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Dudamel fue ovacionado en Argentina

Gustavo Dudamel, ovacionado por sus músicos y también por el público | La Nación/ Argentina/ GDA

Gustavo Dudamel, ovacionado por sus músicos y también por el público | La Nación/ Argentina/ GDA

La Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y Gustavo Dudamel se presentaron el miércoles en el Teatro Colón de Buenos Aires, ante más de 2.000 espectadores, en lo que fue el primer concierto de la Gira Latinoamericana por la Vida y por la Paz

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Sólo dos obras en programa, una sala imponente con todas las localidades y espacios de pie ocupados en llamativo silencio. Se respira una atmósfera de místico recogimiento, acaso sea por el drama y el dolor que vive la República estos días de tragedia. En el escenario se observa la ordenada aparición de los músicos de la agrupación sinfónica venezolana fundada por el maestro José Antonio Abreu presente entre el público de la platea. No se escucha ningún anuncio previo; meditamos sobre la discreción del fundador del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles de Venezuela y sobre la significación de su maravillosa obra para bien de la salud de los pueblos.

El programa impreso anuncia sólo dos composiciones. Ambas admirables, monumentales y complejas para cualquier orquesta. Se observa la caja acústica del escenario ocupada íntegramente por un número mayor de lo habitual de sillas y atriles. Aparecen los músicos. Se ubican en sus puestos en una actitud de respeto y amistad entre ellos. La afinación es sólo verificada con discreción. Cuando aparece el joven director Gustavo Dudamel el recibimiento es de manifiesta cordialidad y reconocimiento. No hay detalles de divismo, sí de sobriedad y distensión.

Llega el tan ansiado silencio y comienza la delicada y sutil introducción de La consagración... El solo del fagotista en el registro agudo es un tema popular y las expresiones a cargo de los instrumentos a soplo que se encadenan, encantan y provocan placer por su justa afinación y atinado fraseo. La progresiva sonoridad de las maderas discurre en frases diversas de infinita originalidad. Es el talento del autor, sin duda creador y artífice de un lenguaje inconfundible, el que se va adueñando del protagonismo. ¡Qué lamentable resulta que en la programación musical de Buenos Aires, la obra de Stravinsky brille por su ausencia!

Para bien la traducción de Dudamel es sobria y refinada. Las dos partes, "La adoración de la tierra" y "El sacrilegio", en que se divide la composición se va desgranando en sus variados movimientos que, dicho sea de paso, conllevan un nombre que pretende y en cierto sentido condiciona una línea argumental. Sin embargo el protagonismo está en la originalidad del discurso musical y en el rendimiento maravilloso de la orquesta, así como en la claridad de una batuta precisa y expresiva. De ahí el denso aplauso tributado.

La segunda parte crea un contraste con La noche de los mayas del creador mexicano Silvestre Revueltas (1899-1940) cuya creación apunta en general a un naturalismo popular muy directo y casi onomatopéyico en razón de la utilización de ritmos y tonadas que están muy enraizados en casi los todos los vecindarios de aquella contradictoria población de América del Norte. Claro está que esa creación reclama un brillante conjunto de instrumentos de percusión en razón al predominio del ritmo en el discurso musical, y aquí está presente de modo incuestionable.

La versión que se ofrece es acertada y por eso estalla un generoso aplauso, tan entusiasta como sostenido, y se logra con ello agregados de indudable refinamiento e inspiración como dos momentos orquestales de Lohengrin y Tristán e Isolda , de Richard Wagner, a los que el director venezolano considera al anunciarlos "la más bella música que existe", y surge un momento mágico y conmovedor que se corona con una ovación y con casi la totalidad del publico de pie.

Pero hay espacio para más y llega una nueva distensión con la popular Alma llanera, jerarquizada por la calidad del sonido y la apabullante unidad de las cuerdas en el famoso tema de la canción; y el júbilo vuelve a ser merecido, hasta que ya se vislumbra el final que muchos estamos suponiendo, y es así que se hace realidad el siempre impactante y tan descriptivo de nuestra idiosincrasia y paisaje, malambo de Estancia de Alberto Ginastera, que pone punto final a una jornada que debería servir para estrechar con mayor amor, lazos de eterna amistad, comprensión y paz.