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Claudio Abbado (1933-2014)

Tras superar un cáncer estómago que lo tuvo contra las cuerdas y en una agobiante y vertiginosa cuenta regresiva a principios de la década pasada, el milanés cambió

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Fe en la juventud venezolana


No es necesario embriagarse con nacionalismos. No es el resultado de un impulso chauvinista afirmar que el último capítulo de la vida de Claudio Abbado está íntimamente ligado a Venezuela y a la filosofía que reposa sobre cada uno de los proyectos del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, del cual el italiano se convirtió en una suerte de predicador internacional.  

Tras superar un cáncer estómago que lo tuvo contra las cuerdas y en una agobiante y vertiginosa cuenta regresiva a principios de la década pasada, el milanés cambió. Siguió trabajando con la música con intensidad, pero girando el timón hacia otra dirección. Ya no tanto ejerciendo el liderazgo en los principales teatros y ante las grandes orquestas del planeta, sino impartiendo conocimientos a aprendices y artistas en formación. “Los músicos, sobre todo los jóvenes, deben aprender a escucharse entre sí”, decía.

A José Antonio Abreu lo conoció en Cuba, a donde había ido a dirigir a un grupo de estudiantes. Recordando aquella visita, le habló del maestro venezolano a El País de España: “Ese hombre es un santo. Lo que ha conseguido no es normal. Aquello es un oasis, un paraíso. Es único. Tenemos mucho que aprender de ellos, nos han dado una lección para la educación musical”.

A partir de 2005 comenzó una relación intensa y fraternal entre Abbado y el sistema de orquestas. Ese año visitó Caracas con motivo de la celebración de los conciertos de la Orquesta Juvenil Gustav Mahler y escuchó por primera vez a la Sinfónica Nacional Juvenil e Infantil de Venezuela que ya dirigía Gustavo Dudamel. “Quedé entusiasmado con la idea de esta organización, de esta maravillosa iniciativa para ayudar a los jóvenes y a los niños, y a aquellos pequeños que provienen de los barrios”, expresó Abbado y sus palabras fueron divulgadas a través del libro Venezuela en el cielo de los escenarios de Chefi Borzacchini.

En 2006 volvió y ofreció un par de conciertos en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela –el segundo a petición del público– acompañado por el pianista cubano Aldo López Gavilán y la Simón Bolívar. También dirigió el Triple concierto de Beethoven. En 2010 se pasó una larga temporada en Venezuela, trabajando con la misma orquesta, que dirigió en Lucerna en marzo de ese año. Y también compartió con la Juvenil Teresa Carreño y con solistas como la violinista Angélica Olivo.

En esta tierra también consiguió a un gran pupilo, el director Diego Matheuz, a quien le abrió las puertas de Italia y le enseñó cuanto pudo sobre el arte de dirigir. En definitiva, entendió que en la juventud está la fuerza que necesita la música académica y consiguió en Venezuela un lugar en el que otros habían comprendido lo mismo tres décadas antes. Abreu le agradecía hace unos tres años. “Abbado está consagrando, en la cumbre de su vida, todo su esfuerzo a favor de la niñez y de la juventud del mundo: ese gesto es lo más noble y significativo que puede hacer un artista por la humanidad”.

Batuta de gran escala


¿Qué director orquestal puede presumir de haber dispuesto de la Orquesta Filarmónica de Berlín en el momento en que cayó el muro que partió Alemania en dos durante más de 28 años? Justo un mes antes de ese histórico 9 de noviembre de 1989, Claudio Abbado había recibido la batuta de manos del gran Herbert von Karajan, batuta que luego, 13 años después, dejaría en el británico Simon Rattle.  

Abbado, quien nació en Milán el 26 de junio de 1933, creció en un hogar en el que se respiraba cultura las 24 horas del día y desde niño asistió a conciertos de Antonio Guarnieri. El hijo de un profesor de violín y de una pianista y escritora, se graduó en ejecución de piano y dirección orquestal en el Conservatorio de Milán a los 22 años de edad, tres antes de que se estrenara al frente de la Filarmónica de Nueva York en Estados Unidos. Pero pronto firmaría contrato con la institución que le daría apellido por muchos años: la Scala de Milán.

Del gran teatro de su ciudad natal, y uno de los mejores del mundo, fue director desde 1968 hasta 1986, etapa que representó una renovación. También estuvo al frente de la Staatsoper de Viena y de la Sinfónica de Londres. El 30 de agosto del año pasado fue nombrado, junto con el arquitecto Renzo Piano, senador vitalicio por el presidente de la de República de Italia Giorgio Napolitano. Mientras estuvo en Berlín, recibió la Bundesverdienstkreutz mit Stern, la mayor distinción que concede Alemania. Y en su último concierto al frente de la Filarmónica, en el Musikverein di Vienna, lo despidieron con 30 minutos de aplausos y 4.000 flores.  

Abbado dirigió en varias ocasiones a la Orquesta del Festival de Lucerna y se convirtió en una suerte de embajador voluntario del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela. En 2009 se mudó a Bolonia, donde había fundado la Orquesta Mozart, de la que era director musical y artístico y con la que iba a actuar el 5 de diciembre. Pero la enfermedad lo obligó a suspenderlo y en esa misma ciudad murió esta mañana a sus 80 años de edad.  

Un ave fénix italiano


No le gustaba que lo llamaran maestro ni tampoco Abbado. Mejor Claudio, decía. Ese dato, que destacan las biografías que publican varios medios europeos sobre el extraordinario músico que falleció esta mañana, es precisamente lo que apuntaba su pupilo Diego Matheuz en enero de 2007, cuando ya había comenzado a aprender del sabio italiano.

Dicen que era tímido y que era dado a encuentros con periodistas, aunque no en exceso. No era amigo de las grandilocuencias ni los elogios. Cuando lo nombraron senador vitalicio de Italia el año pasado, decidió renunciar al sueldo que venía con el título para donarlo a la Escuela de Música de Fiesole, en La Toscana, y financiar becas estudiantiles. También cuentan que atendía a un ejecutante experimentado y a un tierno aprendiz con la misma dedicación.

Fue un crítico constante de las reducciones de presupuesto para proyectos de cultura en su país. Tanto así que, con cierta elegancia, llamó ‘ignorante’ al entonces ministro de Bienes Culturales Sandro Bondi.  

En 2000 le fue diagnosticado un cáncer de estómago que hizo que le retiraran su aparato digestivo casi en su totalidad. La enfermedad lo había atacado con tal voracidad que el Requiem de Verdi que dirigió en la Pascua de Salzburgo en 2002 sonó a despedida. Pero el ave fénix milanés resurgió y levantó vuelo por una década y un poco más. El regreso sonó a la Sinfónica N° 2 de Mahler, mejor conocida como La resurrección. Quienes lo rodearon, vivieron momentos de incertidumbre y resignación, porque no contaban que Abbado seguiría esparciendo sabiduría por otros 13 años.