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Gloria del cisne

Maya Plisétskaya estuvo una sola vez en Venezuela, ya al final de su carrera como bailarina | Foto EFE / Archivo

Maya Plisétskaya estuvo una sola vez en Venezuela, ya al final de su carrera como bailarina | Foto EFE / Archivo

Maya Plisétskaya cumplió con excelencia con todos los cánones de la danza académica y alcanzó niveles excepcionales de virtuosismo artístico

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Su interpretación de La muerte del cisne, siempre se dijo, era particular. Una ejecución fiel a la herencia recibida de Fokine, su creador, y de Pavlova, su primera intérprete, a la cual, sin embargo, supo ofrecerle aportaciones personales. El cisne de Maya Plisétskaya fue tradicional y moderno a la vez. A su sino trágico se enfrentó con rebeldía. Al lirismo de sus brazos unió las convulsiones de su torso. Su agonía no fue un acto de entrega sino un gesto de total negación.

Con su fallecimiento se extingue una de las últimas representantes de las primas ballerinas assolutas –míticas intérpretes de la danza académica muy cercanas a la perfección– que cumplió su tiempo glorioso a lo largo del siglo XX dentro del Ballet Bolshoi de Moscú durante la era soviética y a través de la proyección de su registro interpretativo por el mundo. Perteneciente a una familia  vinculada a los sucesos y las contingencias de las artes escénicas, la excepcional artista rusa superó épocas y patrones establecidos y se convirtió en definitivo paradigma de la bailarina clásica, no sin dejarse tentar por las libertades concedidas a la academia con la llegada de la modernidad al ballet.

Plisétskaya cumplió con excelencia con todos los cánones de la danza académica y alcanzó niveles excepcionales de virtuosismo artístico en la interpretación del repertorio tradicional romántico-clásico. Como referencias históricas quedará su Odette-Odile de El lago de los cisnes, que reafirma sutilmente, aunque sin dudas, las características de nobleza y perversión de este personaje dual. También su Kitri de Don Quijote, pleno de bravura, o su Raymonda,  del ballet homónimo, personaje que le acompañó de por vida, según el propio decir de la celebrada intérprete, en el que ofrecía un tratamiento escénico distante y sereno.

Pero la bailarina quiso pertenecer plenamente  a su tiempo al asumir obras de coreógrafos contemporáneos occidentales de tenor. Fueron momentos de experimentación vividos en los removedores años sesenta al lado de Roland Petit y Maurice Béjart. La rose malade, Isadora y Bolero son obras que adquirieron una significación distinta desde el cuerpo y el espíritu de Plisétskaya. También Carmen, de Alberto Alonso, tuvo en ella a una sugestiva y emotiva intérprete.

Igualmente, la coreografía formó parte de sus intereses artísticos. Así, a su primera experiencia creativa Ana Karenina, a partir de Tolstoi, unió La gaviota y La dama del perrito de Chejov. En las tres obras, el movimiento corporal fue abordado por Plisétskaya desde una perspectiva fuertemente teatral. En ella, además de la bailarina, vivía la actriz.

En sus últimos años de profesión incursionó en la gestión artística al frente del Ballet de la Ópera de Roma y el Ballet Lírico Nacional de España, país del que obtuvo su nacionalidad. También publicó su autobiografía Yo, Plisétskaya (1994), reveladora de la grandeza de su arte, de las complejidades de su vida y de su controvertida posición política en los tiempos de la Rusia soviética.

Maya Plisétskaya estuvo una sola vez en Venezuela, ya al final de su carrera como bailarina. El 20 de mayo de 1993 debutó en la Sala Ríos Reyna como invitada del Ballet Teresa Carreño dirigido por Vicente Nebreda, justo cuando Carlos Andrés Pérez era destituido de la Presidencia de la República. La muerte del cisne la presentaba como el mito inextinguible. En cada una de las cuatro noches en las que representó la pequeña joya coreográfica de solo cinco minutos de duración, las ovaciones de un público conmovido como nunca superaron con creces ese tiempo escénico. Plisétskaya, a partir de ese instante irrepetible, forma parte de la historia de la danza en Venezuela.