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Cinemateca Nacional: la memoria desaparece silenciosa

Exposición de la Cinemateca Naciona | Foto: Manuel Sarda

Exposición de la Cinemateca Naciona | Foto: Manuel Sarda

La exhibición forma parte de la celebración por los 50 años de la institución. A pesar de que tiene piezas de calidad, le faltan elementos y una buena iluminación

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Rodolfo Izaguirre se sienta de copiloto en el carro y no espera la primera pregunta: comienza enseguida la narración. Como si escribiera, usa pausas y exclamaciones; como en una película, se vale de la elipsis para relatar la vida de una institución fundamental, pero abandonada –como tantas otras en esta cultura–: la Cinemateca Nacional de Venezuela.

Ya en el Museo de Bellas Artes, recorre la muestra que fue inaugurada para celebrar las cinco décadas de un espacio cuyo deber es custodiar y conservar el archivo fílmico del país. Algo que está lejos de la realidad.

Cinemateca Nacional: memoria viva está conformada por una colección de carteles, películas, revistas, moviolas y proyectores. En sus paredes exhibe afiches diseñados por Alirio Palacios y Santiago Pol, proyecta el filme Araya, una poesía visual sobre la sal. Se trata de una exhibición bonita, pero precaria: escasa información entre tanta historia. Está mal iluminada y tiene una guía de sala que no sabe cuándo clausurará, porque no asistió a la inauguración.

Para Izaguirre, que a sus 85 años de edad piensa volver a escribir, la Cinemateca es mucho más. Su relación con el séptimo arte comenzó en París, cuando estudiaba Derecho en La Sorbona. Ahora, jubilado, no ha vuelto: “Quedó en manos del gobierno y yo no soy su amigo. Me dicen que ahora de lo que menos se habla es de cine. Se ha fortalecido por la fundación, pero sesgada por la ideología”.

A pesar de las épocas de bonanza, la Cinemateca nunca ha recibido los aportes suficientes. “Existió la idea de que el cine no forma parte de las bellas artes, como sí la música, la pintura y la literatura; por eso se construyeron conservatorios, museos y bibliotecas. Fue difícil convencer al Estado de que era importante guardar las películas. Ahí nació todo esto”.

Izaguirre tomó la dirección de la Cinemateca a finales de los años sesenta, entre revueltas políticas y guerrilla. Ya se había constituido El Techo de la Ballena y Carlos Contramaestre había hecho su Homenaje a la necrofilia. “Existía un mundo cultural importante, funcionaban las instituciones. Ahora no. Yo proyectaba documentales contestatarios, que no se podían pasar en los cines. Perán Erminy daba charlas hasta la 1:00 am. Cuando dijeron que la Cinemateca era elitesca saqué un programa de TV, Cinemateca del aire, y uno de radio El cine, mitología de lo cotidiano”.

Recuerda que en aquellos años, cuando no había escuelas de cine y los realizadores se formaban viendo películas, era importante hacer un público. Y lo logró. “Pasaba una película de Tarzán, para que vieran que no era un fastidio, y luego metía una de Ingmar Bergman”.

El crítico recuerda que en aquello había algo de libertad: ciclos con temas álgidos, diversidad. Cuenta que aunque no hubiera aire acondicionado, el lugar se llenaba hasta los pasillos. “Y cuando bajaban las visitas, teníamos dos caballos de guerra: La naranja mecánica y Los Beatles. Yo les decía a los jefes de sala que no regañaran a los jóvenes si los veían fumando, porque eran filmes ceremoniales”.

Sobre el drama del cine nacional, remata: “Siempre ha sido como epiléptico: tiene un auge y luego cae, los espectadores tienen una relación cercana y luego no”.

FICHA:

Cinemateca: memoria viva

Museo de Bellas Artes, Plaza de los Museos

Horario: de martes a viernes, de 9:00 am a 5:00 pm; domingo, de 10:00 am a 5:00 pm

Entrada libre