• Caracas (Venezuela)

Escenas

Al instante

Amargo y dulzón

La escritora venezolana Michaelle Ascencio | Omar Véliz

La escritora venezolana Michaelle Ascencio | Omar Véliz

Sólo una vez entrevisté a Michaelle Ascencio y bastó para quedar ligado -religado- a su semblante, a sus gestos, a sus locuras, a sus libros y a su agradecimiento

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Michaelle Ascencio fue la mejor de todas las personas en hacer reír. Entiéndase así: la mejor. Por eso es tan difícil comentar o despedir su mutis. Porque las muertes nos ponen en una penumbra mala. “Dejan ese cuerpo maluco”, como ella misma pudo decir. Y mencionar a Michaelle, obliga, por lo menos, a sonreír y a quererla. A ver el sol.

Sólo una vez la entrevisté y bastó para quedar ligado -religado- a su semblante, a sus gestos, a sus locuras, a sus libros y a su agradecimiento. Ella, la señora notable de la academia, las letras, la antropología;la del estudio de la belleza, la historia, las devociones populares de América, fue también la mujer de la vida y el disfrute. La excelente actriz del día a día, con una teatralidad cotidiana que sólo vive en las abuelas más amorosas y burlonas: esas del chiste popular, del repensar las cosas con hilaridad pero sin sorna, las doñas del buen humor y el remedo. Las del respeto a carcajadas. Esa dignidad profunda y natural que tanto falta para doblarnos de la risa sin minimizar al otro. Sin insultarlo.

Ella era esa persona a la que querías oír después de un acontecimiento grande o pequeño, bueno o malo, porque ponía el guante del revés en todo, porque observaba detalles menos evidentes para el resto o porque torcía el suceso y lo desnudaba distinto, hecho cuchufleta. Todo era carne para la risa bajo su mirada suspicaz.

Mujer de especial sensibilidad, me hizo oír palabras que salían gordas y conmovedoras de su boca: “Ese sentimiento que nutre el arte, la poesía, el amor, las relaciones. Esa cosa inefable que los griegos llaman Afrodita o Eros. Eso es la religiosidad. Eso que va más allá del aquí y el ahora, lo que te permite desbordarte de modo gratuito, sin la intención de conseguir algo”.

Y es desde aquí, desde esta generosidad que describe, hay que entenderla y aproximarse a su obra,a su legado y a sus fines. En rigor tan haitiana como venezolana, Michaelle se dedicó a comprender, comprenderse y compartir lo comprendido. Debemos ser responsables y leerla. Dejó pistas de peso para armar este rompecabezas infinito que es la sociedad venezolana y su aciago presente. En su último libro, De que vuelan, vuelan, lo deja ver: la fe popular y su correlato político. La creencia religiosa que malhadadamente impregna al poder.

Amargo y dulzón, esa novela que le valió el premio de la Bienal de Literatura Latinoamericana José Rafael Pocaterra, podría titular esta hora inevitable. Sí, murió Michaelle Ascencio, pero es imposible pensarla y no sonreír, recordarla y no asociarla con nuestras risas. Pero hacerlo como nos enseñó: con aquel viejo respeto.