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Caos y convicción

The Master | Foto: AP

The Master | Foto: AP

En The Master, Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman son dos opuestos que se atraen: una fuerza sin orientación y una certeza peligrosa

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The Master está contada de una manera en la que prácticamente no importan los nombres o los apellidos. Una cátedra de introducción cinematográfica poco convencional muestra, más a través de impresiones y atmósferas que de una narración hilada, a un hombre (ex tuerca insignificante en el engranaje bélico de la Segunda Guerra Mundial) en cuya vida hay episodios de sexo y emborrachamiento compulsivo, pereza, violencia, abandono, desempleo, inestabilidad y, en resumen, una gran vaciedad. Se encuentra a otro que parece sabérselas todas, aunque quizás en el fondo no es mucho menos inseguro y vacío que él: un tercio de pastor religioso, un tercio de humanista y un tercio de “científico”, que le habla de fuerzas extraterrestres invasoras, magnitudes medidas en trillones de años y regresiones a vidas anteriores.

En The Master, diciendo poco, se dice mucho. Es una película que pudiera resumirse en la noción de que una persona sin rumbo y en el margen de lo socialmente tolerado pudiera ser, en el fondo, más humana y menos dañina que un loco con una convicción.

Una de las características de la temporada del Oscar que acaba de terminar fue la polémica (seguramente inútil) acerca de la fidelidad a los hechos históricos de películas como Argo, Lincoln y Zero Dark Thirty. En The Master, Paul Thomas Anderson posiblemente se aproxima a los orígenes del culto religioso conocido como cienciología (o dianética, uno de los nombres con los que se presenta), cuya cara más famosa hoy es quizás el actor Tom Cruise. Su arma es más la alusión que la cita exacta a pie de página, por eso Anderson desorientará al que vaya con una libreta para anotar datos con los que armar una polémica gratuita.

Joaquin Phoenix interpreta a la fuerza indomable y caótica de la naturaleza (el marinero Freddie); Philip Seymour Hoffman es la mente que asegura haber encontrado la ingeniería para la emancipación definitiva del instinto animal. En el medio de ambos, una mujer que controla dejándose controlar: Amy Adams como Peggy, la esposa del seudofilósofo Lancaster Dodd.

Pudiera ser, en realidad, una película sobre cualquier tipo de secta fanática. Lo que, al menos para cierto público, convierte a The Master en un filme que, a pesar de su relativamente escasa cosecha de premios, es tan o más relevante que cualquiera de los anteriores acerca de un ámbito sumamente sugerente del alma de Estados Unidos desde su origen como nación de colonos: el radicalismo religioso como estrategia individualista de supervivencia y rapiña ante la vaciedad espiritual y la desconfianza a las instituciones colectivas.

O puede verse como una cinta sobre la compulsión en general: la manera en que llenamos las horas con automatismos que creemos que tienen un sentido o con respuestas a preguntas que probablemente jamás se resuelven del todo. The Master carece de un final feliz o una conclusión: quizás lo más sensato sea asumir al ser humano como una criatura tan animal como racional.