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“Aprendimos a trabajar con poco y nos hizo más creativos”

Diana Volpe protagoniza <i>Las noches celestiales de la señorita Rasch</i> | Foto: Manuel Sardá

Diana Volpe protagoniza Las noches celestiales de la señorita Rasch | Foto: Manuel Sardá

La intérprete, Premio Municipal de Teatro 2005, dice que los métodos nunca deben sustituir el instinto del actor. Afirma que a pesar de ser una profesión inestable económicamente, representa su máxima felicidad 

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“¿Qué querrá decir perfeccionista? No creo que la perfección exista, sería muy aburrido. Estamos hechos de una serie de imperfecciones que nos hacen un todo más interesante. Pero soy precisa, quizás. Si me comprometo, me comprometo. Y espero lo mismo del otro”, dice en el calor del mediodía. Y se espanta los zancudos que atentan contra sus pies, blancos, pequeños, en sandalias.

Diana Volpe no lleva un conteo de sus (numerosos) personajes, pero afirma que ha hecho casi todas las madres. Son pocas las comedias en su currículum, es más conocido su rostro en dramas, como Las noches celestiales de la señorita Rasch. El montaje, original del alemán Franz Xaver Kroetz, es dirigido por Orlando Arocha y la ha llevado a uno de sus mayores retos: entretener al espectador durante una hora en completo silencio. El monólogo, que incluye boleros en vivo, se presenta en La Caja de Fósforos de Bello Monte.

Habla varios idiomas. Estudió en Estados Unidos, vivió en Europa y Japón. Es premio Municipal de Teatro 2005. Dirige, ha fundado una compañía y dictado talleres. Pero sobre todo actúa. Y mucho.

 

—¿Quién es la señorita Rasch?

—Es una señora que ves en la calle, que va al mercado, que sale de la oficina, te la encuentras en el Metro. Es una más, corriente, sobre la cual no nos hacemos preguntas, pero que si pudiéramos ver a través de un huequito su vida privada, aprenderíamos algo de ella.

—¿Cuál era su principal preocupación con esta solitaria mujer?

—Yo temía que la gente se aburriera. Uno siempre piensa que el teatro es el arte en el que se celebra el texto. Hasta que entendí, y en eso Orlando (Arocha) me ayudó mucho, que un actor no puede hacer más nada que vivir sus verdades y aquí más que nunca: los pequeños gestos del personaje, sus quehaceres, sus acciones rutinarias. Y no preocuparme por otra cosa que no fuera esa. He descubierto que, como no se dice nada sobre la historia de esa mujer, el público ha creado las suyas propias. Me han dicho que a ella la dejaron y está despechada. Otros, que ella nunca supo relacionarse en la vida y se merece estar sola. Otros dicen que está muerta. Eso me parece maravilloso.

—¿Cómo asume los personajes?

—Sin juzgarlos. Leo la obra como se lee una novela y dejo que el personaje me diga lo que quiere decir. Es muy difícil soltar las amarras de tu cerebro para que trabaje tu alma.

—¿Cuándo decidió que era teatro lo que haría?

—Es una decisión que ni siquiera tomé; estuvo conmigo siempre. En mi casa la actuación y el canto eran algo normal. Pero nadie me estimuló a hacerlo, por el eterno tema de que uno no vive de eso, que estudiara otra cosa. Así hice y en paralelo llevé el teatro. El teatro me decidió a mí.

—¿Cuáles han sido los momentos más importantes de su formación?

—Cuando te formas no se trata solo de la técnica, sino también de tu vida. Porque el instrumento del actor es él mismo. Tengo un método que ha sufrido varias interpretaciones por las influencias: el HB Studio de Nueva York, el Taller del Actor, Enrique Porte, Juan Carlos Gené, Grotowski. Uno está en permanente proceso de aprendizaje y enriquecimiento. No solo en cuanto a técnicas, sino cómo te cuidas el cuerpo, la voz. Además el actor debe ser una persona culta. Me preocupo por leer, viajar; por escuchar y ver al otro, interesarme en la gente. Creo hoy que el instinto juega un papel fundamental y es algo que el actor tiene que aprender a respetar.

—Los tiempos de apogeo marcan las artes, así como las crisis. ¿Qué salva al teatro en estos momentos de conflicto?

—En Caracas han surgido compañías, jóvenes que se han obstinado de esperar que los llamen y decidieron montar sus obras. Hasta nosotros creamos una Caja de Fósforos con casi nada. Eso agudiza el ingenio. Aprendimos a trabajar con poco y nos hizo más creativos.

—Ha hecho teatro en otros países. Más allá de lo económico, ¿qué diferencia la escena nacional de la estadounidense o europea?

—El proceso de ensayo en otros países es mucho más corto, pero porque es tiempo completo. En Japón se ensaya durante tres semanas de 9:00 am a 5:00 pm. De resto todos los actores andamos igual: pelando. Porque en esta profesión hoy tienes trabajo y mañana no, a menos que estés en una compañía estable. Y actualmente no hay.

—A veces las personas se exigen y nunca llegan a disfrutar de su éxito. ¿Se considera una actriz satisfecha?

—Me considero enormemente afortunada. Sobre todo desde que empezamos el proyecto de La Caja de Fósforos. Transmitir lo poco que sabes, formar un grupo que crea en el teatro y en lo que puede aportar, con todo el sacrificio que exige, tener la oportunidad de dirigir y de actuar… Creo que esa es la máxima felicidad.

FICHA

Las noches celestiales de la señorita Rasch

La Caja de Fósforos, Concha Acústica de Bello Monte

Funciones: viernes y sábado, 8:00 pm; domingo, 6:00 pm

Entrada: 250 bolívares