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Diamela Eltit construye su literatura con fragmentos de humanidad

Diamela Eltit | Foto: Lisbeth Salas

Diamela Eltit | Foto: Lisbeth Salas

Desde su novela Lumpérica (1983) y el grupo CADA la escritora creó espacios para el discurso marginal

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Diamela Eltit tiene más de 30 años trabajando para colocar debajo de la luz cenital realidades que antes estaban en la sombra, como la marginalidad, lo femenino y la diversidad sexual, así genera discursos alternativos al poder y a las instituciones oficiales.

Cuando esta narradora y ensayista comenzó con su labor de Sísifo, hacia el final la década de los años setenta, su país sufría la tragedia de la dictadura de Augusto Pinochet. En 1979, Eltit fundó, junto con otros fotógrafos, escritores y otros estetas, el Colectivo de Acciones de Arte, CADA, movimiento de resistencia cultural contra el régimen militar. Y sus primeras novelas, Lumpérica (1983) y Por la patria (1986), también fueron ejercicios de validación de la alteridad.

Si hoy Chile está a la vanguardia de la cultura en la región se debe al trabajo de autoras como Eltit, cuyas obras se editan en su totalidad gracias a la iniciativa del sello español Periférica. Mientras tanto, la escritora nacida en 1949 termina otra novela y comparte su tiempo entre su país y Estados Unidos, donde trabaja como Distinguished Global Professor de la Universidad de Nueva York.

—¿Cómo cree que han evolucionado los cánones del discurso subalterno en los últimos 30 años?
—Siempre ha habido varias literaturas, pues no hay una sola manera de escribir y dentro de todas estas tradiciones hay una que sí ha trabajado de manera permanente los temas de los oprimidos, así como los lugares menos estables y más dramáticos. En ese sentido, por supuesto, el tema de la mujer sigue tomándose en cuenta de una manera fina, compleja y también en su forma de alteridad. Yo, por mi parte, siempre me ocupo, en cierto modo, de los traumas, psíquicos o sociales.

—La memoria fragmentada es en su obra una técnica experimental y también un tema. Es, además un motivo constante en la literatura de la región, ¿qué dice esto de estas sociedades?
—El sujeto es fragmentado: no es posible pensar un sujeto entero, porque nadie lo es. Sin embargo, en ciertos discursos oficiales se hablan de sujetos enteros. Esto, aunque es posible decirlo, desde el punto de vista conceptual no es correcto. A mí me interesa el cuerpo fragmentado en dos sentidos. El primero se refiere a cómo uno, la mayor parte del tiempo, no sabe que tiene cuerpo o sólo piensa en una parte de este. El segundo es la fragmentación en el texto, como opción estética, para poner en evidencia esa fragmentación de todo el aparato de lo real. Por ejemplo, un viaje entre tu casa y el trabajo es una fragmentación total y me interesa reproducir eso.

—El autor chileno Roberto Bolaño, fallecido en 2003, se ha convertido en el pivote de las nuevas generaciones de escritores. ¿Cómo la corriente que representa, en postulados como el cosmopolitismo y la mezcla del high and low brow culture, ha reestructurado los discursos literarios?
—La suya es una corriente válida y, con seguridad, necesaria para activar el campo literario. En ese sentido, hay que ver qué aporte hacen sus seguidores con respecto a la propuesta inicial. Cuando la literatura había decaído y apenas quedaban las grandes empresas con su literatura comercial, Bolaño repuso un punto imposible e interesante que fue la ciudad letrada, en el sentido que le dio Ángel Rama a la frase: el lugar donde los escritores habitan.