• Caracas (Venezuela)

Escenas

Al instante

La Escuela Juana Sujo monta obra de Lucila Palacios

Palacios no solo se destacó en literatura. También fue activista y ocupó cargos políticos | Foto: Colección Archivo El Nacional

Palacios no solo se destacó en literatura. También fue activista y ocupó cargos políticos | Foto: Colección Archivo El Nacional

La pieza, presentada por los alumnos del primer nivel de Arte Dramático de la institución, es dirigida por Jessica Rodríguez

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La de Juan es una historia de búsqueda. Él es un vendedor de periódicos agobiado por la vida. Una noche, al dormir, viaja por otros mundos. Sus miedos más profundos y sus deseos se enfrentan en un proceso de descubrimiento cuya última parada es la felicidad.

Así transcurre Juan se durmió en la torre, pieza escrita por Lucila Palacios y presentada por los alumnos del primer nivel de Arte Dramático de la Escuela Juana Sujo. La obra –con la que la autora ganó el Premio Municipal de Literatura Infantil en 1943– es dirigida por la profesora y actriz Jessica Rodríguez. La única función del montaje será el sábado a las 11:00 am en el Teatrino de la institución, que está ubicada en Quinta Crespo. La entrada es libre.

“La mayoría ignora los textos de Lucila Palacios en materia teatral. Quisimos darlos a conocer. Y al final nos decantamos por esta pieza porque se adapta a la cantidad de niños y niñas que tiene el nivel”, indica Andrés Martínez, director de la escuela. Niebla, Orquídeas azules y Una estrella en el río son otras de las obras que escribió Palacios.

A pesar de haber sido fundada por una de las creadoras más importantes del teatro nacional y de acumular una importante tradición, la Escuela Juana Sujo no recibe el apoyo que merece. Muchas promesas giraron en torno a una nueva sede, pero la negativa parece esta vez más definitiva que nunca. “La situación es grave. Nos dijeron que no podían darnos un nuevo espacio. Cuando nos desalojaron del Teatro Nacional llegamos a Quinta Crespo de manera provisional, pero tenemos más de 40 años acá. No hay manera de que nos apoyen en ese sentido. Hemos acudido a varias instancias, pero nada. Las razones que nos dan es que somos una escuela privada, pero nosotros realizamos una función social”, denuncia el director.

 

Dos décadas de ausencia. En agosto se cumplen 20 años de la muerte de Lucila Palacios, cuyo verdadero nombre era Mercedes Carvajal de Arocha. La autora nacida en Trinidad pero criada en Ciudad Bolívar decidió utilizar un seudónimo cuando comenzó a escribir para que no relacionaran a su esposo con ella. Escogió el nombre de Lucila en homenaje a la chilena Gabriela Mistral –cuyo nombre real era Lucila Godoy Alcayaga– y el apellido porque le recordaba a la madre de Simón Bolívar.

Palacios cultivó los géneros de la novela –escribió títulos que ganaron premios internacionales–, el del cuento y el de la poesía. También fue colaboradora de El Nacional y la primera mujer en ocupar un sillón en la Academia Venezolana de la Lengua. Ocurrió en octubre de 1981 y le correspondió la letra “Z”, que dejó el escritor Carlos Montiel Molero.


Su vida, sin embargo, no se trató únicamente de escribir. La autora de El corcel de las crines albas también se destacó en las luchas por la igualdad, por la democracia y por la reforma del Código Civil en pro de los derechos de la mujer.

En política, además de haber estado relacionada con la Generación del 28 y de haber luchado en la clandestinidad contra Marcos Pérez Jiménez, fue la primera mujer en ocupar puestos importantes en el país. Formó parte de la Asamblea Constituyente de 1946 y más tarde participó en el Senado de la República y en el Congreso, en representación de Ciudad Bolívar. Y fue la primera en ostentar el cargo de embajadora, que desempeñó en Uruguay entre 1959 y 1969.

“La literatura y la política me hicieron pensar que había que luchar para desterrar del país aquellos regímenes de fuerza”, declaró al periodista Carlos Díaz Sosa en 1967.


También dejó ideas como la que le expresó a la periodista Rosita Caldera a comienzos de los años ochenta, que no pierden vigencia: “Nuestra democracia es imperfecta, lo sé, pero tengo fe en que este pueblo ejemplar perfeccione el sistema. Es una tarea dura, pero no debemos desmayar. En todo caso, es preferible una democracia imperfecta a una dictadura. Quien ha visto de cerca y vivido el atropello a la dignidad y el irrespeto a la vida no puede sino pronunciarse porque esas formas de maltrato dejen de ser una práctica en el país”.