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Guillermo Morón: Si hablamos de oligarquía, debemos referirnos al chavismo

En Los imperios y el imperio, el maestro e historiador, Guillermo Morón, se refiere al presente venezolano a través de sus notas sobre las culturas que se impusieron sobre el resto desde los antiguos griegos

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Convencido de que son las acciones del poder las que mueven la historia, Guillermo Morón acaba de publicar Los imperios y el imperio (Los Libros de El Nacional, 2013), en el que traza el desarrollo de los pueblos a partir del estudio de algunas de las grandes culturas del mundo, a las que denomina “nucleares”, en contraposición con las “no nucleares”, que fueron colonias.

Su objetivo, escribe en el libro, es “poner en fila india los imperios conocidos, renombrados y estudiados, desde el faraónico al chino”. A pesar de tratar la historia, el texto no dejará de sorprender a los lectores, no sólo por la vocación didáctica de la que hace gala la prosa de Morón, sino por la vigencia de muchos postulados. El maestro –así le gusta que le llamen– se afana en traer al presente la discusión sobre el poder. Duda allí de que, en el siglo XXI, Estados Unidos continúe siendo el imperio por antonomasia que fue antes y señala que China vendrá a suplantarle, pero no a través de un esquema de dominación sustentado en la anexión de territorios a través de guerras y la compra de tierra, sino a través del comercio, como lo hicieron los fenicios mil años antes de Cristo.

—¿A qué se refiere con la decadencia del poder imperial de Estados Unidos?

—El político más inteligente que existe en el continente americano se llama Fidel Castro, porque Estados Unidos no ha invadido a Cuba ni puede hacerlo ya. No tiene el poder de antes, fíjese que no puede intervenir en Siria. Han salido a la arena mundial otros poderes como Rusia y China.

—¿Cree, como dicen algunos intelectuales cercanos al chavismo, que Venezuela vivió durante el siglo XX como una neocolonia de esa nación?

—Nunca lo fue, ni tampoco ningún país de América Latina. Estados Unidos era un poder cultural, político, económico y militar. Así que, como es natural, tenía una influencia tremenda sobre el continente. Se tragó a medio México, por ejemplo. Se llevó al bandido de Manuel Noriega de Panamá. Esas son acciones de poder, pero que Venezuela haya estado sometida alguna vez al poder estadounidense no es verdad. Que ese país tuviera una gran influencia sobre el nuestro es cierto, pero es mentira que se robara nuestro petróleo, porque las compañías Shell y Creole se encargaban de explotarlo, venderlo y pagarle las rentas correspondientes a la nación. Que nuestros gobiernos no supieran invertir ese dinero es otra cosa; esa debilidad es nuestra, no tiene que ver con Estados Unidos.

—Sin embargo, Estados Unidos tuvo una posición acomodaticia frente a las dictaduras latinoamericanas del siglo XX. ¿No ayudaba el Plan Cóndor a mantener las dictaduras de derecha del Cono Sur?

—Eso es inocultable. Fue una parte de la historia triste de nuestros pueblos. Por supuesto, estaba la poderosa influencia de Estados Unidos que se manifestó en su intervención en la política de la región. Eso es horrible, pero normal. Ya ese estilo de intervenciones se acabó porque una batalla hoy contra ese país no tiene sentido. Ya no tiene tanto poder. De hecho, hoy para Venezuela es más imperio Brasil que Estados Unidos, desde el punto de vista del ejercicio del poder, porque esta nación compra petróleo y lo paga de contado, pero la otra no. Nuestros vecinos construyen puentes, opinan sistemáticamente sobre nuestra política y, además, sus perspectivas sobre la política en Latinoamérica son siempre tomadas en cuenta. Brasil actúa a la manera imperial de Estados Unidos en el siglo XX, con la diferencia de que no han intervenido nunca directamente en la política de otros países.

Contra la revolución bolivariana. Son frecuentes en El imperio y los imperios los comentarios sobre la situación actual de Venezuela. El autor nacido en 1926 busca en la política griega y en datos del pasado claves para entender el presente nacional y, más importante aún, trascenderlo. “Si la Constitución y las leyes son buenas, y su administración está en manos de ciudadanos educados desde la juventud, el orden funciona. De lo contrario, se impone el desorden denominado dictadura, tiranía y también anarquía”, escribe.

Cuando se refiere a dos párrafos sobre la democracia tomados de la Política de Aristóteles, la crítica de Morón contra la revolución bolivariana se hace más evidente. En el primero se señala que ésta “surgió de creer que los que son iguales en un aspecto cualquiera son iguales en absoluto. Y la oligarquía de suponer que los que son desiguales en un solo punto son desiguales absolutamente". En el segundo indica que este sistema de gobierno es alterado por la insolencia de los demagogos, “pues unas veces, en el aspecto privado, denunciando falsamente a los que tienen riquezas, los incitan a aliarse (pues un miedo común une incluso a los mayores enemigos), y otras veces, en el aspecto público, arrastrando la masa”.

—En el libro se refiere al uso de ciertos términos como “oligarquía” y “escuálido”. ¿Qué le parece incómodo del uso de estos términos en la jerga política contemporánea?

—En Venezuela no existe una oligarquía, porque la palabra se refiere al gobierno de los pocos. Si hablamos de oligarquía, debemos referirnos al chavismo: el gobierno de pocos. Aquí nunca ha habido una oligarquía, porque si la ubicáramos en la historia nacional tendríamos que referirnos a la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los grandes ricos –entre quienes destacaban los miembros de la familia Bolívar– eran los que gobernaban. Pero no digo que entonces, en las provincias de Venezuela, gobernaba una oligarquía porque no era verdad que sólo gobernaban los Bolívar o los Tovar; no en los pequeños pueblos ni ciudades. Cuando las provincias se unen en torno a la Real Audiencia de Caracas, formada en 1786, comenzó a gobernar una aristocracia, que se refiere al ejercicio del poder político por una clase privilegiada, generalmente hereditaria, pero nunca mandó una oligarquía.

—Nicolás Maduro lo insultó hace poco por sus declaraciones en el programa Yo Prometo de Nitu Pérez Osuna, en el que se refirió al gobierno de Hugo Chávez como una tiranía. Lo mismo hicieron otros miembros del chavismo antes cuando dijo que no tenía sentido colocar los huesos de Manuela Sáenz en el Panteón Nacional.

—En el programa de Globovisión me refería a mi visión personal del gobierno de Chávez y del actual, pero lo de Manuela Sáenz lo dije desde el punto de vista de mi conocimiento histórico de su vida. Los huesos de Manuela Sáenz se perdieron porque no se sabe bien dónde está enterrada, entonces lo del Panteón no tenía sentido. Era una mujer de vida alegre que dejó su matrimonio para irse con un militar mujeriego como era Bolívar, que es igual a como eran todos en su época y como siguen siendo muchos venezolanos. Esto no es importante para el país, la vida privada de los próceres sólo es importante si afecta la nación, así que no entiendo por qué causan tanto revuelo mis opiniones.

—Si la política nacional actual es una exaltación de la historia militar del país, ¿qué personaje civil cree urgente rescatar?

—Los héroes civiles son, en primer lugar, todos los que firmaron el Acta de Independencia y, en segundo, los que redactaron y firmaron la Constitución de 1811, que fue una de las primeras del continente. De modo que fueron los héroes civiles los que comenzaron con nuestra gesta independentista. Yo recomendaría la lectura de las investigaciones de Allan Brewer Carías.