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“Detrás de la cámara hace falta una persona pensante”

El fotógrafo Nelson Garrido/Foto Henry Delgado

El fotógrafo Nelson Garrido/Foto Henry Delgado

El artista asegura que la tecnología digital ha democratizado el medio, pero ello no implica que todo el mundo sea fotógrafo. Considera que las nuevas generaciones deben pulir el lenguaje visual

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Si una palabra define a Nelson Garrido es “experimental”. La experimentación ha sido el motor y directriz de este fotógrafo y docente, tanto en su propia obra como en la ONG, la institución que fundó con su nombre.

Garrido creó la escuela de fotografía y sala alternativa movido por una “necesidad histórica”, asegura. Desde la sede de la organización, que está ubicada en Los Rosales, señala que él forma parte de una generación autodidacta de profesionales de la lente y por eso ha apostado por la formación de los jóvenes, en especial en los tiempos de la tecnología digital, que ha llevado a pensar que cualquiera puede ser fotógrafo.

—¿Ha sido positivo para la fotografía la aparición de teléfonos y otros dispositivos que traen cámara incorporada?

—Estoy convencido de que la fotografía sufre un proceso de banalización total. Ahora todo el mundo es fotógrafo y eso es como si nosotros dijéramos que las personas que aprenden a escribir como producto de un proceso de alfabetización se convierten automáticamente en escritores. Que haya más gente que sabe escribir no significa necesariamente que haya más poetas y escritores. Manejar la herramienta no implica tener el lenguaje. Ahora hay una gran democratización del hecho fotográfico, pero eso no quiere decir que haya un mejoramiento. Ahí es donde caemos en la importancia de las escuelas. A mí lo que me interesa trabajar con los alumnos es la parte del lenguaje fotográfico, que va más allá de que uno apriete un botón y salga una imagen. La gente todavía tiene ese mito de que la fotografía la hace la cámara y es como si nosotros dijéramos que el lápiz es el que escribe el libro o traza el dibujo. Lo que determina la obra en última instancia es el ojo. Nuestra filosofía es la del español Alberto García-Alix: Hay que tomar fotografías digitales pero con el ojo analógico.

¿Qué implica el ojo analógico?

—Pensar. Ya la gente no piensa antes de tomar la fotografía. Antes uno se movía, el encuadre… El hecho de tener un rollo de 36 fotos te da otra perspectiva. La gente ahora toma muchas fotos y después edita. Eso no puede ser. Tú tienes que pensar el hecho fotográfico, qué es lo que vas a tomar. Hay incluso una parte gestual que se ha perdido: te tienes que mover buscando la foto. Vas a la derecha, a la izquierda, subes, te acercas, te alejas. Tu cuerpo interviene. No estoy en contra de la fotografía digital sino del pensamiento inmediatista y banal.

¿Qué le queda por explorar a los fotógrafos venezolanos, a la nueva generación que se está formando?

—Para mí se tienen que involucrar con la realidad que los rodea y en la parte filosófica de la imagen. Insisto en lo que tiene que ver con la banalización. Creo que hay una tendencia generacional hacia la superficialidad, que es a lo que lleva la sociedad instantánea. Detrás de la cámara hace falta una persona pensante. Por esa razón en la ONG creemos que hay que formar al fotógrafo de manera integral. Tiene que ver cine, teatro, tener algo que decir, más que reproducir. La fotografía sin discurso no es nada.

—Usted ha señalado que fotografía se tiene que transformar en un hecho más social y político. Este último aspecto lo domina todo en el país, incluyendo el discurso visual. ¿El venezolano no está saturado de política?

—El problema es la politiquería, no la política. Somos seres políticos. Cuando se toca el tema social en el arte siempre se asume que forma parte de la politización del país, pero estoy convencido de que no. No se trata de polarización sino del derecho de expresarte individualmente ante una sociedad que te inquieta y te angustia. Eres tú como individuo frente a la sociedad, tu posición personal ante lo que está pasando.

¿La fotografía es un canal para mediar entre posiciones extremas, en asuntos delicados como los derechos de las minorías? La ONG es conocida por su apertura en temas como la diversidad sexual y religiosa.

—Para mí la foto y el arte en general son una excusa para que la gente ponga en práctica su libertad. Lo mismo aplico en la escuela de fotografía. Libertad implica el derecho a la autonomía de pensamiento, diversidad sexual, aceptar al otro. Nuestra posición no es Ni-Ni. Somos No-No. Creo que hay que tener una posición crítica, ver que hay un país que está creciendo y que no tiene que ver con un sector ni con el otro. Hay muchas parcelas que no están representadas ni por un lado ni por el otro. Por eso decimos que la ONG es el espacio de los que no tienen voz. Cada vez más las minorías somos las que sumadas hacemos las mayorías.

—¿Cómo fotógrafo busca el shock? Sus imágenes son muy fuertes.

—El shock es de los demás, no mío. Creo profundamente en la estética que manejo. Pienso que si no se hace una obra que trastoque los códigos de lectura normal, ésta no queda en el subconsciente. La gente cuando ve un perro muerto se acuerda de mí. Dice: “Mira, Nelson Garrido”. No sé si me siento halagado o no, pero son códigos que a la gente le quedan. Dentro de mi trabajo tengo una posición política, a nivel simbólico hablo de lo que está pasando, de la violencia.

Eso le ha traído problemas con algunas salas.

—A mí me han censurado, me han cerrado exposiciones. En una muestra que presenté en la Universidad Central de Venezuela llegaron personas que apoyan al sector gubernamental y rasgaron las fotos. Como ya dije en un foro realizado en esa ocasión, los chavistas fueron mis mejores agentes de prensa, porque después de eso todo el mundo quiso ver la exhibición. Tengo claro que mi obra no la hago para decorar casas. Lo mío es el grito de un ciudadano de a pie que se siente angustiado por lo que pasa en el país, que es cada vez más violento. No entiendo cómo nos acostumbramos a tener 160 muertos en una semana, más que en Irak. Eso me angustia como ciudadano.

Romper los muros invisibles

La ONG funciona en Los Rosales, fuera del circuito tradicional de salas expositivas, lejos de los museos y de las galerías. La ubicación, en ocasiones, resta público a sus propuestas. Sin embargo, Nelson Garrido asegura que no se mudará. “Creo justamente que esa visión de ciudad fragmentada en guetos es algo con lo que hay que romper. Parece mentira que hay muros invisibles en la ciudad. Hay gente que simplemente se niega a venir a esta parte de Caracas, es como que no existe. Para nosotros es importante estar aquí. Tenemos que descentralizar la cultura, estar presentes en espacios de otro tipo y hacer que la gente se mueva. Para mí la base de la violencia es la inmovilización de la gente, el miedo a agarrar la calle. Tenemos un estigma de la ciudad que no puede ser. Además, Los Rosales es un sitio hermosísimo. La avenida Victoria es un espacio cultural diverso y maravilloso. Hay un bulevar, teatro, bella arquitectura y un buen clima social. Cada vez estoy más feliz de que la ONG esté aquí”.