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Edgardo Mondolfi: "Venezuela no ha sido tierra propensa a magnicidios"

Edgardo Mondolfi / Manuel Sardá

Edgardo Mondolfi / Manuel Sardá

El más reciente libro del individuo de número de la Academia Nacional de la Historia se refiere al legado del gobierno de Rómulo Betancourt, que fue severo con los regímenes de facto, de derecha y de izquierda

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En el último lustro, los historiadores y otros académicos se han entregado a la intensa revisión de la figura histórica de Rómulo Betancourt y Edgardo Mondolfi Gudat acaba de sumarse a este grupo con su más reciente libro, El día del atentado. El frustrado magnicidio contra Rómulo Betancourt.

"En estos tiempos inciertos que vivimos, la figura de este presidente es percibida como eje de un proyecto que logró alinear dentro de unas mismas reglas de juego, en un pacto de gobernabilidad bien sostenido, a fuerzas políticas diferentes y comprometerlas con un régimen democrático.

Eso, indudablemente, llama la atención de las nuevas generaciones", indica el profesor de la Escuela de Estudios Liberales y de la maestría de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Metropolitana, cuyo interés en la historia comenzó por el siglo XIX y en los últimos años migró hacia el estudio de la modernidad nacional.

El libro, editado en la colección Hogueras del sello Alfa, agrega una dimensión adicional a la discusión académica al poner en perspectiva los enfrentamientos entre el primer presidente venezolano de la era democrática y Rafael Leónidas Trujillo, que durante 30 años impuso una dictadura militar en República Dominicana.

El historiador no sólo reconstruye el intento de magnicidio del 24 de junio de 1960, sino que también se detiene en sus consecuencias dentro y fuera del país. El volumen, adicionalmente, muestra las relaciones de los países caribeños con Estados Unidos durante la Guerra Fría y el papel que desempeñó Venezuela en los intercambios diplomáticos de la época. La creciente percepción negativa de la comunidad internacional sobre la dictadura de Trujillo y el temor a que esto beneficiara la Revolución Cubana multiplicando sus réplicas en la región creó paranoia en el Gobierno de Estados Unidos, que entonces estaba ocupado en erigirse como la cabeza del eje capitalista contra el comunismo soviético.

"Me propongo analizar al Betancourt que pregonaba una ideología reformista democrática frente a los regímenes autoritarios del Caribe", apunta el autor cuyo interés en el siglo XX empezó con la investigación sobre la actividad conspirativa de Eleazar López Contreras durante el Trienio 1945-1948, que culminó en su libro General de armas tomar , publicado por la Academia Nacional de la Historia, institución en la que es individuo de número desde 2012.

--Señala que Betancourt, en un gesto de humildad raro en la historia nacional, no quiso que el atentado en su contra quedara consagrado como un ejercicio de heroicidad republicana. ¿Qué parte en la formación de Betancourt lo convirtió en un civilista? --Venezuela no ha sido tierra propensa a magnicidios.

El gobierno actual ha hecho de la palabra magnicidio una mercancía cotidiana, pero para Betancourt el atentado que le hicieron no merecía ser recordado. Su civilismo se debe a que fue alguien probado en el pellejo de mil batallas y entendió que el camino no era el aventurerismo político, sino la construcción de un proyecto coherente de poder. La historia de su largo exilio y el hecho de que acompañara algunas propuestas invasoras en tiempo del gomecismo, para luego renunciar a todo eso cuando entendió que la modernidad reclamaba otro tipo de actuación en la política.

--¿Cómo explica que un país que se deja seducir por las opciones militares rechace soluciones de facto, como los intentos de magnicidio? --Hay una ambigüedad en la sociedad venezolana que es permisiva con el golpismo, la aventura militar y la insurrección, pero se frena ante otras formas de violencia política como el atentado contra un presidente. Todo el arco político de la época, desde el Partido Comunista de Venezuela hasta Fedecámaras, rechazó el intento de magnicidio de 1960, aunque poco después habrá factores en armas que comenzarán a desafiar al mismo gobierno en una forma radical de violencia política.

--Los protagonistas de su libro son, además de Betancourt y Trujillo, Fidel Castro, en un contexto donde el Departamento de Estado norteamericano intentaba controlar a las dictaduras caribeñas.

--Así es. Lo más interesante de la coyuntura es la difícil disyuntiva que tuvo que afrontar Estados Unidos al tener que condenar a Trujillo por su largo expediente de represión en la isla. No debe creerse que porque el régimen de la isla dio una buena acogida al sector financiero estadounidense, las relaciones políticas entre ambos países fueron cónsonas, a tal punto que Trujillo siempre se apoyó en una estrategia de cabildeo ante la opinión pública norteamericana para confrontar los cuestionamientos que Washington hacía de su política de represión. Pero también estaba el riesgo de que un proceso de desestabilización de la República Dominicana condujera a la emergencia de un fenómeno similar al cubano que había recién ocurrido. La actuación del gobierno de Betancourt se concentró en convencer a Estados Unidos de que, además del cubano, existía un modelo confiable de interlocución en la región, como era entonces Venezuela. Al final, Estados Unidos se plegó a las acciones que promueve Venezuela contra Trujillo.

--Betancourt estaba tratando de promocionar su gobierno como la salida democrática ideal para Latinoamérica, esto tiene que ver con una necesidad del entonces presidente de Venezuela de distanciarse de las ideas comunistas con las cuales había comulgado más joven.

--Hizo un esfuerzo inmenso por deslindarse de esas aguas. Y lo venía sosteniendo ya desde la década de los años treinta, pero había sectores, dentro y fuera del país, que lo asumían como un hombre de izquierda. Lo que clarificó el panorama de sus opiniones políticas fue la coincidencia de su presidencia con la de John F. Kennedy, que fue capaz de entender las circunstancias que tenía América Latina en su consolidación y la opción del reformismo que protagonizaba Betancourt.

Eso facilitó mucho la confianza que Estados Unidos le tuvo, me refiero a la capacidad de Kennedy de verlo como un socio confiable, uno que se estaba moviendo en la centro izquierda latinoamericana y cuya influencia podía comenzar a extenderse a otros países de la región.

--En términos diplomáticos, ¿cuál es el gran legado de su presidencia? --Betancourt tuvo una posición igualmente severa a la hora de condenar regímenes de facto, fueran de izquierda o de derecha. No dejó nunca de ser crítico del intervencionismo estadounidense en América Latina. Pero también entendió lo que significaba ponerle coto a los avances del proyecto castrista. Su legado fue la afirmación de una política venezolanista de no injerencia. Y de enfrentamiento por igual a los factores de derecha y de izquierda que hubiesen surgido en la región sin ser resultado de un proceso democrático.

--El único personaje de esta historia que queda vivo es Castro. ¿Cómo ve el papel que su régimen desempeña hoy en la región frente al que tuvo durante la Guerra Fría? --Esta es una etapa melancólica para el régimen cubano, si uno lo compara con la época caliente de la Guerra Fría, en la década de los años sesenta. Betancourt impidió que Castro entrara por la puerta principal a la arena internacional y ahora, que Cuba ya no es lo que fue en la Guerra Fría, nos encontramos que es el más cercano aliado de Venezuela en un contexto donde prima el ritualismo de izquierda de parte de nuestros gobernantes.