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El Gabo se fue a Macondo

Tras años de silencio, en 2002 García Márquez presentó la primera parte de sus memorias, Vivir para contarla, en la que repasa los primeros treinta años de su vida | Foto: Archivo

Tras años de silencio, en 2002 García Márquez presentó la primera parte de sus memorias, Vivir para contarla, en la que repasa los primeros treinta años de su vida | Foto: Archivo

Sí, Macondo está de fiesta, pero el mundo está triste. Allá se prepara el recibimiento; aquí, los funerales. Entre un ritual y el otro alzan vuelo, para decirlo con una expresión del Gabo, "los pájaros de la memoria"

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¡Macondo está de fiesta! Ya no tendrá que compartir con nosotros la  presencia inmediata de su padre el fundador: ahora es solo suyo. Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927) acaba de morir en Ciudad de México, donde residía. ¡Qué contenta debe de estar Remedios, la bella!

Es, era, si no el más grande, sin duda uno de los monarcas más generosos de la literatura latinoamericana, mundial. Su libro principal, "Cien años de soledad", es quizá la novela de mayor alcance (en cuanto a recepción por parte de la audiencia y, por supuesto, dada su indecible calidad literaria) de las letras del siglo XX de esta parte del planeta que tanto le debe a España: nada menos que la lengua.

Decía el Gabo que cuando la estaba escribiendo se sentía tan feliz, que creía estar descubriendo la literatura. Esa felicidad se nota desde que uno abre los portones de Macondo y se va con el coronel Aureliano Buendía por el recuerdo de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

¡Caramba! ¡Qué bien hacen los maestros! Si es verdad -claro que lo es, pues él mismo lo afirmaba- que García Márquez supo lo que la literatura es capaz de dar y de hacer cuando leyó a Kafka, a Rulfo, a Faulkner, cuánto placer, cuánto gozo, cuánto hallazgo nos deparó esa entrañable lección tan bien aprendida. La obra del Gabo es y será ya para siempre un tesoro de la cultura, un espejo donde podemos ir a buscarnos los días en que nos perdamos (o sea, prácticamente todo el tiempo). Se supone que eso es la inmortalidad, y García Márquez tiene su escaño en ese parlamento de gloria y de reconocimiento.

Venezuela -hay que decirlo para alentarse y, ¿por qué no?, para enorgullecerse aun en medio de la pena por su muerte- jugó su papel en la consumación de ese destino. García Márquez vivió aquí cuando, según él, era "feliz e indocumentado", y el país le dio la oportunidad de escribir.

Plinio Apuleyo Mendoza había ido a buscarlo a París y así se vinieron a Caracas. Llegó empleado por una revista, y trabajó en otras más. Fue reportero y testigo de excepción de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y escribió reportajes sobre ese momento ineludible de nuestra historia contemporánea.

Como es de esperar, por estos días saldrán a flote su amistad con Fidel Castro, de la que nunca claudicó, y su apoyo a la Revolución Cubana, algo que mucha gente no logra todavía entender y que el mexicano Enrique Krauze analizó como nadie lo había hecho en un ensayo titulado "Gabriel García Márquez. A la sombra del patriarca", texto de consulta obligada publicado, primero, en la revista "Letras Libres" y después recogido en el libro "Redentores: Ideas y poder en Latinoamérica", del intelectual azteca.

Pero ni hoy ni mañana son días para ataques a un hombre que acaba de morir, pues no es cualquiera el que desciende a las bóvedas del cementerio, y ya habrá chance. Sean cuales fueren los juicios políticos -muchos de ellos, bien fundados- que se le puedan hacer al Gabo, lo cierto es que con su fallecimiento la literatura pierde a un embajador de excepcional genialidad, a un escritor en cuya prosa nuestro idioma se puso de pie y demostró su vitalidad, hizo públicos sus blasones, su linaje.

La poeta polaca Wislawa Szymborska dijo una vez que "el español es un latín bellamente estropeado". Gabriel García Márquez dedicó su vida a la honra de esa belleza y nos dejó una herencia donde nuestra sensibilidad, donde nuestra idiosincracia tiene a buen resguardo sus monedas.

Sí, Macondo está de fiesta, pero el mundo está triste. Allá se prepara el recibimiento; aquí, los funerales. Entre un ritual y el otro alzan vuelo, para decirlo con una expresión del Gabo, "los pájaros de la memoria".

Era uno de los nuestros. Y ha muerto.