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César Miguel Rondón: “Como ciudadanos, cada día tenemos más sospechas y menos certezas”

César Miguel Rondón y su equipo de producción: María Bárbara Rondón, María Alesia Sosa, Lila Vanorio y María Gabriela Díaz. El operador Franklin Maldonado completa el grupo | Foto Omar Véliz

César Miguel Rondón y su equipo de producción: María Bárbara Rondón, María Alesia Sosa, Lila Vanorio y María Gabriela Díaz. El operador Franklin Maldonado completa el grupo | Foto Omar Véliz

El locutor celebra 25 años amaneciendo con sus oyentes. Desde la señal de Éxitos 99.9, el también hombre de televisión comparte con su audiencia el devenir del país

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Solo en dos ocasiones, desde el 31 de julio de 1989, no ha llegado al programa que desde hace 25 años conduce en la radio. La primera, porque la celebración de su cumpleaños se extendió más de la cuenta. La segunda, por razones de salud. “Todas mis otras ausencias han sido de común acuerdo con mis jefes”, reconoce César Miguel Rondón, hoy un hombre de 60 años de edad, que desde hace 40 hace radio y que desde los 35 amanece con una audiencia que de la ciudad de Santiago de León de Caracas se ha ido extendiendo a otras urbes del país.

Aquel 31 de julio, Día de San Ignacio de Loyola, Rondón inició las transmisiones en frecuencia modulada de Capital 104.5. A partir de entonces, entre las 6:00 am y las 9:00 am, el también escritor de telenovelas memorables de la televisión venezolana ha construido una suerte de familia comunicacional con una audiencia que lo ha hecho parte de su rutina al despuntar el día.

“Cuando comencé a hacer este programa fue un momento interesante. Estaba ocurriendo de todo en Venezuela. Se estrenaba Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato, veníamos del Caracazo y el país intentaba encontrar su rumbo”, recuerda Rondón en una pequeña oficina del Circuito Unión Radio, al que pertenece la señal Éxitos 99.9, emisora a la que se mudó con su programa en noviembre de 1991. Con él están María Alesia Sosa, Lila Vanorio y María Gabriela Díaz, su joven y actual equipo de producción, con el que también colabora María Bárbara, su hija de 29 años de edad, una joven con síndrome de Down que ha hecho de su condición una manera de encarar la vida.

—¿Cómo era el César Miguel que madrugaba hace 25 años y cómo es el de ahora?
—Era más joven, más optimista. Era un César cargado de vitalidad. Más risueño. Hacía muchas cosas en paralelo, escribía en televisión, tenía responsabilidades gerenciales, producía muchas cosas. Era un hombre mucho más cargado de energía; el hombre que te habla 25 años después tiene 60. Claro, trato de ser un tipo muy vital.

—¿Y optimista?

“Era hasta hace poco”, se adelanta en responder María Alesia Sosa, una de sus productoras.
—A ver –retoma la palabra César Miguel Rondón– yo soy un optimista crónico. Así me he definido, aunque últimamente lo crónico me está costando más. El país se ha vuelto un poco inclemente. A nosotros nos toca despertarlo, amanecer con él y entonces va costando, cada vez más, halarlo. Esta mañana (la del miércoles 16 de julio) teníamos preparado un programa para  hablar del “sacudón” de Maduro. Y entonces no lo anuncia. Y muestra un videoclip para celebrar su primer año de casado. Dice que en la intimidad de la casa a él lo llaman “Nikito” y él llama “Cilita” a la esposa. Veo eso y me siento un ciudadano burlado. A mí me da mucha vergüenza formar parte de un país que se maneja en esos códigos.

—¿Siente, como muchos otros, que el país lo va expulsando? 
—No, a mí el país no me puede expulsar. Uno tiene relaciones de pertenencia con el país. Yo no soy caraqueño porque Caracas me pertenezca, soy yo quien le pertenezco a Caracas. Solo soy quien soy en mi ciudad. Y hablo de Caracas porque soy más caraqueño que venezolano. Entonces tú no me puedes expulsar. Si no estoy, adonde sea que vaya me voy con mi carga de vivencias, de hechos, de experiencias, de tristezas y alegrías. Entonces no me la calo; mi país no me puede expulsar. Esa es una forma de morir.

