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Rafael Nieves: “Todas las agrupaciones de danza del país son sobrevivientes”

Rafael Nieves | MANUEL SARDA

Rafael Nieves | MANUEL SARDA

El coreógrafo considera que los colectivos independientes se han adaptado a las condiciones de Venezuela para seguir de pie. “Han logrado mantener su afinidad natural con una actividad que no tiene lucro”, dice

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Rafael Nieves evade el conflicto. En vez de meterse en terrenos áridos sobre el panorama de la danza en el país, como la falta de políticas culturales o de espacios acondicionados para la práctica de esa expresión artística, prefiere conversar sobre otros asuntos como el acto de creación o el bienestar necesario para los intérpretes. Aunque no le tiembla el pulso al criticar la falta de unión que existe entre los exponentes del sector.

Revela que muchos compañeros lo han tildado de “guabinoso” por no expresar opiniones políticas, pero asegura que como coreógrafo, intérprete y fundador de la agrupación Caracas Roja Laboratorio su trabajo es dedicarse a cultivar su cuerpo y crear obras. Adicionalmente, imparte clases de danza contemporánea (técnicas, montaje e improvisación) en Unearte, desde donde —dice— puede incentivar a los alumnos a desarrollar los proyectos y las líneas de investigación necesarias para que en el futuro no dependan de las instituciones.

—El lunes pasado se celebró el Día Internacional de la Danza, ¿considera que en el país hay motivos para conmemorar esa fecha?

—Sí, claro. Nosotros somos un sector muy pequeño, pero diverso. Me declaro neófito en el amplio sentido de la danza porque no conozco con propiedad todas las vertientes. Yo estoy especializado en danza contemporánea. Pero parte de reconocernos como sector, como una expresión artística, es conmemorar este día. Es el punto de partida para sentir que formamos parte de la sociedad.

—¿Cree que la danza contemporánea está viviendo un buen momento?

—Creo que como sector todavía estamos redefiniéndonos, hemos ganado en combatividad. Por ejemplo, el modelo en el que se sustentaban nuestras formas de asociación básica, que son las de colectivos, se ha modificado porque los patrones de relación con el Estado han cambiado.

—¿A qué se refiere?

—Como colectivos nos hemos reorganizado y adaptado. Eso nos ha permitido avances, pero estamos como todo el país: tratando de encontrar la manera de relacionarnos con otra nueva forma de pensar. Se han ensayado muchas fórmulas, algunas fracasan, otras son positivas. Todas las agrupaciones de danza del país son sobrevivientes, en el sentido de que han logrado mantener su afinidad natural con una actividad que no tiene lucro.

—¿Cómo ha sido el caso de Caracas Roja Laboratorio?

—Ya tenemos 13 años y nuestra experiencia ha sido desde la conciliación. Nos hemos encontrado muchas veces en el centro de diferencias generacionales y de conceptos artísticos. Pero siempre hemos tendido puentes, no sólo con las instituciones del Estado, sino con otras agrupaciones, individualidades y con otras expresiones artísticas. Hay gente en la danza que es muy rígida, que se expresa con desdén de otras tendencias y eso es un reflejo de lo que somos como país. Lo triste es que tenemos tantos puntos de coincidencia, pero pareciera que la gente sólo se enfoca en las distancias.

—¿Cuáles son los principales ingresos del grupo?

—Por funciones vendidas. También tenemos un pequeño subsidio público y por las relaciones que podemos establecer con instituciones. A lo mejor pagamos poco a nuestros integrantes, pero cada vez que hay una entrada de dinero, ellos cobran.

—Dijo que las agrupaciones han tenido que readaptarse a la realidad del país, ¿cómo lo ha hecho Caracas Roja Laboratorio?

—Hemos reconocido cuáles son las infraestructuras a las que se puede pedir apoyo, así como los discursos que se pueden mantener en los lugares públicos y en los privados. Y también vamos a los pequeños detalles, desde crear una obra tomando en cuenta la relación público-espectador. En nuestro caso, no nos interesa la espectacularidad de nuestras piezas, sino el fondo, el contenido.

—¿Un bailarín puede vivir de la danza en Venezuela?

—He tenido la suerte de vivir modestamente a partir de mi trabajo, pero están los bailarines que han tenido que buscar otros empleos, que se han convertido en instructores de pilate, de yoga o coreógrafos de eventos. Hay todo un universo que no podemos negar.

—¿Cómo ha sido su caso?

—Soy egresado del Instituto Universitario de Teatro. Allí, debido a mi formación en escuelas de danza, trabajé desde el principio como preparador corporal. Desde entonces doy clases. Cuando la institución pasó a ser Unearte, yo ya estaba contratado.

—¿Qué tipo de bailarín se forma en Unearte?

—La línea de la universidad es heredera directa del legado de los institutos universitarios de arte. Claro, hay una forma de organización diferente del conocimiento. Hay una apertura que le ha dado un espacio plural y multiplicador. Es un tipo de formación ecléctica por la planta de profesores que hay. Todos los que damos clases estamos tratando de pactar para que la formación del estudiante sea apta, para que salga preparado para esta realidad.

–—¿A qué realidad se refiere?

—Me refiero a que cuando egresen sean competentes para lograr los accesos a las compañías que hay, que entiendan que en el país actualmente hay agrupaciones que dependen del Estado y otras independientes. Nuestra lucha más fuerte es cómo hacemos para que salga preparado con un proyecto, que no se sienta minimizado porque no tiene una persona que le diga cómo moverse o cómo lograr el subsidio. Por ejemplo, yo emprendí mi propuesta y he logrado que Caracas Roja Laboratorio se presente con la misma obra tanto en la plaza Francia de Altamira como en la Diego Ibarra.

—¿Cuál debería ser el papel de los sectores público y privado?

—Facilitar espacios. Hasta ahora han sido muy cambiantes. Lo que ha privado es la capacidad de adaptación. Por eso, como intérpretes, tenemos que estar pendientes cuando surge una política, ver cuáles son las planillas que hay que llenar y solicitarlas. Los chicos que logran bailar no solamente son los que son más aptos, sino los que se mantienen concentrados, que no viven de la fantasía.

—Empieza una nueva gestión con Fidel Barbarito como ministro de Cultura, ¿pediría algo especial para el sector?

—Estoy a la expectativa. Pienso que como sector nosotros deberíamos empezar por la tarea más vieja: aceptar nuestras diferencias estéticas. Lo importante de este momento es reconocernos. No estoy hablando de uniformar criterios, sino del respeto. Cuando empecemos a hacer eso, por ejemplo con un congreso serio de danza, crítico, sin exclusiones, podremos hacer que se modifiquen cosas que están afectándonos desde afuera. Pero mientras sigamos siendo parcelas que se burlan de lo que hacen los otros, no podremos modificar los factores adversos.

—¿Y desde las políticas culturales?

—Este momento es muy confuso. Se están reestructurando las instituciones, hay personas con muy buena voluntad, pero hay otras que han estado durante muchos años en el ejercicio del cargo. Y el problema es que como sector nos falta calidad humana. En vez de buscarla insisten en pedir una sede, que le suban el subsidio, pero uno sabe que eso no se va a cumplir a corto o mediano plazo. La realidad cambió. El país tiene otras prioridades: hay gente que todavía está viviendo en un ministerio, no todo el mundo tiene luz, hay que pelear porque no se consigue carne... Si nosotros logramos constituirnos desde el reconocimiento del otro, vamos a poder lograr cambios en el sector, hacer que se dignifique. Mientras tanto va a seguir una política de supervivencia.