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Anna Vaccarella: Las cicatrices me recuerdan lo duro de la batalla

Anna Vaccarella / Foto: William Dumont

Anna Vaccarella / Foto: William Dumont

Poco a poco la periodista recupera la normalidad de su vida, luego de haber sido sometida a un trasplante de médula para combatir el cáncer que le diagnosticaron en 2015

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"No puedo dar besitos", dice y se escuda tras sus manos. A pesar de la advertencia, igual se le abalanzan encima. Quienes ven a Anna Vaccarella de regreso a las instalaciones de Unión Radio no pueden contener su emoción y necesitan abrazarla.

Pero en esa manifestación de amor puede haber un virus. Por eso no debe permitirla. Su sistema inmunológico se reseteó. Es una niña de nuevo. Necesita las vacunas de la hepatitis, viruela, sarampión y una extra para la pena que le causa tener que decirle a la gente que no puede, por los momentos, darle cariño con el tacto.

Luego de haber superado el trasplante de médula al que se sometió recientemente para combatir el linfoma no Hodgkin que le diagnosticaron en 2015, la locutora debe evitar las multitudes. "No puedo ir a iglesias ni a supermercados".

El micrófono es su viaducto para seguir en contacto con las millones de personas que la escuchan en su programa En sintonía, que se transmite por Unión Radio 90.3 FM.

El regreso es poco a poco, pues solo asistirá tres días a la semana. "No lo decidí yo. En esta etapa de mi vida soy muy poco autónoma. Los doctores consideraron que en julio ya estaría con suficientes fuerzas para reincorporarme y ha sido así".

Alonso Moleiro, su compañero de cabina, no pudo estar ese día. Comparte la intimidad de ese espacio con el operador de audio, su cómplice. Vaccarella tose cada tanto, pero el público no se entera porque el técnico tiene sus trucos.

—¿Qué Anna se fue de la cabina de radio en 2015 y cuál regresa en 2016?

—Se fue una Anna sacudida por la adversidad, pero llena de una gran determinación y fuerza para luchar por su vida, dispuesta a someterse a cualquier tratamiento para recuperar su salud; una madre que sufrió al máximo la separación de sus pequeñas hijas, una mujer que aprendió a bailar al ritmo que la vida decidió imponerle y que fue capaz de ver colores en medio de la oscuridad. Regresa otra Anna. Una renacida que intenta dejar atrás la pesadilla vivida. Que aún siente lo que los médicos llaman estrés postraumático. Una Anna a quien las cicatrices en su cuerpo le recuerdan lo duro de la batalla. Que agradece cada minuto de su vida. Y que siente que aún necesita más tiempo para salir del hombrillo.
La enfermedad no pudo con su coquetería. "No me vayas a sacar las fotos con estos lentes", le indica al fotógrafo. Saca su base para la cara y se da unos toquecitos. La sonrisa es el mejor accesorio que lleva puesto.

—Una vez que recibió el diagnóstico y estuvo fuera del ajetreo de la rutina laboral, inmersa en el vértigo de una enfermedad como el cáncer, ¿cuáles fueron sus mayores miedos?

—Primero, mis hijas. Cómo atravesar ese desierto sin generarles algún trauma por la tristeza de ver a mami enferma. Segundo, el miedo al dolor, a quedarme sin cabello, a sufrir, a no estar. Con esta enfermedad llega un miedo que te acompañará el resto de tus días, que te recuerda lo vulnerable que eres; que te hace sufrir pero que a la vez, paradójicamente, te convierte en un ser agradecido capaz de vivir al máximo cada minuto. Vivir un día a la vez me ayuda a negociar con el miedo. Él está ahí, muy cerca, en mi almohada. A ratos me rindo y él gana. Lloro profundamente y pasa. Me fortalezco en las sonrisas de mis hijas, en la inocencia de mis chiquitas. Trato de aprender de ellas la gran lección que me dan a diario al vivir aferradas al presente sin importarles el futuro. Y así voy ganándole días a la vida.
Vaccarella vuelve al aire. Su productora trata de decirle algo sin interrumpirla. Escribe en un papel: "Ya el invitado está en línea". Ese día hubo tres contactos telefónicos, todos empezaron expresando su alegría por volver a escuchar la voz de la periodista. Corte comercial.

—¿Cómo es ahora la rutina de un día en su vida?

—Espero con ansias ese día en el que la rutina vuelva a mi vida. Llevo casi cinco meses con un aislamiento importante, que gracias a Dios mi doctora ya comenzó a flexibilizar.

—¿Se le ha dificultado conseguir las medicinas y el tratamiento adecuado en Venezuela?

—Gracias a Dios y a la Virgen Santa no tengo tratamiento alguno. Tomo muy pocos medicamentos, que me traje de Nueva York en vista de la situación que atravesamos.

—¿Piensa emigrar?

—Amo mi país. No está en nuestros planes emigrar. Pero si algo me ha enseñado esta alta montaña que me tocó escalar es que no hay certezas y cada día trae su afán.

A Anna Vaccarella le da frío. Se pone un pasamontañas, una bufanda y un sweater. Se despide con la promesa de que pronto, después de que se haga su último chequeo en Nueva York y el médico la autorice a retomar su vida, dará todos los abrazos que dejó retenidos.