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Edith Piaf: 50 años sin la gran diva de la chanson

Edith Piaf | Foto AFP / Archivo

Edith Piaf | Foto AFP / Archivo

La voz y las canciones de la intérprete aún conmueven el corazón de las nuevas generaciones. Su mito sigue proyectándose sobre la escena musical

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Sólo tenía 48 años de edad pero su cuerpo era el de una anciana que parecía haber soportado sobre la espalda todo el dolor y el sufrimiento del siglo XX. El 11 de octubre de 1963, en su retiro de Grasse, en la Provenza, donde descansa alejada de los focos mediáticos junto a su nuevo amor, un joven peluquero griego llamado Theo –al que bautizó Sharapo, en griego “Te quiero”–, muere Edith Piaf. La gran diva de la chanson cerraba una vida tumultuosa en la que la felicidad y el amor se hermanaron con la tragedia, los accidentes, las drogas, las curas de desintoxicación y los escándalos y que la condujo de las calles de la pobreza a los grandes escenarios y salones internacionales.

El aniversario del fallecimiento de la cantante ha generado una copiosa reedición discográfica y nuevas aproximaciones literarias, de la biografía al ensayo, a la mujer, mito y artista que mejor ha simbolizado Francia y el espíritu eterno de la chanson. Un sencillo vestido negro, una voz conmovedora, unas manos que arañan o acarician la luz escénica y un pequeño cuerpo que se balancea componen el perfil que seducirá a los públicos de uno y de otro lado del océano.

Piaf bebe de esa canción realista que se produce a orillas del Sena y que ella proyecta con la máscara de la tragedia, el amor o la desesperación. El público se identifica inmediatamente con su voz y ese universo donde los pobres y humillados pueden también mostrar orgullosamente su derecho al amor. Piaf es la voz abanderada –“En mí cantan la voz de muchos”, dijo– de los marginados, de las prostitutas, de los pobres y desterrados de la felicidad y el paraíso terrenal a los que hace llegar su mensaje: a pesar del dolor y de la miseria, el amor sigue siendo nuestro único compromiso. Su propia vida estará señalada por amores trágicos como el que sostiene con el boxeador Marcel Cerdan, muerto en un accidente de aviación, o junto a jóvenes artistas a los que ayuda a triunfar como un crooner marsellés llamado Yves Montand o un actor de origen estadounidense de películas de serie B, Eddie Constantine.

Su recorrido artístico dejó algunas de las canciones que componen el canon musical del siglo XX. Piaf construye con la ayuda de una serie de creadores, ya sea una compositora como Marguerite Monnot o, al final de su carrera, Charles Dumont, un vibrante y emotivo repertorio ajustado a su personalidad: “La vie en rose”, “Hymne à l’amour”, “Padam-Padam”, “La foule”, “Les amants d’un tour”, “Mon Dieu” y “Non, je ne regrette rien”, etcétera. Trabajará con un joven y debutante compositor de origen griego llamado Georges Moustaki que le ofrece otro de sus himnos inmortales, “Milord”. También se cruzará en sus inicios con otro joven compositor e intérprete de aspecto triste y baja estatura que lucha por encontrar su lugar en el sol y atiende al nombre artístico de Charles Aznavour.

Artistas como Marlene Dietrich o el poeta Jean Cocteau –que por azares del destino morirá el mismo día– se encuentran entre su círculo más próximo. Dietrich recogerá para su repertorio el tema “La vie rose” y prolongará su aureola mítica. Cocteau escribe: Piaf puede hacer llorar hasta cantando el listín telefónico. La relación que establece con el público tiene las características de un oficio religioso. Un auditorio que la recibe con largas ovaciones y aplaude a la mujer que sobre el escenario no se diferencia del personaje. En sus últimas apariciones, una Piaf que no puede esconder su deterioro físico, la gente llena la sala Olympia entre la fidelidad y el placer morboso de asistir al sacrificio de la diva sobre la escena. Décadas después, el mismo ritual se repetirá con otra estrella, Amy Winehouse, aguardando el momento en que se desplome su choucroute capilar sobre el escenario.

A su fallecimiento, promotores y discográficas hablarán cada temporada del nacimiento de una “nueva Edith Piaf”, unas sucesoras que al final solo alcanzan la caricatura del original y acabarán desapareciendo. Un oportunismo que denuncia el cantautor Léo Ferré en uno de sus temas cuando el sello Barclays lance a la cantante Mireille Mathieu como su heredera. Pero el mito Piaf ha resultado ser irreemplazable a los 50 años de su desaparición, como irrepetibles las condiciones y el tiempo que le tocó vivir. Piaf, como Billie Holiday, como Judy Garland, forman parte de ese club de intérpretes, únicas e imperfectas, que consiguieron hacer de su malvivir o dolor existencial una forma de exhibicionismo que el público compartió religiosamente con ellas.