te da un gran espectáculo.

—Las recientes medidas económicas colocan una gran interrogación sobre el sector privado en 2014, incluida la televisión.
—Mira, yo creo que la situación está clara para todos. Sabemos lo que estamos viviendo. Sabemos el momento que estamos atravesando. Es un momento de grandes cambios. Me gustaría cambiar el título de crisis por grandes cambios. Cuando coyunturalmente se enfrentan esos cambios, nacen cosas nuevas, importantes, que van a trascender en el tiempo. En todos los ámbitos. Grandes cambios que dejan huella por muchos años. Los medios de comunicación no escapan a eso. Y este es el momento en el que nosotros, que participamos en los medios, debemos ser más creativos. Y quitarnos eso de que como la cosa está mal, vamos a ir mal. Yo estoy seguro de que vamos a seguir haciendo cosas. Vamos a seguir produciendo televisión. Vamos a hacer buena televisión. Porque no podemos seguir midiendo que lo bueno es cuando tienes plata y lo malo es cuando no tienes plata. No podemos ser creativos de manera directamente proporcional a los recursos que tengamos. Hay que basarse en la creatividad y no en los recursos. Y cambiar la palabra “limitaciones” por “oportunidades”. Yo la cambié hace tiempo.

—Su nombramiento como vicepresidente ocurrió luego de los anuncios de la preventa. ¿Habrá cambios luego de su llegada? ¿Se cumplirá todo lo que se ofreció?  
—Hay gente que dice: ¡Bah, en la preventa ofrecen mentiras! No, no ofrecemos mentiras. Ofrecemos sueños. Eso es lo que nosotros queremos hacer. Y esa es la oferta que le hacemos, en primer lugar, no a Venezuela sino a los que son nuestros socios: los anunciantes. De ellos depende cumplir los sueños. La gente a veces malinterpreta. ¡Bah, anunciaron mentiras! No, no anunciamos mentiras. Anunciamos sueños. Y específicamente en esta oportunidad Venevisión no hizo una presentación solamente de programación. Presentó un nuevo concepto: Cisneros Media. Ahora no solo hay un canal abierto de televisión sino un canal de cable, Venevisión Plus, y Venevisión +, que son todos los medios alternativos, y está la marca del Miss Venezuela. Como un todo. Y estamos todos pensando, apoyando y creyendo en lo que ofrecimos. Cambios siempre hay. Evidentemente. Y esperemos que esos cambios agreguen.

—Como hombre de otra generación, ¿qué le parece la irrupción de los medios alternativos en el negocio?
—La televisión se está poniendo en este momento a prueba, como se puso la radio cuando nació la televisión. Dijeron: ¡Bah, la radio murió! La televisión tiene su espacio. Y es allí donde nos vamos a seguir reuniendo después de cenar,  donde haremos la sobremesa, donde nos vamos a sentar con nuestra esposa, con los muchachos, para ver algo en común. Porque la televisión va a ser el medio que nos reúna. Los medios alternativos nos separan. Yo estoy sentado contigo y no estoy contigo. Estoy con una persona en mi teléfono. Y tú estás con otra en tu teléfono. Yo creo que esto es un aporte maravilloso. Pero es también terrible para la comunicación cuando estamos frente a frente. Todo es mensajes de texto. Tiene que se tomado como una herramienta. No puede ser la base de nuestras vidas. No puede ser que yo no encuentre mi celular y esté desesperado. ¿No tienes celular hoy? ¿Lo dejaste en tu casa? Que se quede en tu casa. No puede ser que esta herramienta se convierta en una adicción.

—¿Su propósito para la noche del 31 de diciembre?
—Le pido a Dios seguir siendo como fui hasta antes de ser nombrado en este cargo. El mismo amigo de mis amigos. Sentir como siempre: que mis compañeros en Venevisión son parte de mi familia. No querría que se produjera en mí esa metamorfosis de mucha gente que, porque le dan ciertas atribuciones y responsabilidades, se creen que tienen a Dios agarrado por la chiva. Mi papá siempre me dijo, cuando era muchacho, que una de las principales virtudes de un ser humano es tener memoria. Yo no lo entendí bien la primera vez. Pero a través de la vida me doy cuenta de que es verdad. Porque no te vas a olvidar de aquel que te extendió la mano y te ayudó. Pero si tengo memoria, también me voy a acordar del que no se comportó bien conmigo. Y voy a tratar de alejarme de los que me hacen daño. Una persona con memoria es una persona agradecida. Y quizás más justa.

