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George Clooney descubre sus defectos

George Clooney dijo “Me gustaría dormir más, pero me conformo viendo las locuras que he escrito durante la noche, fruto de la enajenación que me provocan las pastillas para dormir (…) Sobre todo me siento intimidado ante el talento que me rodea” | El Comercio / GDA

George Clooney dijo “Me gustaría dormir más, pero me conformo viendo las locuras que he escrito durante la noche, fruto de la enajenación que me provocan las pastillas para dormir (…) Sobre todo me siento intimidado ante el talento que me rodea” | El Comercio / GDA

Cuando se encuentra en pleno rodaje de su próximo filme como director, The monuments men, uno de los íconos de Hollywood se confiesa adicto al trabajo y como una persona llena de inseguridades y carencias que solo él parece ver

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The monuments men es el nuevo trabajo de George Clooney como realizador y la sexta película que Matt Damon y él hacen juntos. ¿El lugar? Algún punto perdido entre las montañas de lo que fue la Alemania del Este. Un paraje que apenas necesita transformación para convertirse en el escenario de este filme sobre una historia verdadera de la Segunda Guerra Mundial: la de un grupo de soldados estadounidenses que se dedicó a proteger el patrimonio cultural europeo de las bombas aliadas, del saqueo y la destrucción.

Si hay que buscar una grieta en ese monstruo en el que Clooney se ha convertido, no es en esta locación. Quizá al otro lado del globo, en la meca de los frikis, en la Comic Con de San Diego, Estados Unidos, un universo al que el actor no pertenece. De hecho, el actor ni pisa el suelo de la convención para presentar su más reciente película como actor, Gravity.

The monuments men, la película en la que también aparece como actor y que piensa estrenar a finales de año, es un rodaje que, como todos sus filmes, conseguirá concluir cinco días antes y por debajo del presupuesto (3,75 millones de euros menos de los 56,5 presupuestados), todo gracias a no tomarse un descanso ni para celebrar su 52 cumpleaños, que le sorprendió en Berlín. “Rodamos todo el día. Esa fue mi fiesta. Ya tendré tiempo de celebrarlo”.

Lleva años diciendo que quiere dejar la interpretación para dedicarse por completo a dirigir, lo que más disfruta. Pero sabe que sin él delante de la cámara el financiamiento es más difícil. Quizá esta es la fisura de Clooney, que es un adicto al trabajo. Pero es un secreto a voces porque él mismo lo ha reconocido antes explicando el porqué de su estrepitosa vida amorosa. “Al cabo de dos o tres años se cansan de mis viajes, de mi trabajo. No las culpo”, dijo en una ocasión sin demostrar ningún propósito de enmienda.

Trabajo entre amigos. “Todo el mundo tiene sus inseguridades, ¿no? Y como director he cometido grandes errores. Como actor también”, confiesa. ¿Y a quién recurre en esos momentos? “A mis amigos. ¿A quién si no? No me rodeo de empleados, sino de amigos. Gente que conozco desde hace 30 años, de mi familia, y te puedo asegurar que no se pasan el día diciéndome que soy un tipo perfecto”, resume.

“Grant Heslov y yo escribimos The monuments men. Lo hicimos a mano, en cuadernos de los que arrancamos las hojas y pegamos los trozos. Cortamos escenas aquí y las pegamos allá. Y cuando lo tenemos hilvanado, lo imprimimos y hacemos una lectura interpretando todos los personajes”, dijo sobre su método de trabajo.

Pero no es oro todo lo que reluce. A pesar de lo que su imagen hace pensar, la estrella está muy lejos de ser la más taquillera –un honor que este año fue para Natalie Portman y Shia LaBeouf–, o la mejor pagada –mención que va para Tom Cruise, Leonardo DiCaprio y Adam Sandler. “La última vez que cobré un sueldo de Hollywood por adelantado fue con La tormenta perfecta”, recuerda sin darle importancia a sus ingresos. Habla de los casi 10 millones de euros que cobró en el año 2000.

Al que no se le suele prestar tanta atención es al Clooney que padece dolores crónicos desde su caída mientras rodaba Syriana, que le causó un derrame en la espina dorsal del que todavía se resiente. Alguien que ya lleva un par de serios ataques de malaria, enfermedad que contrajo durante sus viajes a Sudán, y que tiene un colesterol bastante elevado. “No me gusta el ejercicio ni ir al gimnasio. Prefiero el baloncesto o la bicicleta, pero durante los rodajes tengo que hacerlo. De todos modos, procuro no pasarme ni comiendo ni bebiendo. Tengo otros vicios, como vegetar los fines de semana comiendo porquerías y viendo la peor televisión del mundo. Me gustaría dormir más, pero me conformo viendo las locuras que he escrito durante la noche, fruto de la enajenación que me provocan las pastillas para dormir. Pierdo rápido la paciencia y también tengo lo que diría síndrome de atención deficitario. Pero sobre todo me siento intimidado ante el talento que me rodea, una envidia sana, y tengo pavor al fracaso”.