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Lang-Lang viajó dentro de Tchaikovsky

Lang Lang | Manuel Sardá

Lang Lang | Manuel Sardá

El chino interpretó el Concierto N° 1 para piano y orquesta del compositor ruso, acompañado por Gustavo Dudamel y la Simón Bolívar

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El jueves se encontraron dos prodigios en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. Ambos incluidos por la revista Time –casualmente en 2009– entre las 100 personas más influyentes del mundo. Así como en Venezuela los jóvenes encontraron en la dirección orquestal un quehacer interesante al ver a Gustavo Dudamel, millones de niños en China estudian piano porque vieron a un artista llamado Lang-Lang.

El barquisimetano no fue recibido con el furor acostumbrado. No todos los presentes se levantaron de sus asientos o calentaron las palmas de sus manos, como suele ocurrir. Llegó, saludó, se paró frente a la partitura y a su querida Sinfónica Simón Bolívar y juntos se adentraron en la Consagración de la primavera, de Ígor Stravinsky, sin esa chispa habitual que ha cautivado a los principales escenarios del planeta.

La emoción llegó con Lang-Lang, que contagió a Dudamel, a los instrumentistas y al público. El carismático personaje, elegante pero casual, sin corbatas, lazos ni chalecos, se sentó y ubicó su pie derecho sobre los pedales para demostrar por qué generó semejante revuelo en el universo de la música clásica desde aquella presentación que realizó con la Sinfónica de Chicago en 1999, cuando tenía apenas 17 años de edad. 

Interpretó la misma obra que hace 14 años: el Concierto N° 1 para piano y orquesta en si bemol de Piotr Ilich Tchaikovsky, que después de 138 años de su estreno sigue siendo cautivador, como buena parte de las creaciones del ruso.

El martes, Lang-Lang había declarado que tenía grandes expectativas sobre la pieza, a pesar de que se ha paseado por ella más de 1.000 veces. Al menos desde la audiencia, lo que se experimentó fue un manejo magistral de los altibajos que presenta: enérgicas cadencias en el primer movimiento, nostálgica tranquilidad en el segundo y un tercero repleto de contrastes.

La fluidez del chino es notoria. No basta con escucharlo: es espectacular su baile en las transiciones, su diálogo gestual con la orquesta y la manera como luce afectado por su propia interpretación o, quizá, por los sentimientos que el creador ruso depositó en el papel a finales del siglo XIX en años felices de su vida.

Una vez que cerró el capítulo de Tchaikovsky, que provocó la ensordecedora ovación de una sala llena, llegó el momento de los bises. Como quien se sienta en la sala del hogar a entretener a los suyos, Lang-Lang tocó lo que le vino a la mente.

Dudamel, que dedicó el recital a las víctimas del terremoto que ocurrió en China hace una semana, se sentó sonriente junto a los músicos a disfrutar del show en la mejor área preferencial posible. Lo primero que sonó fue una de las melodías más populares asociadas a la academia. Era el Vals del minuto de Fréderic Chopin, a quien le dedicó un álbum en 2012. También del polaco, tocó el Nocturno N° 2 en mi bemol mayor y el Estudio N° 12 en do menor, abordados con una elegancia que suprime la indiferencia.