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Ángel de la Cruz: “A Arrugas la pensamos siempre como una historia sobre la amistad”

Ángel de la Cruz, guionista de la película ganadora del Goya como Mejor Animación | Foto: Archivo

Ángel de la Cruz, guionista de la película ganadora del Goya como Mejor Animación | Foto: Archivo

El director y escritor gallego, que vino a Caracas para dictar un taller sobre cine animado, cree que una comiquita convierte un tema adulto en una experiencia única

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Pionero de la animación en Galicia como director y guionista de El bosque animado (2001), Ángel de la Cruz cita a Unamuno y dice que a los gallegos, regados por el mundo, se les ha curado el nacionalismo viajando. El encargado de la adaptación a la gran pantalla del cómic de Paco Roca, Arrugas (2011), una de las joyas del Festival de Cine Español, bien lo sabe: vino a dictar un taller sobre cine animado en la UCV y aprovechó el puñado de días en Venezuela para tratar de conseguir, con muy pocos datos, la casa y la tumba de un abuelo que vivió en Caracas.

Arquitecto de “buena mano como dibujante”, dice, De la Cruz descubrió una vocación tardía como guionista y director de cine. Nacido en La Coruña en 1963, se inició en el séptimo arte como asistente de decoración en Tirano Banderas (1993) y, de manera un poco casual, se ha convertido en un especialista en cine animado.

“He hecho más cosas, como la película Los muertos van deprisa (2008), pero parece que todo me lleva a volver una y otra vez a la animación. A la hora de escribir un guión, no hago ninguna diferencia. Hoy hay filmes de acción real tan intervenidos digitalmente, como Avatar, que se pudiera hablar de ellos como animaciones. A la hora de dirigir, como hice en El bosque animado y El sueño de una noche de San Juan, sí hay diferencia. Tienes que darle indicaciones a un equipo muy grande: el actor que puso la voz, el que hace la cara del personaje, el de las ropas, el que hace el efecto de iluminación, etcétera. De allí a que te llegue una escena completa pueden pasar semanas y casi te olvidaste de lo que querías inicialmente. No hay esa inmediatez del trabajo con actores de carne y hueso, una parte del cine que no me quiero perder”.

—Es más entendible hacer una película animada para niños. ¿Por qué se adapta una historia para adultos, como Arrugas, para este género?
—Es una buena pregunta, y difícil de responder. Juan José Campanella (cineasta argentino) está haciendo animación, pero parece que dijo que será su última vez. Es un género con el que hay que tener mucha paciencia, ¡ja, ja! Cuando leí el cómic de Paco Roca, reconozco que pensé: “Pero es que esto no es animación, es para una película con actores, porque se trata de una historia para adultos”. Pero el productor Manuel Cristóbal me respondió algo que a lo mejor te da una clave: “¿Una película con dos viejitos en un geriátrico, uno de ellos con Alzheimer? Creo que hay varias. Pero si la hacemos como animación será única”. Hoy creo que, en imagen real, Arrugas no hubiera funcionado tanto ni tan bien. Y además hubiera sido más dura, porque maneja temas muy dramáticos. Con Arrugas se te sale alguna lágrima, pero sales optimista y esperanzado.

—Una pregunta siempre latente en Arrugas es si la que llevan sus personajes es una vida digna de ser vivida. ¿Su respuesta es afirmativa, más allá de creencias religiosas?
—Creo que, ¡vamos!, la vida es algo precioso. Y para muchos, algo único que no debe ser desaprovechado. Es difícil vivir la teoría sin conocer la práctica: ¿cómo me comportaría yo con unos cuantos años y alguna enfermedad como el Alzheimer, que la padece mi madre? Los que vivimos alrededor no queremos que esas personas se marchen. Lo ves en el personaje de Miguel: parece un sinvergüenza, pero al final demuestra que lo va a dar todo por la amistad. Arrugas es lo que los estadounidenses llaman una buddy movie: la planteamos no como una película sobre la senilidad, sino antes que nada como una historia sobre dos amigos, aunque hagan sus diabluras ya de viejos.

—Como guionista de Arrugas, ¿fue cómodo trabajar con el autor del cómic original, Paco Roca, al lado?
—Fue fantástico. Paco siempre había querido que un cómic suyo se convirtiera en película, pero jamás pensó que sería Arrugas. Además de autor de la obra original, fue director artístico del filme. En este caso particular, el cómic solo daba para una película de 60 minutos, por lo que tuvimos que recurrir a material que Paco no había utilizado, e incluso material suyo de otros cómics, como la escena de la piscina. El motivo de la escalera que sube al piso de los ancianos asistidos (en fase terminal) nosotros la convertimos en ascensor, más cinematográfico. Paco siempre supo que había dejado de ser su obra personal para convertirse en colectiva. Y lo ejemplificó así: “Ver la película terminada es como mandar un hijo a un campamento de verano, vuelve más maduro e independiente”. Jamás cambió cosas que habíamos hecho el director (Ignacio Ferreras) y el guionista.

—¿Una civilización obsesionada por la juventud, que esconde la vejez bajo la alfombra, es viable a largo plazo?
—Antes de hacer cine trabajé en la elaboración de avisos publicitarios. Cierta vez, en una agencia de publicidad me dijeron acerca de una ilustración: “Quita esos dos ancianos que pusiste allí al fondo, son antiestéticos”. Mucha gente que ve Arrugas siente deseos de llamar o visitar a sus padres o abuelos. En la película no quisimos arremeter contra los asilos y geriátricos, instituciones que cumplen una función en una sociedad que nos hace vivir a un ritmo acelerado. Lo que resulta triste es arrinconar a nuestros ancianos allí, no visitarlos, no hablarles, olvidarles por completo.

Menos películas, más pensadas

Ángel de la Cruz admite que quien vea hoy El bosque animado (2001) se encontrará con una animación digital cuya factura puede parecer prehistórica al lado de una producción de Pixar. Pero insiste en que si una historia está bien, todo lo demás se perdona. “Como arquitecto puedo decir que lo importante siempre es la estructura, es decir, el guión. Un edificio muy bonito, pero construido sobre bases endebles, no va a aguantar. Ante la crisis que estamos viviendo en España, me gustaría que hubiera muchas más películas de denuncia en la línea de lo que hace Ken Loach en Gran Bretaña, o comedias muy críticas como Plácido (1961) de Luis García Berlanga. El lado positivo es que, aunque ha bajado muchísimo el número de películas producidas en España, las que se están haciendo son más pensadas y cuidadas. Antes los filmes españoles difícilmente pasábamos de 15% en la cuota de pantalla en nuestro país, en 2012 hemos superado en espectadores a Hollywood, gracias a filmes como Lo imposible, Blancanieves, El artista y la modelo y Las aventuras de Tadeo Jones. Es como si la crisis nos hubiera empujado a buscar alianzas de financiamiento fuera de nuestras fronteras y hacer proyectos más ambiciosos, consistentes y profundos”.