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De cómo el aroma del maquis se hermanó con el del cacao 

Malena Roncayolo cuenta en imágenes cómo los franceses insulares generaron riqueza antes del petróleo 

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Es la inmigración camuflada. Al escuchar apellidos como los de Simón Alberto Consalvi, Francisco Massiani, Pancho Quilici, Arturo Uslar Pietri, Rafael Arráiz Lucca, Raúl Leoni, Jaime Lusinchi o la familia Franceschi que produce el proverbial chocolate de la hacienda San José en el estado Sucre, la primera tentación es asociarlos con Italia. En realidad por sus arterias corre, o corrió, la herencia de Córcega, la isla mediterránea de soberanía francesa gobernada por genoveses durante casi cuatro siglos. Está en el ADN de la propia directora de De navíos, ron y chocolate, Malena Roncayolo, así como de otra cineasta venezolana, Fina Torres Benedetti.

Castañas, jabalíes, montañeses aguerridos y los matorrales aromáticos o maquis son las imágenes que evoca Roncayolo cuando se refiere a la isla de sus antepasados, involucrados en el desarrollo del transporte ferroviario y marítimo del occidente venezolano a finales del siglo XIX. Una de los chispazos que la decidió a convertir en película la saga de los franceses insulares en Venezuela se prendió cuando se enteró de que un nieto del corso mayor, Napoleón Bonaparte, el conde Carlos León II, yace en una tumba sin identificación en Carúpano. Murió en 1894, días después de desembarcar para emprender una red ferrocarrilera en Paria.

Más complejo que la ficción. La primera planta eléctrica en Venezuela, la primera fábrica de hielo, el primer cable telegráfico hasta Europa, las primeras destiladoras de ron, la mina de oro más grande de El Callao. "Detrás de cada una de esas iniciativas estuvo la mano corsa. Es una historia de familias unidas por el trabajo y de civiles que generaron riqueza antes del petróleo”, revela Roncayolo. Deformación del original genovés, Roncagliolo, que llevan dos parientes muy lejanos y célebres de Perú: el escritor Santiago y el diplomático Rafael.

De navíos, ron y chocolate, financiada en parte por la Asociación Cultural Corsos de Venezuela, es un documental, pero se enriquece con dramatizaciones y secuencias de animación de veleros azotados por tormentas atlánticas.

“Es la película más complicada que he hecho”, admite la esposa del cineasta Thaelman Urgelles, madre de un politólogo que escribe libros de fantasía histórica sobre los mayas, dueña de un jarrón francés del siglo XVII y también directora de Pacto de sangre (1987), basada en Casa tomada de Julio Cortázar, y Acosada en lunes de carnaval (2002). “Más compleja que las de ficción. Porque con la ficción hay un guión definido. En el documental, la información sigue apareciendo incluso después de que terminaste el filme”, profundiza Roncayolo, que quizás para relajarse luego de una producción de cuatro años planea una primera cinta de comedia, la primera además en la que no emprenderá una recreación de época.

La saga corsa en Venezuela propicia una pregunta inquietante: ¿volverá a recibir el país alguna oleada de emprendedores europeos? “Las que vinieron de Córcega y de otras partes fueron migraciones calificadas”, reflexiona Roncayolo y sugiere: “No quiere decir que las otras que han venido no sean valiosas, pero sin duda a unos nos toca educar a los otros. Por la riqueza petrolera, siempre atraeremos extranjeros. Pero sólo te quedas cuando hay provecho, paz y prosperidad para los tuyos”.

De navíos, ron y chocolate

Documental. Venezuela, 2013

Directora: Malena Roncayolo

Duración: 90 minutos

Estreno en cines: viernes 21 de junio









acorreia@el-nacional.com