Lila Vanorio vuelve sobre el tema del optimismo. “Hay días en los que esto se nos hace muy pesado. Llegamos con una sensación de que aquí no hay futuro, el país nos pesa. Y entonces es César el que nos levanta el ánimo”.

Cuenta Sosa, que hay una frase que siempre les repite: “Esto no es el fin del mundo, hijitas”, como las llama. “Aunque de enero para acá nos acompaña más en la desesperanza”, acota Sosa. 

—¿Y en medio de esa desesperanza, cómo se hace el programa?
—A lo largo de los años la pregunta que más me hacen es a qué hora me levanto. Pero en tiempos recientes también quieren saber cómo hago para hacer el programa, cómo soporto esas noticias tan malas y deprimentes, con lo cual te das cuenta de que la cosa es compartida con la audiencia. Pasa algo curioso con el programa: todos los cambios que hemos hecho han sido muy sutiles, porque en la medida en que nos hemos vuelto rutina del oyente no se la podemos perturbar. Y la gente en las mañanas es muy de hacer lo mismo siempre y el privilegio es que la acompañamos. Uno va formando parte del día a día de la gente y es cuando te reciben con ese afecto que sientes cuando sales a la calle. Hay oyentes que distinguen cuando uno está desanimado, alterado, aunque yo trate de ser ecuánime. El detalle es que se forma una gran familia comunicacional y en tiempos de angustia es con la familia con quien uno comparte, así como las alegrías, las tristezas, la desesperanza.

—¿Cómo ha hecho para que el programa que acompaña al oyente en su rutina no se le convierta a usted en rutina?
—Gracias a maravillosos equipos de producción y a los talentosos periodistas que me han acompañado durante todo este tiempo. Y he aquí este equipo que me acompaña hoy. Tenemos casi tres años juntos.

—¿Siempre le ha gustado trabajar con equipos jóvenes?
—Siempre han sido menores que yo, pero cada vez son mucho menores. Las periodistas que me acompañan hoy tienen edad para ser mis hijas y se crea una relación distinta. Hubo un momento en el que no había tanta brecha. Pero para mí esto es muy sabroso porque me permite tener una suerte de insumo cultural y espiritual que me mantiene sobre la marcha; producir un programa como este es una convivencia. Nosotros convivimos mucho aunque nos veamos unas pocas horas al día.

—Su programa es muy estructurado. ¿Es usted así?
—Sí, lo soy. Y me preocupa cuando algo no está donde tiene que estar.

Y entonces hablan las productoras. Señala María Gabriela Díaz que comparten un chat común en el que comentan y van dándole forma a los 180 minutos del programa que viene. Lo vital, dice Sosa, es que César Miguel Rondón esté informado de todo lo que va a suceder y cómo. “Y en ese chat también hablamos de frustraciones, disgustos; las cuitas del amor se discuten en medio de cuitas políticas”, agrega Rondón.

—Fíjate tú lo siguiente –dice Rondón para retomar el tema del orden, de la metodología, de la estructura–. Todas las mañanas las productoras me dan la pauta, una hojita que voy rayando durante el programa. Y cuando me voy siempre se las pido.

Y Vanorio menciona que hace apenas una semana se enteró de qué hacía su jefe con la pauta. Desde hace 25 años Rondón transcribe en un cuaderno todo lo que sucedió ese día, entrevistados, temas, invitados. Incluso, con cuál canción de The Beatles terminó el espacio. Método en estado puro. “Es mi diario, mi bitácora”, afirma ante la mirada de su equipo, ese que cuida cada detalle de la realización del programa porque saben que es muy complicado lidiar con el malestar de Rondón en el gélido estudio en el que conviven durante tres horas cinco días a la semana. “Confía mucho en nosotras. Hemos aprendido a entendernos a través de gestos, miradas”, dice Sosa. Y Vanorio remata: “Por señas de pelotero”. 

—¿Hay un día en el que hayan dejado de sonar The Beatles?—Nunca. Cuando llegué a la emisora, el eslogan de Éxitos era “Lo mejor de los 60, 70
y 80”. En el programa se ponía mucha música beatle porque antes era más musical que hoy, cuando apenas suenan dos o tres canciones. En aquel entonces le pedí a Sergio Gómez, gerente del circuito, que me dejara poner una canción del grupo porque siempre sonaban las mismas, las que estaban en la pauta. Le dije que The Beatles tenían más y mejores temas. Entonces me dejó colocar una. Y decidí terminar con mi tema el programa. Y por eso es el “para variar… Beatles”, porque después de cuatro o cinco canciones venía yo con la mía. Y eso ha quedado como una marca. Va funcionando según una fórmula. Aunque cualquier fanático de The Beatles puede descubrir esa fórmula. El único día que varía es el 11 de julio. El día del cumple de María Bárbara suena siempre “Birthday”.

