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Fragmento de la biografía de Francisco de Miranda escrita por Mariano Picón Salas

En la obra, publicada en 1946, el escritor busca reflejar en la tragedia del héroe el fracaso de todo un país

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La idea de fugarse, de volver a ver los hijos que le dio Sara Andrews, continúa acicateando como una obsesión los últimos días de Miranda. Para marzo de 1816 parece estar ya maduro el proyecto. Es entonces cuando habla en una carta a la casa Duncan de “cierto viajecito” que emprenderá el miércoles o jueves próximos. El “viajecito” tendría como primera escala Gilbraltar; de allí saltaría a uno de los puertos de la costa portuguesa; de allí, a las nuevas aventuras  del mundo.  Espera que le descuenten una letra contra la cosa Turnbull por doscientos pesos para los primeros gastos del riesgoso camino.

Mas el hombre propone y Dios dispone. El 25 de marzo de 1816 cae fulminado por un ataque de apoplejía. Se inicia la estación final de su calvario. Mejora el ataque para contraer lo que en el lenguaje del tiempo se llamaba “calenturas pútridas”.Es fiebre tifoidea, pero es también la avitaminosis y el escorbuto de la detestable alimentación, de la humedad y la inercia de la celda. Se le conduce al hospital. El buen Pedro José Morán tiende la sábana más limpia para que repose su amo. De la boca ulcerada brota insistente hemorragia. Pedro José es como el buen Cirineo de este último sacrificio.

De las paredes encaladas de la enfermería cuelgan imágenes religiosas en el más barroco gusto español: crucifijos lívidos, santas teresas derribadas por el rayo divino, del estilo que divulgó Lorenzo Bernini; figuras maceradas y lúgubres de la escuela de Zurbarán. Un sacerdote llega a ofrecer al enfermo los auxilios religiosos. Miranda lo rechaza: “Déjeme usted morir en paz”. Pero poco después se inicia el coma agónico, las diligentes hermanitas del hospital consiguen que se le administre la extremaunción. Presencia ya Miranda con los ojos entelados y sin voluntad de rechazo el grave ritual. Al mediodía del 14 de julio de 1816 se queda definitivamente dormido.

Pedro José Morán, carne de pueblo generoso y servidor, quisiera honrar a su patrón en ese último momento. La vieja etiqueta española prescribía que para la exequias de un gentilhombre se le vistiese con el más serio vestido, con las botas con que transitó por la tierra y con las que emprenderá  la peregrinación por los lejanos mundos desconocidos. Junto al ataúd descubierto –si ello era posible– se celebraría la misa de cuerpo presente. Pedro José va a ver a los sacerdotes deliberar: “Miranda fue siempre un hereje. Y aunque recibió in extremis los santos óleos, su voluntad no participó en esa postrera entrega a la Iglesia”. Además fue un insurgente. Enterrar a Miranda con el acostumbrado ritual católico sería un problema teológico y un problema político. Son los días más tétricos de la reacción fernandina.

En la duda, hay que abstenerse; es consejo de Sancho y de los sacerdotes que no quieren comprometer su posición. Es mejor que en la noche, casi sin ruido, ceremonias o escolta, se deposite el cadáver en el cementerio. Sobre el cuerpo yerto de su amo, Pedro José Morán, que carece de jerarquía para discutir con tan sabios teólogos, tiende un lienzo piadoso y vierte sus sencillas lágrimas.

Y ya no hay noticias de dónde pueden estar los descarnados despojos de don Francisco de Miranda. El viejo cementerio de La Carraca fue demolido allá por 1860. Los muertos cuyos deudos no pagaron su derecho a nicho o fosa fueron a dar con su final esqueleto a uno de aquellos “carneros” u “osorios” parroquiales donde el nombre y los huesos se confunden y despersonalizan. En el día de la resurrección tornarán a ser identificados. Cada cráneo se ajustará a su tronco; cada tibia reconocerá la pierna con que anduvo por el mundo.

En su patria venezolana quedan dos recuerdos de la huella terrestre del personaje extraordinario. Una casona del siglo XVIII, en pleno centro de la ciudad de Caracas, donde durante los últimos años se guardó café, cacao y víveres tropicales; se hicieron negocios de comisión y consignación y se cumplió, también, con la historia, erigiendo una lápida para señalar la circunstancia de que allí nació el precursor. Tal vez la casa sea pronto derribada, pues no se justifica con el alto precio de la propiedad urbana y los elevados edificios vecinos un último testimonio de vida patriarcal y menos urgida de negocios, como ese pedazo de arquitectura del siglo XVIII.

Por lo demás, don Francisco, primer suramericano weltbüurger, ciudadano y caminante universal, testigo de dos revoluciones y promotor de una tercera, casi no vivió en aquella casa. Otro testimonio quizá más duradero y más acorde con su naturaleza son los sesenta y tantos legajos, hinchados de papel y huella humana, en que Miranda coleccionó documentos, recuerdos e itinerarios de su vida, que ahora se custodian en la Academia Nacional de la Historia. Con letra suya y con letra de los otros –mujeres, políticos, conspiradores, filósofos–; con claves de revolucionarios, estampas, gacetas y dibujos, se construye en esos bloques de papel el signo de una vida plena en el dolor y en el goce, en el misterio y el heroísmo; vida dilatada en el inmenso radio geográfico que se traza desde el mar Caribe hasta las boreales llanuras bálticas; vida como no la vivió en peripecia y en extensión ningún otro suramericano.