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Darío Jaramillo Agudelo busca la poesía en el oficio periodístico

Darío Jaramillo Agudelo | Cortesía Festival de Poesia de Medellin

Darío Jaramillo Agudelo | Cortesía Festival de Poesia de Medellin

Dice que lo maravilloso del género es que configura nuevos lectores y convierte en arte la cotidianidad

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Juan Villoro la llama “el ornitorrinco de la prosa”. Gabriel García Márquez la interpreta como “un cuento que es verdad”. Y para Martín Caparrós es “un intento fracasado de atrapar el tiempo en el que uno vive”. Como quiera que se le asuma, la crónica se convierte en uno de los productos literarios centrales de América Latina, quizá tanto como lo fue la narrativa del boom literario que dio a conocer a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti, entre otros.

Por eso abundan las revistas dedicadas a esa forma de prosa periodística y también los libros que pretenden mostrar sus mejores ejemplos. La publicación más reciente de estas es Antología de la crónica latinoamericana actual (Alfaguara), compilada por Darío Jaramillo Agudelo. Allí no sólo se presentan 53 de los mejores trabajos escritos por periodistas de la región –como “Swingers, el detrás de escena” de Gabriela Wiener y “Un día en la vida de Pepita la Pistolera” de Cristian Alarcón– sino que se incluye una sección en la que Villoro y Caparrós, junto con Julio Villanueva Chang, Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos y Boris Muñoz, analizan el género.

Aunque en Venezuela es conocido por su obra poética, Jaramillo Agudelo es un antiguo fanático de la crónica, desde que en 1976 apareció Colombia amarga, la recopilación de textos del género escritos por Germán Castro Caycedo. “La poesía no se trata sólo de las palabras que un poeta pone como instrumentos de la alucinación; es también algo externo que se nos impone: es un cuadrangular en el noveno inning cuando vamos perdiendo a una carrera o la forma en que te suena Chopin cuando la luz está apagada. El arte del cronista es captar esas cosas maravillosas, milagrosas, únicas y nada comunes que le brinda la realidad. Eso es un talento poético, por eso es que hay tan poquitos buenos poetas y buenos cronistas”, explica el autor, quien acaba de publicar el libro para niños Historias de fantasmas (Editorial SM) y prepara otro con la obra del poeta Rómulo Bustos.

–Como ocurrió en la época del Nuevo Periodismo y de las luchas por las vindicaciones civiles en Estados Unidos, durante la década de los sesenta, ¿cree que el desarrollo de la crónica en América Latina tiene que ver con sus problemas actuales?

–Sí. Su aspecto social es interesante: nuestra crónica trata de sociedades que están escindidas y son excluyentes y de escritores que descubren que esa porción tiene cosas qué contar. Volvemos al descubrimiento que hizo san García Márquez: que contando hechos reales se puede hacer literatura.

–En el libro se compara el desarrollo de la crónica con el boom de la novela latinoamericana en el siglo pasado. ¿Cree que así como España fue entonces un mercado editorial para la ficción lo sea hoy para la no-ficción?

–Hablamos de la economía del trabajo literario: lo fundamental en el caso de la crónica son las revistas que entendieron que este es un oficio de larga duración.

–¿Qué le hace falta al desarrollo del género?

–Aquí no veo más que ganancias. La crónica circula entre un público que no es propiamente lector de libros. Eso significa que crea un nuevo tipo de lector. Esta nueva porción de lectores, por ejemplo, se da cuenta de que hay un libro que reúne crónicas de Salcedo Ramos y lo compra. Así, el número de lectores de libros se incrementa y llegan a las publicaciones sabiendo qué quieren, porque el cronista se los ha enseñado.