Tanto para el equipo de producción como para Rondón, los especiales de los viernes –“El soundtrack”, “Mucho gusto” y “Ellos que se conocen tanto”– se han convertido en un alivio, una suerte de oasis que se graba en la tarde, en medio de tragos y en un ambiente relajado.

—¿Con quién le gustaría protagonizar un “Mucho gusto”?
—Eso se lo dejo al equipo de producción. Confiaría mucho en unos buenos productores.

Para el Día del Padre a Rondón esos buenos productores lo sorprendieron con un especial en el que participaron todos sus hijos, idea de la gerente de producción de la radio, Valentina Maninat. “Me dijeron que iba a grabar un programa con Winston Vallenilla padre e hijo. Cuando eso, Winston hijo no era dirigente ni víctima política”. Y el otro especial que recuerda es “El soundtrack” que hizo con su madre, que terminó con el audio del himno de Acción Democrática y la sonora frase de la señora Rondón: “Volveremos”. “Ese programa me piden que lo repita mucho”, afirma.

—¿Cuáles han sido los momentos más significativos al aire?
—Esos han sido muchos, pero recuerdo los particulares, como la primera entrevista que le hice al entonces candidato presidencial Hugo Chávez. Chávez estaba en campaña y se vendía como el simpático. Yo le hice las preguntas que se le deben hacer a un candidato que no conocía, que era un militar golpista. Él se molestó mucho, perdió los estribos. Por aquellos días se hablaba de que él estaba armando un contingente, el MBR 200. Y le pregunté sobre eso. Muy retador, se levantó de la silla, se abrió el paltó y me dijo: “¿Usted me ve armado?”. Y le respondí: “Usted no, candidato, pero su guardaespaldas sí”. Era Pedro Carreño. Fue muy desagradable. Luego lo entrevisté dos veces más.

—En tiempos de hegemonía comunicacional, de compra de medios, de censura y autocensura, ¿cómo se siente?
—En un reciente editorial del programa me vino a la memoria el cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar. Dos hermanos que viven en una casa sienten que van perdiendo espacios; le cierran los cuartos, luego la cocina y así hasta que se dan cuenta de que ya están fuera. Siento que en estos momentos vivimos así. Es un proceso en el que cada vez nos quitan más espacios, pero el deber de uno es permanecer en la casa, es decir, seguir al aire. Hace poco tuvimos a la periodista Gloria Bastidas en el programa. Hizo una observación sobre la maravillosa entrevista que mi compadre Roberto Giusti le hizo al presidente de El Universal, Jesús Abreu Anselmi. Yo ese domingo coloqué un tweet en el que decía que había que leerla entre líneas. Pero ella fue más contundente: “Lo que queda claro es que el presidente no sabe quién compró el periódico”. Y eso es muy feo. Porque basta que tengas un solo motivo para la sospecha y ya ves las cosas mal. Como ciudadanos, cada día vamos teniendo más sospechas y menos certezas. Caminamos inseguros porque no sabemos adónde estamos entrando.

—El suyo es uno de los pocos espacios que van quedando.
—Antes me lo decían como un elogio, ahora es una advertencia.

—¿Cómo convive con eso?
—He tratado de cuidar ciertas cosas. Pero cuando uno arranca el programa, es como cuando te montas en un avión, la aeromoza manda a apagar los celulares y cierra la puerta. Allí no hay más nada que hacer. Y entonces el programa despega y va cobrando vida propia. Hay cosas que no puedes evitar. Aunque sí debo confesar algo, cuando termina cada programa digo: “Bueno, terminamos hoy, vamos a ver si lo hacemos mañana”.

