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Gabriel Payares: “Nos hace falta más tragedia y menos épica”

Gabriel Payares | Foto: Manuel Sardá

Gabriel Payares | Foto: Manuel Sardá

El autor dice que la literatura es su no lugar y da respuesta a ciertos asuntos inexplicables

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Gabriel Payares nació en Inglaterra hace 30 años y salió de ese país cuando tenía 3 años de edad. Desde entonces no ha vuelto. Teme que al hacerlo se sienta tan foráneo como en Venezuela. Esta sensación de extranjería matiza su literatura y es también el motivo narrativo que guía “Epílogo: Londres, 1982”, el séptimo cuento de su más reciente libro de relatos, Hotel (Editorial Puntocero).

La vida de un hombre que cambia de rumbo como un barco a merced de los vientos del sur, una llamada telefónica que deja en evidencia la tormentosa relación de Mariana con su familia y la desaparición de un huésped en un hotel son los temas de algunos relatos del libro del autor de Cuando bajaron las aguas (2008). Los demás terminan de dibujar la cartografía narrativa de la alienación, la consciencia de los ciclos vitales y el arte de escribir. Así aparece en uno la imagen de un hombre que llega a Buenos Aires para revivir el recuerdo de la mujer que lo abandonó; en otro, la bomba de Nagasaki es la metáfora del affaire entre un profesor y una alumna; y en el titulado “Samsara” –que en sánscrito significa “renacimiento”– se muestra cuando se recompone la vida marital de un escritor, que coincide con el esperado alumbramiento de su novela.

—El desarraigo, el renacimiento y la reflexión sobre la propia escritura son temas persistentes en Hotel. ¿Cómo se relacionan estas ideas con su libro anterior?

—En Cuando bajaron las aguas, el hogar desvencijado, destruido y como fuente de sufrimientos era la imagen predominante. Estaba obsesionado con las herencias, aquello que recibimos sin desearlo, y algo de eso está también en este libro, en el que trabajo la figura contrapuesta: la del hotel, que resume el carácter de lo efímero y lo ajeno. El mundo es un lugar transitorio; asumirlo despierta la consciencia de la muerte.

—El hotel, como metáfora de la estancia breve, puede definir también al cuento, ¿de qué manera se relacionan estas viñetas con su experiencia?

—La materia prima de la escritura es el escritor. Ahora, hay unos más centrados en la construcción de personajes y otros, con los que me identifico, que están movidos por la idea. Yo encuentro en cada personaje el eco de las ideas que a mí me obsesionan. En Hotel cada cuento responde a una idea y la materialización del relato es su puesta en escena. Así, el cuento es un artefacto de lectura, por un lado permite leer la anécdota (recrear la idea) y por otro pensar sobre conceptos (reflexionar sobre esta).

—¿De dónde viene su fascinación con el sur del continente?

—Allí es más frecuente la mirada melancólica, que puede ser deprimente, pero permite que surja una consciencia nacional distinta. Venezuela se beneficiaría de eso, pues su gente adquiriría una consciencia trágica. La vocación por la reflexión evitaría que continuáramos repitiéndonos, atrapados en el tiempo de un torbellino patrio. Nos hace falta más tragedia y menos épica.

—¿Cómo puede la literatura contribuir a esto?

—A los venezolanos nos gusta lo espectacular y en nuestra avidez por entretenernos hemos olvidado que la idea es pensarnos. La reinstitucionalización del país, que es el único camino posible para salir de este atolladero, incluye un proceso de reflexión nacional que es ineludible y por eso me preocupa ver con bastante frecuencia que se proponen a las artes como espectáculo.