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Alejandra Ambrosi: Con Camila me lanzo al vacío

La actriz de "Dulce amargo", Alejandra Ambrosi

La actriz de "Dulce amargo", Alejandra Ambrosi

De regreso de una parada en su país natal, donde estrenó la película Luna escondida, la mexicana disfruta de una ciudad en la que le sorprende el hábito de subir el Ávila

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Sin abandonar el “¡órale!”, Alejandra Ambrosi ya habla como venezolana. “La cola está arrecha”, deja caer mientras apura el paso al salón de maquillaje. La chaparrita mexicana, dotada de la mirada de doble fondo de la niña perversa que te succiona y más nunca te suelta, tiene espíritu de mochilera. Proveniente de una familia de ingenieros civiles con raíces en la costa amalfitana, se formó en Londres y Nueva York, ciudad en la que, para independizarse, sirvió como mesera a Madonna o Robert de Niro. Su carrera ha sido más teatral y cinematográfica que telenovelera, lo que parece preservarla incontaminada.

La Camila de Dulce amargo, una ama de casa como de cuña de compota que en realidad deja tras sí un sendero de botellas vacías, se mete sin darse cuenta en personaje y divide la voz con un surco, cual borrachita, para recitar alcohólicos ilustres: “No soy fanática de Nicolas Cage, pero Adiós a Las Vegas es fantástica. Jessica Lange en Frances. Forest Whitaker en Bird. ¡Pero con la que me quito el sombrero es Gena Rowlands en Opening Night! Ella llega no entonada, ni prendida, ni borracha, sino lo que sigue después. Y tiene que salir a dar una función de estreno. Amo el cine de John Cassavetes”.

—¿Una alcohólica sirve para ganar un Oscar?

—¡Ay! Carmencita (su estilista en Televen) aquí presente es testigo de mi desastre, de cómo llego destrozada al día siguiente, como si hubiera tomado dos botellas completitas. Tuve la oportunidad de que me abrieran las puertas en un grupo de Alcohólicos Anónimos en Los Palos Grandes. No hay otra manera de hacerlo más que entregándome por completo y lanzándome de clavado al vacío de Camila. Acabo más agotada que con ningún personaje que me haya tocado.

—¿Se toma una copita antes de las escenas?

—Tomo socialmente. Pero ficción es ficción. El gran arte del actor es ponerte en los zapatos de tu personaje sin ayuditas.

—¿Es de los mexicanos que no viaja sin sus picanticos?

—Acabo de llegar de México y mi maleta estaba llena de chiles chipotles. En el desayuno, como ya los meseros me conocen, me tienen preparados mis chiles jalapeños y salsas. Pero me gusta explorar. Hago mis pescaditos con el ají de ustedes, aunque no pica nada. Adoro el casabe, la parchita y el papelón. Soy arepera, pero no tanto, porque si no me verían rodando en la telenovela.

—¿Qué más le impresiona de Venezuela?

—Este rollo de la mujer “pa’lante”. Siento que las mujeres aquí son muy fuertes. Si el marido las deja o les montan cachos, no se tiran al drama. En México son un poquito menos atrevidas. Aquí como que ya tomaron el sartén por el mango.

—¿La venezolana está obsesionada con su aspecto?

Sí, son muy diferentes a las mexicanas. Siempre tienen que estar perfectas. Además de las cirugías plásticas, que para mí fue un shock porque en México no se ve tanto. Aquí no son sólo las actrices, ¡son todas! Mírame: soy muy relajada para maquillarme y todo. Las venezolanas me observan como pensando: “Una arregladita no te caería mal”. No lo juzgo, pero sí me impresionó mucho.

 Dulce amargo

De lunes a sábado, 9:00 pm

Televen