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Daniel Ojeda: Sentí en lo más profundo que había encontrado mi lugar

El bailarín Daniel Ojeda / Cortesía Daniel Ojeda

El bailarín Daniel Ojeda / Cortesía Daniel Ojeda

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De Guacara, estado Carabobo, proviene Daniel Ojeda. El bailarín, que el 20 de este mes cumplirá 23 años de edad, ha tomado clases de actuación, gimnasia -que, asegura, lo ha ayudado a aumentar su flexibilidad y potencia en el movimiento- y baile de jazz. Pero una visita al Teatro Municipal de Valencia, para una función de El Cascanueces, fue lo que le emocionó el corazón. "Sentí en lo más profundo de mí que había encontrado mi lugar. Así que esa noche le dije a mi mamá que quería estudiar ballet", relata en un correo electrónico que envió desde Alemania, país en el que vive desde 2007 gracias a una beca con la que estudió en la John Cranko Schule, en la ciudad de Stuttgart.

Comenzó en la escuela Nueva Era del Ballet, en Valencia; y luego se trasladó a Caracas para formar parte de la Academia de Ballet Clásico de Nina Novak. "Es una de las mujeres más extraordinarias que he tenido el placer de conocer. Desde el primer momento quedé impactado por su forma de enseñar y la pasión y amor que siente por la danza". Luego trabajó unos meses con la compañía del Teatro Teresa Carreño.

Cuando culminó sus estudios en el país europeo decidió quedarse, pues fue contratado por el Ballet Theater Magdeburg, con el que ha trabajado en las tres últimas temporadas, bajo la dirección de Gonzalo Galguera. Ha bailado, entre otros, en El Cascanueces, Carmina Burana y Romeo y Julieta. Gracias a los papeles que tuvo en las dos primeras piezas fue reconocido el 24 de febrero como Bailarín del Año, galardón que entrega un jurado integrado por la directiva del Theater Magdeburg y el Círculo de Amigos del Ballet y de la Ópera.

"El premio representa una motivación más. Es saber que vale la pena levantarse temprano todos los días. Y una emoción muy grande, porque yo llegué a la compañía como cuerpo de baile, con muchos chicos que eran mejores que yo. Y en tres años he logrado crecer. Que la dirección del teatro y el público lo hayan notado me llena de alegría y mucho entusiasmo. Es la primera vez que gano algo, y la verdad se siente muy bien".

Eligió ser bailarín a pesar de que algunos -aunque cada día menos, cree- aún piensan que la danza es sólo para las mujeres. "Yo afronté la situación como pude, con la suerte de tener una familia que me apoya. Algunos amigos se burlaban al comienzo, pero con el tiempo me dejaron en paz. Yo tomé esta mi decisión con la mente y el corazón en mi sueño".

Cuando llegó a Alemania sólo hablaba español. Aprender el idioma y desenvolverse solo en un país extraño, lejos de su familia, cuenta que fueron sus principales obstáculos, que logró superar en la que llama su escuela de vida: la John Cranko Schule. "Ahí me enseñaron el verdadero significado del ballet, a respirar, caminar y pensar como un bailarín".

Decidió dejar su tierra natal al constatar la diferencia en cuanto a exigencia y desarrollo del arte: "Me di cuenta de que el nivel del ballet en el exterior estaba muy por encima del venezolano. Así que cuando me ofrecieron una beca completa no me lo pensé dos veces. Tenía claro que si quería bailar para vivir tenía que hacerlo fuera del país, porque lo que gana un artista en Venezuela no es mucho y yo quería una mejor calidad de vida".