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Colombia está más allá de la “sicaresca” y del realismo mágico

El uribismo, de la misma manera que lo fue el vicariato antes, se convierte en un tema de la literatura colombiana | Foto: Archivo

El uribismo, de la misma manera que lo fue el vicariato antes, se convierte en un tema de la literatura colombiana | Foto: Archivo

La guerra contra el narcotráfico, que cambió la vida de los colombianos, también atraviesa su ficción y periodismo, pero no los define

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Mientras la prensa internacional anunciaba que Héctor Abad Faciolince recibirá el mes próximo el Premio Literario de Derechos Humanos, que concede la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos y la Universidad de Duke, y Santiago Gamboa promociona en Europa su más reciente libro, Plegarias nocturnas –novela ambientada en los años del uribismo–, Óscar Collazos, Alberto Salcedo Ramos y Antonio García Ángel, tres generaciones de autores colombianos, hablaban en Venezuela de los temas que inquietan a sus compatriotas y de la tradición letrada que los une.
La idea de los organizadores de la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo de dedicarle el encuentro a Colombia permite mirar de cerca una literatura que dejó de contar la violencia del narcotráfico y cuyos hacedores parecen haberse independizado de la figura avasallante de Gabriel García Márquez.

Balas de tinta. A pesar de que Faciolince las descalificó en un artículo como “sicaresca”, Collazos reivindica las novelas sobre el narcotráfico: “Al referirse a la novela negra, Roland Barthes dijo que era posible sólo en aquellas sociedades criminalizadas, y en Colombia esa criminalización lleva cerca de 50 años del narco, que creó unos patrones de comportamiento y una actitud moral específica”.
Aclara el autor de La modelo asesinada (1999) –una novela policial sobre la muerte de una mujer cuya belleza la ayudaba a rodearse de capos– que la generación del Gabo no se ocupó del tema porque su bagaje vital la colocaba al margen, y cuando el premio Nobel escribió sobre ello lo hizo desde la crónica en Noticia de un secuestro. “Creo, sin embargo, que en Crónica de una muerte anunciada la historia del hombre rico que llega a un pueblo haciendo una exhibición desmedida de su poder prefiguró la imagen del mafioso”, agrega el escritor nacido en 1942, en Bahía Solano.
Salcedo Ramos y García Ángel advierten que hay muchas novelas malas sobre el narco. No todas tienen la calidad narrativa de Rosario Tijeras de Jorge Franco, La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo o Cartas cruzadas de Darío Jaramillo. “Tanto los escritores de ficción como los de no ficción en Colombia han ido a remolque de nuestra realidad de vértigo; la literatura se embobó con el narcotráfico, pero es un tema como cualquier otro. Hay que contarlo, pero necesitamos perspectiva histórica y ahora apenas la estamos adquiriendo”, dice uno de los cronistas centrales de la tradición colombiana y autor de La eterna parranda (Santillana, 2011).

Más que realismo mágico. A pesar de la importancia de la obra del Gabo en la literatura del país vecino, las generaciones de autores nacidos desde la década de los sesenta han podido trascender su influencia.
“Antes de García Márquez teníamos un eterno período de ‘patria boba’ en la literatura, me refiero a la época de la historia en la que luego de la Independencia se empezó a construir la República, lo que se caracterizó por un complejo ante lo nacional, así que nuestras novelas estaban ambientadas en Europa. El Gabo hizo lo que aconsejaba León Tolstói: pintó bien su aldea y se hizo universal”, explica el periodista nacido en 1963, en Barranquilla.
Con los años, el realismo mágico se convirtió en una marca de identidad latinoamericana y la poderosísima voz del premio Nobel lo convirtió en el dios tutelar de los escritores de la región. En su país, quienes intentaron imitarlo perecieron en el intento y sólo fue a partir de los años noventa que la narrativa colombiana recuperó la buena salud, gracias a temáticas más cosmopolitas –desde hace 30 años comenzaron a emigrar muchos autores– y urbanas –descritas por quienes se quedaron y hablaron del desarrollo de las ciudades–. “Mi generación no tiene conflictos con el Gabo. Antecesores nuestros como Héctor Abad Faciolince y Santiago Gamboa aprendieron a leerlo como un clásico y por eso nosotros podemos verlo como a un abuelo”, concluye García Ángel, nacido en Cali en 1972.