—¿Por qué los canales ya prácticamente no hacen televisión nacional para niños y adolescentes?
—Venevisión sí se ocupa de los niños. Históricamente, siempre lo ha hecho. Sin embargo, pienso que el crecimiento del cable, donde hay canales específicos y segmentados, ha hecho que los niños prefieran esas señales. Y si tú armas una programación infantil en la que pones talento infantil venezolano con comiquitas enlatadas, los niños ya las vieron. No quiero decir con esto que la televisión abierta deje de atenderlos. Pero debemos pensar en una nueva forma de atraerlos. Con una televisión inteligente, dirigida, educativa, además de entretenida. Aquello de que en vacaciones todos los canales se inundaban de comiquitas y Popy hacía su ciclo... Yo creo que eso bajó sencillamente porque el público se fue hacia otros canales. Pero coincido contigo. Los canales tenemos que ocuparnos de los niños.   

—Sea honesto: ¿alguna vez ha pensado que se equivocó al elegir la nacionalidad venezolana?
—Jamás pasó por mi cabeza la idea de que me equivoqué. No. Si en algún momento pasó una idea fue de reproche. Esa decisión correcta que tomé hizo que yo no pudiera disfrutar un poco más de los besos de mi vieja, de los abrazos de mi padre y de un café con mis hermanos. Pero yo desde el primer día que llegué sentí que aquí iba a desarrollar toda mi vida. Vivo en Venezuela desde 1973. Vine por primera vez en 1971. Y me quedé enamorado de este país. En la primera oportunidad dije: “Viejo, me voy”. Y llegué aquí con 200 dólares. Cargado de sueños y con un amigo que se me fue ahorita en diciembre, Omar Martínez, mi hermano de la vida, extraordinario músico. Venezuela me pagó con creces, pues a los pocos meses de haber llegado conocí a una muchacha hermosa: Sonia (Guédez, su esposa). Me enamoré. Me quise casar a los 25 días de conocerla. Me decía: “¿Tú estás loco, chico? Te acabo de conocer. Vienes de otro país, vienes como cantante. Yo no sé cuánto tiempo te vas a quedar aquí”. Seis años después nos estábamos casando. Tengo dos hijas maravillosas. Un nieto de cuatro años. Y por ahí me contó un pajarito que me viene una nieta. Mis dos hijas son profesionales. Pudieron llegar adonde no he llegado, me han superado abiertamente. A la edad de ellas yo era un buscavidas, un “todero”. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?

—¿Qué imagen de Venezuela le hizo quedarse?
—Cuando yo vine en 1971 ya tenía mucha información. Porque mi hermano mayor había vivido en Venezuela entre 1966 y 1968. Y había trabajado como escritor con Tito Martínez del Box en La craneoteca de los genios, un programa preámbulo de Radio Rochela. Me hablaba maravillas: “Hugo, ¡tú no sabes lo que es! ¡Una ciudad hermosa, apacible y además ultramoderna! ¡Tú sales de tu casa, te montas en una autopista, bajas cinco minutos después, caminas dos cuadras y llegas a otro sitio”. Argentina no tuvo autopistas hasta hace veinte años. Yo decía: “¡Chico, algún día yo iré a Venezuela!”. El destino quiso que mi sello disquero, donde yo trabajaba, me mandara a participar en el Festival latinoamericano de la canción en Coro. Cuando vine conseguí a un muchacho maravilloso venezolano con el cual salí varias veces a conocer Caracas: su vida nocturna, los paseos por la Calle Real de Sabana Grande, no un paso peatonal como ahora, pero una calle preciosa, limpia, iluminada, con el Gran Café, los poetas hablando de literatura o pintura, y llegábamos caminando hasta Chacaíto y nos metíamos en el Ovni a tomar otro cafecito. Y esa persona era Trino Mora, gran amigo. Una de esas madrugadas de pronto empecé a escuchar mucho ruido, salieron unas barredoras y gente con mangueras a lavar la calle, y eso quedó precioso. Y yo decía: esto es una ciudad organizada, un país maravilloso. Cuando regresé en 1973, entré por San Antonio del Táchira porque no tenía otra manera de llegar. Tuve que llegar por tierra para otro festival de canto. Esa noche no tenía dónde dormir y en el hotel solamente había una cama vacía en una habitación que tenía el artista más importante en ese momento, el número uno, al que no se le podía molestar: ese señor dejó que yo lo acompañara. Ese señor era Ruddy Márquez. Y hoy es mi hermano de vida. A partir de esa noche nació una amistad inquebrantable. Antes de cantar, tampoco tenía dónde bañarme o vestirme. Un señor que estaba ahí, que pertenecía a la organización del festival, me dijo: “Véngase y se baña en mi casa”. Y cuando terminé de bañarme tenía una arepa y un vaso de leche para comer algo antes de irme para el festival. Son esas cosas ante las que tú dices: ¡epa! ¿Y estos seres dónde estaban? ¿Y esta humanidad, y esta cordialidad, y esta franqueza, y esta ingenuidad tan linda, tan rica? Y me quedé pegado. Y después llegó la guinda del cóctel, que fue enamorarme de Sonia. Como decimos aquí: ¿pa’ dónde voy a coger?