—¿Y se va con esa sensación todos los días?
—No, porque creo mucho en el equipo de producción y en la radio, que nos ha permitido hacer todo esto. Solo porque existe Unión Radio, con una estructura corporativa como esta, es que uno puede andar con pies firmes. Pero no olvidemos que estamos en el país de la incertidumbre. El programa de hoy no fue sobre el sacudón porque el presidente puso un video de su vida conyugal. Lo llame la ¡Hola! socialista. Entonces, la próxima noticia que comento tiene que ver con una vaca que hacen unos deudos de un difunto en el Táchira con el fin de comprar una segueta para practicarle la autopsia. La denuncia la hace un diputado. Y la vaca es por 650 bolívares. Qué duro. Y me vino a la mente una biografía sobre María Antonieta que escribió Stefan Zweig y que estoy leyendo ahora. Y es la misma vaina. Ella allá, aislada en Versalles y un pueblo en la miseria total en las cloacas de París. La ¡Hola! socialista y la vaca para la segueta…

—¿Entonces cómo se sobrevive a eso?
—Hay que armarse de paciencia. Esto tiene un desenlace para bien. Y a mis años, mi deber como ciudadano, ya no solo como comunicador sino como venezolano de mi tiempo, es poderle demostrar a todos los que conviven conmigo diariamente que vamos a tener un país mejor, un mañana mejor. A juro lo tendremos. Yo no creo en maldiciones, en pavas. Lo tendremos. Y es la conversación diaria que tengo con mis productoras, con mis amigos, con los oyentes.

—¿Y a quienes no creen en ese desenlace para bien, a los que se van, qué les dice?
—Que les vaya bonito. Porque el que se está yendo está tomando una decisión muy fuerte, muy grave. Me parece terrible aquellos que juzgan a los que se van porque esa decisión supone mucha osadía, mucho arrojo, mucho coraje. Llegarán a un destino desconocido a inventarse un nuevo mundo con el agravante de que tu viejo mundo, tu país, también te lo llevas contigo. Eso de que llegas a Sidney y te olvidas de Venezuela es mentira. Uno no es venezolano porque tiene una cédula que lo identifica como tal; es porque este es tu sitio. No otro. La vida es un procurar siempre. Uno tiene su ciudad, su país. Es muy complicado este trance que nos han puesto a vivir los socialistas.

—¿Una canción para el futuro?
—“El Nazareno”, de Ismael Rivera. Fue la primera canción que sonó hace 25 años aquel 31 de julio de 1989. Es una canción de amistad, pero allí está también el himno de guerra real cuando Maelo dice: “¡Pa’lante, pa’lante como un elefante y no dejes, Maelo, que te tumben tu plante”.


Perfeccionista y autocrítico


Hoy, a las 7:00 pm, en la sede de El Nacional se celebrará el bautizo de Despierta Venezuela. Conversaciones con César Miguel Rondón, escrito por la periodista Tal Levy y perteneciente a la colección Conversaciones de Libros El Nacional.

¿Cómo fue el proceso de hacer el libro? ¿Cuántas veces entrevistó a Rondón?
—Como en todo quehacer periodístico, debí documentarme previamente, más aún tomando en cuenta que solo le conocía por intermedio del micrófono y la pantalla, como buena parte de los venezolanos. El libro recoge siete conversaciones en las que se entrelaza la vida y trayectoria de César Miguel con su lectura personal del país.

¿Qué fue lo que más le sorprendió de Rondón como entrevistado, siendo él un gran entrevistador?
 —Siempre impone el hecho de entrevistar a un entrevistador profesional. A esto agregaría también el temor de que al ser una figura pública con una imagen que cuidar y reservado en lo personal, esto le impidiera abrirse y hablar desde la sinceridad, desde la franqueza. Por suerte para mí y para el libro ese temor se disipó rápidamente con el inicio de las entrevistas.

¿Le sorprendió como personaje?
—Me sorprendió ese peculiar modo que tiene de recrear las anécdotas como si las viviera de nuevo. Siento que un acierto del libro es que devela a la persona que es César Miguel más allá del personaje mediático. En las conversaciones se asoma un hombre de familia, sentimental, con un fino sentido del humor y devoto de la música; un ciudadano preocupado por su país; un polifacético profesional, perfeccionista y autocrítico, que día a día busca superarse a sí mismo.

¿Con cuál momento de la conversación se queda?
—Son muchos, pero quizá con su compromiso con el país expresado un sinfín de veces, pero recogido en una hermosa imagen, la de un niño de unos cinco años, él, viendo atónito a sus padres saltar en la cama cual chiquillos, junto a un compañero de exilio, gritando: ¡Cayó Pérez Jiménez! En ese momento, revela, descubrió la democracia como felicidad, como fiesta.