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Camino a Guantánamo

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La ventana indiscreta

CINE

En Full Metal Jacket, un grupo de soldados debe seguir una feroz rutina de adiestramiento para ir a la guerra de Vietnam. Los jóvenes pierden la inocencia durante el proceso, al recibir una terapia de choque por parte del sargento mayor Hartman, interpretado por el legendario R. Lee Ermey. Al final de la traumática instrucción militar, los reclutas descubren la muerte, la violencia y la deshumanización del aparato de defensa. A la postre, la película se erige en una denuncia del sin sentido de la burocracia bélica. Salvando las distancias, el estreno de El juego de Ender podría ser considerado el hermano menor del filme antes citado.

La cinta se dirige a un público de grandes y chicos en la búsqueda de establecer una nueva franquicia, apelando a recursos y personajes de orientación esquemática. Harrison Ford personifica al típico mentor de un clásico héroe mesiánico, chapado a la antigua forma del elegido de turno. Pero aun así, el largometraje despierta y activa las neuronas del espectador anestesiado por el sedante de los efectos especiales. La pieza libra una batalla, dentro de su propia estructura, entre ofrecer un espectáculo infantil de trámite y proponer un conjunto de ideas inquietantes sobre el tema del conflicto bipolar, la destrucción masiva de otras vidas, el genocidio y la realidad virtual de los combates del futuro.

Dándole el beneficio de la duda, el guión sabe equilibrar ambas posturas hacia el desenlace agridulce y amargo, cuando el protagonista cae en conciencia del grado de manipulación de su entorno cibernético. Creyendo participar de un proyecto piloto, el muchacho termina causando la aniquilación de una especie enemiga. Los jefes del comando utilizan al chico como la carne de cañón de un video game, cuyos daños colaterales son devastadores. Los artífices de la misión celebran la aparente victoria. El adolescente se siente burlado, confundido, dominado por el complejo de culpa. En consecuencia, el subtexto del argumento arroja una serie de conclusiones y dilemas de plena vigencia.

Detectamos la crítica contra el entramado castrense de los supuestos bombardeos inteligentes. Por fortuna, no es el único caso de la semana. El alegato político también se cuela en el discurso de Plan de escape, aparente banalidad de acción para sacarle los últimos gramos de provecho a la musculatura de Stallone y  Schwarzenegger, antes de su retiro. Por lo pronto, los dos recuperan el filón carcelario de los años setenta y ochenta, con un claro objetivo comercial, no exento de polémica. Ambos acaban siendo enclaustrados en una suerte de presidio fantasma, al gusto de las centrales de inteligencia. El paradero de las víctimas es tan indeterminado como el destino de sus respectivas condenas. Los reos sufren torturas y humillaciones como en La noche más oscura. El regente del calabozo se apellida Hobbes, porque se trata de un Leviatán en toda regla. A pesar de lo predecible de la operación de fuga, rescatamos el esencia distópica del relato, cercano a 1984 de Orwell y THX 1138 de Lucas. Además, el cameo de Sam Neill emparenta el resultado con el cine militante de John Carpenter. Junto al de El juego de Ender, Plan de escape supone una de las curiosidades de la temporada. A su manera, ilustran problemas y cuestiones candentes.