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Gâvo Figueira: Es imposible profundizar a Raymond

Gâvo Figueira / Foto cortesía Televen

Gâvo Figueira / Foto cortesía Televen

El venezolano residenciado en Bogotá cree que su país debe aprender de la seriedad con la que se trabaja en Colombia: “Eran los rechazados de Latinoamérica y creyeron en lo poco que tenían”

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Gâvo no viene de Gabriel. Es un diminutivo portugués de Gustavo. Descendiente de padres provenientes de Madeira, el dueño de la cuenta de Twitter @GavoFigueira es un actor venezolano que no tuvo mucha suerte en su tierra natal y se residenció desde 2005 en Colombia, país de poquísimos apellidos portugueses en el que ha participado en tres películas, las telenovelas Oye, bonita y A corazón abierto y varias series. El chef homosexual Raymond de Dulce amargo también escribe guiones y tiene un libro de poesía publicado, Palabras desnudas. “Soy felizmente soltero y tengo 32 años muy bien vividos”, suelta sobre su vida personal. Asegura que Raymond besará a un hombre en la boca, pero duda que eso se vea en la televisión venezolana, para la que ansía menos represión y autocensura.

—¿Por qué aceptó un personaje gay?

—Para Dulce amargo me presentaron dos personajes: un típico galán de telenovela y Raymond. Les pregunté a los productores si Raymond tendría una historia y un valor dentro de la trama, o si era un gay accesorio de los que simplemente están ahí para acompañar para arriba y para abajo a la protagonista. Eso no me interesaba hacerlo. Quiero reivindicar al gay como un personaje serio, que trabaja, que se da a respetar y que tiene una gran cantidad de amigos hombres sin que eso signifique que está teniendo algo con todos ellos. Uno trata de mostrar hasta donde se puede. La televisión venezolana, lamentablemente, no permite profundizar a Raymond como estaba pensado.

—¿Un personaje gay favorito?

—El de Sean Penn en Milk. Medido y muy bien trabajado.

—¿Gastronómicamente, cuántos puntos se pone?

—Cuando me dedico a hacer un pavo o un pernil me queda chévere, pero soy un desastre en la cocina. Parece que hubiera pasado el demonio de Tasmania.

—¿Actuar en Dulce amargo es como trabajar en la Organización de Estados Americanos?

—Parece Miami. Además de Alejandra Sandoval, que es colombiana, hay dos venezolanos que llevamos años en Colombia, Anabell Rivero y yo, y cuatro mexicanos. Hay palabras que significan algo distinto en cada país, caso de “mamado”. Nos hemos dado datos y tips. Hay mucha sinergia y eso se ve en la pantalla. Cuando los mexicanos viajan a su país, nos traen cosas, e igual los que vamos a Colombia. Ha sido una comilona. Todos hemos engordado. 

—¿Cómo evitar que los actores venezolanos se vayan a otros países, como fue su caso?

—Hay que tomarse las cosas en serio. Si algo puedo rescatar de los colombianos es que ellos, por haber sido la oveja negra de Latinoamérica, los rechazados, creyeron en lo poco que tenían. La televisión venezolana tiene más trayectoria que la colombiana, pero se relajó. Vi a una fila de actores venezolanos pasar por Colombia y salir de la misma manera que entraron, porque nunca se prepararon. De un concurso de belleza fueron directo a la televisión. Allá chocaron con la realidad de un mercado donde hay que hacer no uno, sino varios castings para ganar un personaje. Dulce amargo es una muestra de ese interés de volver a hacer las cosas bien.