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Drácula abre las puertas de su hotel

Hotel Transilvania | Foto: Archivo

Hotel Transilvania | Foto: Archivo

El conde rumano, al que ahora la sangre humana le resulta desagradablemente llena de grasas trans, celebra los 118 años de su hija adolescente

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Debido al número relativamente pequeño de salas digitales y lo copada que está la cartelera de películas en 3D, Hotel Transilvania se materializa en Venezuela como estreno navideño y fuera del contexto natural que le hermana a Frankenweenie y ParaNorman: Halloween, festividad cada vez más incorporada a la cultura nacional (antes de que salga a criticarlo algún nacionalista aguafiestas, el español que hablamos lo aprendimos de un imperio).

Más optimista y de un humor más digerible para toda la familia, con un talante más diurno que los otros dos filmes de animación “horrorosa” de Hollywood en 2012, la película de Sony Pictures Animation (el mismo estudio de Reyes de las olas, Lluvia de hamburguesas, Los pitufos y Operación regalo) tiene también momentos de poesía, sobre todo en las escenas de murciélagos, animal naturalmente repulsivo, considerado con frecuencia más feo que una rata voladora, pero que bajo la dirección compasiva de Genndy Tartakovsky adquiere ternura. Y eso que Hotel Transilvania está muy vinculada a Adam Sandler (voz de Drácula en la versión original en inglés), cuyo humor en carne y hueso espanta a no pocos espectadores.

Sandler, para los que desconozcan todas las facetas de su carrera, ha hecho Dráculas durante muchos años en sus rutinas de comediante.

Muchos lobitos. El argumento tiene cierta similitud con Monsters Inc., de Pixar: desde el punto de vista de los monstruos (Drácula, un Frankenstein a dieta, zombis, licántropos con muchos licantropitos, una momia amigable y con problemas de flatulencia, el Hombre Invisible, una mujer esqueleto pudorosa, cabezas encogidas de los indios jíbaros y muchos otros), los humanos son los que resultan asquerosos. Drácula, al que la sangre común ahora le parece llena de grasas trans (prefiere glóbulos de Stevia), ha convertido su castillo de Transilvania en un resort donde sus amigos temibles están a salvo de las personas. En su refugio, el conde rumano celebra la mayoría de edad (118 años) de su hija adolescente y gótica, Mavis (abiertamente inspirada en Kelly Osbourne). Sin embargo, hasta la posada turística penetra un “ente contaminante”.

Jonathan, un mochilero que seguramente votaría a favor de la legalización de ciertos hierbajos, no se asusta con nada y toma fotos con su teléfono celular a todo. Parece un bobo de los que dicen “cool”, pero su irrupción modifica el concepto de tiempo libre de unos monstruos que se han quedado petrificados en sus modalidades de entretenimiento: como si un cortesano de Luis XIV fuera trasladado repentinamente a la era de Pitbull y David Guetta. Para Mavis, es el primer chico “de su edad” que conoce. “Ya no soy una chica de 89”, recuerda a su papá, con sobradas razones históricas de cinco siglos para comportarse de manera sobreprotectora y tener miedo de que su hija vuele lejos de su capa.

De lo mejor de Hotel Transilvania son las transformaciones de Drácula y Mavis en auténticos vampiros (los verdaderos de la familia taxonómica Desmodontinae, no los de la saga Crepúsculo): en una escena, la murcielaguita adolescente hace pucheros en la tradición del Gato con Botas de Shrek y el lémur Mort de Madagascar. En otra, el tan histórico como legendario Vlad III, el Empalador de Rumania, lucha contra su criptonita particular, la luz solar, para perseguir un vuelo comercial.

Hotel Transilvania
Estudio: Sony Pictures Animation
Director: Genndy Tartakovsky
Desde este fin de semana en cines (también en 3D)