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Claudio Abbado creyó en la juventud

Cuando lo nombraron senador vitalicio de Italia, Abbado decidió donar su sueldo a la Escuela de Música de Fiesole, en La Toscana | Crédito: EFE

Cuando lo nombraron senador vitalicio de Italia, Abbado decidió donar su sueldo a la Escuela de Música de Fiesole, en La Toscana | Crédito: EFE

El exdirector de la Filarmónica de Berlín fue un gran colaborador del Sistema de Orquestas

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No es el resultado de un impulso chauvinista afirmar que el último capítulo de la vida de Claudio Abbado, extraordinario director italiano que murió ayer en Bolonia a los 80 años de edad, estuvo íntimamente ligado a Venezuela y a la filosofía que reposa sobre cada uno de los proyectos del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela.

Tras superar un cáncer de estómago que lo tuvo en una agobiante y vertiginosa cuenta regresiva a principios de la década pasada, el milanés resurgió como un ave fénix. Siguió trabajando con energía, pero girando el timón hacia otra dirección; ya no tanto ejerciendo el liderazgo en los principales teatros, sino impartiendo conocimientos en academias.

A José Antonio Abreu lo conoció en Cuba, adonde había ido a dirigir a unos músicos en formación. Recordando aquella visita, le habló del maestro venezolano a El País de España: “Ese hombre es un santo (...) Aquello es un oasis, un paraíso. Es único. Tenemos mucho que aprender de ellos”.

En 2005, el artista, que estuvo al frente del Teatro de La Scala (1968-1986) y de la Filarmónica de Berlín –cuya batuta asumió a un mes de la caída del muro–, inició una relación intensa y fraternal con la institución. Ese año visitó Caracas y escuchó por primera vez a la Sinfónica Nacional Juvenil e Infantil de Venezuela, que dirigía Gustavo Dudamel. “Quedé entusiasmado con la idea de esta organización, de esta maravillosa iniciativa para ayudar a los jóvenes y a los niños”, expresó Abbado tiempo después.

En 2006 ofreció un par de conciertos en el Aula Magna de la UCV –el segundo a petición del público– acompañado por el pianista cubano Aldo López Gavilán y la Sinfónica Simón Bolívar. También dirigió el Triple concierto de Beethoven. En 2010 pasó una temporada larga en Venezuela, trabajando con la misma orquesta, que condujo en Lucerna en marzo de ese año, y compartió con la Juvenil Teresa Carreño y solistas como la violinista Angélica Olivo.

En esta tierra el galardonado personaje, que también estuvo al frente de la Sinfónica de Londres, consiguió a un pupilo, Diego Matheuz, a quien le abrió las puertas de Italia y le enseñó cuanto pudo sobre el arte de dirigir. Ayer el actual director del Teatro La Fenice atendió su teléfono celular una vez que se trasladó de París a Bolonia, ciudad en la que el maestro fallecido vivió a partir de 2009 y donde se celebrará el sepelio.  

“Su máxima virtud fue la humildad –expresó Matheuz–. A pesar de ser el más grande director del mundo, era un hombre con una generosidad sin límites. Creo que esa es la verdadera misión de un músico: conjugar las dos cosas”.

Dudamel envió un comunicado. “Su infinita generosidad y amor, que tocaron mi vida desde mi plena juventud, serán siempre uno de los más valiosos tesoros que guardaré en esta vida”, expresó el barquisimetano. Y Abreu hizo lo propio: “Él hizo de nuestro proyecto un programa de acción infinito, sin precedentes y hambriento de grandezas. Él proclamó su confianza en el talento y la voluntad de la juventud musical de Venezuela”.

Ayer durante el ensayo de la Bolívar en la catedral de Notre Dame se cumplió un minuto de silencio en su memoria. Pero un músico no se despide con silencios. Mañana le dedicarán, en ese mismo escenario y con la Filarmónica de Radio France, el Réquiem de Berlioz.