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Ana Teresa Torres: "Los intelectuales deben tener mucho cuidado con el poder”

Ana Teresa Torres | Foto: Samuel Hurtado

Ana Teresa Torres | Foto: Samuel Hurtado

Los vericuetos de escribir novelas, la necesidad de narradores que tengan voces fuertes y, en especial, el papel del autor en la sociedad venezolana son los temas de su más reciente colección de ensayos

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La literatura acompaña a Ana Teresa Torres desde la niñez, cuando una pequeña lectora hallaba en los cuentos una realidad diferente a la suya, algo que sin estar en su vida “suponía que debía existir en alguna parte”. Su adoración por este arte, casi 60 años después de descubrirlo en las obras de los hermanos Grimm, es lo que evidencia El oficio por dentro, el título más reciente de la bibilioteca con su nombre que edita Alfa.

“Ana Teresa Torres es lo que se llama un escritor de oficio. Una obra ya considerable no sólo por los muchos libros sino por el rigor y la autenticidad que la respaldan, las distinciones y premios recibidos, su creciente difusión dentro y fuera de Venezuela, todo esto justifica que existan lectores interesados en saber de ella, en conocer lo que piensa de la literatura”, escribe María Fernanda Palacios en la introducción al libro, el mismo que describe como “irregular, asimétrico y variado, como suelen ser siempre las recopilaciones antológicas con las que un autor junta sus opiniones”, y que será esencial en el futuro para estudiar la obra de Torres.

Dividido en tres partes, El oficio por dentro es más que una visión pasteurizada de la escritura de ficción, es también una enfática muestra de la responsabilidad de los intelectuales con su sociedad y su época, especialmente en momentos de crisis social, política y sobre todo –así lo señalará la misma Torres– cultural, como la que atraviesa Venezuela.

“En lo que me corresponde he tomado la decisión de de no cooperar con las instituciones oficiales que representan al Gobierno de Venezuela (…) no quiero que al ver mi nombre algunos puedan pensar que participo de la mascarada democrática de Hugo Chávez, y dentro de la modesta participación que la literatura tiene en la vida oficial, no acepto hacer el juego”, escribe como declaración de principios.

Las secciones “La novela en siete vueltas”, una suerte de taller de narrativa, y “A la escucha del texto”, en la que analiza por qué considera a la voz del narrador la verdadera portagonista de una obra, son testimonio de la valía profesional de la autora de las novelas El exilio del tiempo (1990) y Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin (1999). Pero es “La escritura y sus circunstancias” el apartado que más toca a la sociedad venezolana contemporánea, no sólo en sus opiniones sobre la República bolivariana, sino en los estudios de la relación entre la literatura y la identidad nacional que presenta, así como los ensayos dedicados a lo que André Gide llamó “literatura comprometida”.

Es en estas líneas donde queda testimonio de que Torres ha aceptado su sino de autora venezolana, que según cuenta es el mismo que aquel de los profesionales de las letras en la región. “Los escritores latinoamericanos heredamos la obligación de ser pensadores de nuestros propios países porque pertenecemos a naciones irresueltas, en búsqueda de soluciones ideológicas que no llegan o desgraciadamente llegan”, se lee en su breve ensayo “El país según la escritura”. Por eso, Ana Teresa Torres es parte del grupo de escritores venezolanos que van a la vanguardia de las interpretaciones del momento histórico que le ha tocado vivir al país.

—Antonio López Ortega ha dicho alguna vez que en las letras nacionales no hay grandes personajes por la incapacidad de los venezolanos para pensar como colectivo, ¿cree que esto es cierto?

–—La falta de grandes personajes es un fenómeno universal. Las novelas ahora se construyen a partir de las relaciones entre los personajes, pero ya no hay una gran estatua como la hubo antes. Las Doña Bárbara, Madame Bovary o Ana Karerina han ido desapareciendo de las literaturas occidentales porque se refieren a construcciones de identidad y hoy, como parte de la posmodernidad, sabemos que esta [la identidad] es evanescente. En Venezuela llegamos a este fenómeno más o menos al mismo tiempo que el resto de América Latina –excepto en México, donde algunas novelas de Carlos Fuentes presentaban personajes.

—¿La utopía guerrillera de los años sesenta determinó el desarrollo de la literatura venezolana en las décadas posteriores?, ¿esto no le otorga cierta melancolía?

—No lo había visto así. Hubo un momento en el que existieron varias novelas de lo que se llamó literatura de la violencia y luego eso fue desapareciendo porque entró la urbe como tema y ambiente fundamental de la narrativa. Una novela representativa de aquel momento fue País portátil, pero esta obra tiene dos novelas adentro: una es la del guerrillero urbano y la otra vuelve a los antepasados rurales del protagonista.

—¿Cree que hoy se puede hablar de la “literatura comprometida”, en los términos que cita de André Gide?

—No veo ese compromiso en la literatura reciente. Lo veo en las personas y, afortunadamente, no en sus obras. Pero tampoco la posición política del escritor puede ocultarse en lo que escribe, salvo que se ponga cuidadosamente a fabricar una máscara.

—¿Qué es lo más delicado de la relación entre los intelectuales y el poder?

—Los intelectuales deben tener mucho cuidado con el poder. Y si el poder no es democrático, ni hablar. Se ha escrito mucho sobre eso: el artista que está cerca del poder y le gusta disfrutar de él, pero que tiene la idea de que éste no lo va a corromper y de que podrá salvar su libertad intelectual. Pero no: el poder fagocita y traga.

—¿El poder también banaliza sus obras?

—Sí, porque la usa para aquello que le interesa. Y le quita importancia. Los artistas deben mantener buenas relaciones con el poder. Si éste es democrático, por supuesto, pero con su distancia; mas cuando tiene una visión autoritaria, envolvente y con una vocación hegemónica, pueden quedar envueltos por eso y dejar que su voz termine siendo la misma del que manda.

La marca del boom

Ana Teresa Torres, al tratar de recordar cómo comenzó su relación con la literatura, escribe que los cuentos de los hermanos Grimm y Mujercitas, de Louisa May Alcott, fueron los libros que la convirtieron en lectora, pero no se refiere a cuándo comenzó a leer como escritora. Durante la entrevista, sin embargo, señala que aunque hay una continuidad entre una y otra formas de leer, su genealogía literaria comienza en la década de los años sesenta.

“Mi juventud coincide con ese movimiento maravilloso que fue el boom latinoamericano. Un momento extraordinario porque todos los días tenías una novedad a cual mejor que otra. Quizá al único que volvería, y al que he vuelto, sin embargo (y no sé si pertenecía al boom), es Jorge Luis Borges. Yo ubicaría allí mi genealogía literaria. Creo que este es el caso de muchos escritores de mi generación. La novela que yo hubiera querido escribir es Rayuela de Julio Cortázar. Luego, el boom fue apagándose y surgieron otras cosas porque la literatura es inagotable”, indica.