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En 55 años, el Grupo Alfa construyó la épica de un compromiso cultural

Ulises Milla celebra que, por fin, los venezolanos lean a sus autores: “Hoy, Federico Vegas o Alberto Barrera pueden vender tanto como Paul Auster” | Foto LEONARDO GUZMÁN

Ulises Milla celebra que, por fin, los venezolanos lean a sus autores: “Hoy, Federico Vegas o Alberto Barrera pueden vender tanto como Paul Auster” | Foto LEONARDO GUZMÁN

A las tres generaciones las une la convicción de que los autores son el corazón de una editorial 

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Como la lectura o la escritura, el oficio de editar es una pasión nacida de la convicción de que el diálogo cultural de un país debe quedar documentado con la profundidad que sólo los libros permiten. Madame Bovary y Don Quijote prueban que leer es una enfermedad que da gusto padecer. La escritura es más bien una compulsión. Pero editar libros es una profesión que en la geografía del castellano tiene todo en contra. Sin embargo, hay personas que la asumen con misticismo y perseverancia. En Venezuela, la familia Milla prueba que esta vocación es trashumante, épica y puede ser hereditaria.

Cuando Leonardo Milla y su familia llegaron a Caracas, el 24 de junio de 1977, Venezuela estaba en plena vorágine modernizadora y era la promesa democrática del continente. Quien una década después fue dos veces presidente de la Cámara Venezolana del Libro, venía a reunirse con su padre, Benito Milla, que llegó a Caracas en 1967 para fundar el sello estadal Monte Ávila Editores, invitado por Simón Alberto Consalvi, que entonces dirigía el Inciba. Además de la esposa y los hijos, Leonardo Milla traía la editorial que su padre creó en Uruguay en 1958 y que con el golpe de 1973 había tenido que mudar para Argentina. Cuando los militares se impusieron también en ese país, volvieron a hacer las maletas.

Este mes cumple 55 años esa empresa que, como tantos venezolanos, se gestó más allá de sus fronteras.

“Nací al libro cuando tenía 12 años, detrás de una mesa en una plaza de Uruguay. Trabajaba a sol y a luna por una razón sencilla: porque si no vendía no desayunaba”, dijo Leonardo Milla en una entrevista a Boris Muñoz. Así había comenzado junto a su padre en el negocio: como buhonero en la plaza Libertad de Montevideo. Pronto la mesa se convirtió en una librería a la que se le sumaría más adelante una distribuidora y pronto una editorial. Benito Milla era un emprendedor natural porque el franquismo le había obligado a dejar España, el país donde nació en 1918, primero para vivir en Francia y luego en otro continente.

“Detrás del proyecto de Alfa hay una épica que es inspiradora”, señala Ulises Milla, que hoy dirige la empresa y para quien la vocación de editor nació de una combinación entre su familiaridad con los libros y la admiración de ver en su padre y su abuelo una perspectiva del oficio que él mantiene intacta: la perseverancia y la fe en que las ideas producen los cambios sustanciales del mundo. Por eso fundó hace cuatro años Puntocero, un sello con vocación panamericana que da cabida y proyección a los autores emergentes del país. Y es justamente en el respeto por el escritor que el Grupo Alfa entero ha construido sus bases sólidas en el país.

“La potencia de este proyecto radica en sus autores nacionales, en especial ahora que están ocupados como nunca de desentrañar la identidad del país”, expresa el único editor venezolano incluido en la lista de los 20 profesionales más influyentes del ramo hecha por la Feria del Libro de Buenos Aires en 2012.


Soñar con letras. El Grupo Alfa es hoy una pieza fundamental de la industria editorial venezolana. Esto no sólo por publicar 25 novedades y reimprimir entre 15 y 20 títulos al año, poseer la cadena de librerías Alejandría y Ludens o porque durante décadas distribuyó los principales sellos independientes españoles, sino porque durante estos años no ha dejado de atender a la conversación cultural del país. Por eso el catálogo de Alfa cuenta entre sus autores a intelectuales como Elías Pino Iturrieta, Ana Teresa Torres, Michaelle Ascencio, Colette Capriles, Inés Quintero y Mirtha Rivero, entre otros que dominan la discusión de los tiempos criticos que corren. Y si bien Alfa sufre en este momento los mismos embates que el resto de los sellos independientes del país, como las dificultades para adquirir divisas, que obstaculizan las relaciones comerciales con el extranejero o la falta de papel –14 títulos pautados para este año no han podido imprimirse aún–, su apuesta sigue siendo por la literatura venezolana.

Su compromiso con el país ha sido tan fuerte que trascendió incluso la muerte de Leonardo Milla, ocurrida en 2007. Al hijo le guía la misma idea que el padre convirtió en preocupación desde la década de los años setenta: cómo equilibrar la rentabilidad cultural con la económica. Y si Alfa se ha convertido en una de las instituciones más visibles de la discusión cultural actual es porque desde hace una década, por fin, los lectores venezolanos han comenzado a apreciar a sus escritores nacionales. Y en esta realidad, que ya es irrebatible, Ulises Milla mira cumplidos los sueños que su padre y su abuelo tenían para el país por el que tanto trabajaron.