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Carlos Urquiola: de lo sinfónico al romanticismo llanero

La primera presentación en directo de Carlos Urquiola fue en noviembre de 1994, cuando abrió un concierto de Gran Coquivacoa y Luis Silva | Cortesía Prensa Carlos Urquiola

La primera presentación en directo de Carlos Urquiola fue en noviembre de 1994, cuando abrió un concierto de Gran Coquivacoa y Luis Silva | Cortesía Prensa Carlos Urquiola

El barinés, que comenzó su carrera de adolescente, es uno de los talentos emergentes del género 

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Carlos Urquiola titubeó con respecto a otros quehaceres. Por ejemplo, se inscribió en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad de los Andes, pero dejó la carrera cuando descubrió que quería ser abogado. De esa otra misión sí salió con toga, birrete y diploma. De lo que sí no ha dudado nunca, dice, es de su amor por la música llanera.

El arpa, el cuatro y las maracas siempre estuvieron como trasfondo, a pesar de que se formó como violista en el núcleo de Barinas del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela. Perteneció a la sinfónica juvenil de ese estado y, en noviembre de 1994, llegó un abreboca de lo que vendría en  la década siguiente. Cuando Gran Coquivacoa y Luis Silva buscaban talento local para servir de antesala en un espectáculo que presentarían en el Club Árabe, fueron cautivados por la voz del adolescente.

Pasaron los años y en el camino, en el que siguió formándose en la academia, perteneció a corales y orfeones, hasta que en 2005 fue abordado por Joel Leonardo, manager y productor de algunos de los máximos exponentes del género, como Scarlet Linares. Del nexo surgió un disco titulado Carlos Urquiola: la nueva voz del llano, que a través de canciones como “Telaraña” y “Si no estás conmigo” comenzó a abrirle espacio en escenarios y medios de comunicación.

El artista llegó muy temprano desde Barinas y, sin descanso, visitó la redacción del diario El Nacional. Cualquiera lo confundiría con el vocalista de alguna agrupación de pop o música latina. Habla con tono protocolar, como quien está dando un discurso solemne y, de pronto, usa la tercera persona: “Soy un apasionado de las letras, de la literatura –dice mientras acaricia un ejemplar de Lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri– y eso lo complemento con la música y el derecho. Hay muchos jóvenes que se levantan para seguir enalteciendo la música venezolana. Carlos Urquiola forma parte de ese movimiento”.

En Y soñaré, su segundo álbum, se mueve entre joropo y pasajes, siempre con el inalterable acompañamiento tradicional. Elogia a la mujer, pero también le reclama y le ruega. Canciones como “Mujeres a rienda suelta”, “Travieso corazón” y “Amor sin límites” contaron con los arreglos del arpista Carlos Tapia. Sobre esa base, Urquiola demuestra sus cualidades vocales, no en los tonos agudos que a veces caracteriza a los llaneros, y sí con colores de voz que podrían funcionarle a un baladista. 

“Siempre he estado pendiente de lo que tiene que ver con la cultura, en el lugar en el que esté. En las universidades eran los orfeones, en los que aprendí. Es un asunto de crecimiento personal”, reflexiona el artista. “Un cantante llanero es 90% natural. Yo soy un eterno seguidor de los temas románticos de la música venezolana. Uno siempre tiene algo de intuición para dar con los que le llenan o que van a sonar bien al interpretarlos”.

La familia Urquiola es completamente musical. El padre, Wilfredo, es primo hermano de Luis Silva. Es médico, pero ha publicado un par de obras literarias. La madre, Leopoldina Sánchez, fue fundadora de coros. Y los tres hermanos menores son todos ejecutantes de instrumentos, a pesar de dedicarse a otras profesiones. El único que tomó esa rienda con interés comercial fue el mayor, el mismo que decidió seguir los pasos de figuras como Reynaldo Armas.