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Alfred Wenemoser juega a la retrotransformación del arte

El rojo de la obra LDR de Roberto Obregón ocupa una de las paredes de la sala del Espacio Mercantil | Foto Manuel Sardá

El rojo de la obra LDR de Roberto Obregón ocupa una de las paredes de la sala del Espacio Mercantil | Foto Manuel Sardá

El artista austríaco residenciado en Venezuela dialoga con las obras de Nicolás Ferdinandov, Gerd Leufert y Roberto Obregón

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Nicolás Ferdinandov condicionaba la percepción del arte a partir del espacio. Por eso el pintor ruso le recomendó a Armando Reverón que construyera una galería subterránea en su Castillete para la contemplación de las obras.

“En la exposición de 1920 hizo un túnel, un acceso para admirar las piezas. Cuando llegué a Venezuela en la década de los ochenta me contaron esta historia. Y comencé a construir túneles”, indica Alfred Wenemoser.

Por eso a la entrada de la exposición Retrotransformación y otros métodos de percepción del artista austríaco residenciado en Venezuela el público debe atravesar un estrecho pasadizo azul. En las paredes de este túnel se encuentran los nombres de las 200 obras de 60 artistas que dialogan en la muestra, que abrió sus puertas en el Espacio Mercantil de Altamira el 2 de noviembre.

“Para Ferdinandov era importante construir accesos especiales y acondicionar el espacio para modificar la percepción de sus obras. Uno de los proyectos que está inspirado en esta idea es el Museo de Bellas Artes. Las rampas de una sala sirven como espacio de silencio y reflexión antes de llegar a la siguiente estación. Es lo relevante de esta construcción de Carlos Raúl Villanueva. Las salas se convierten en nichos de arte”, señala Wenemoser.

El recorrido de la exposición está marcado por cinco momentos. Inmediatamente después del túnel azul se encuentra la obra Crisantemos de Ferdinandov, una de las pocas que se encuentra en una colección privada. El espectador está obligado a mirar por una rendija circular para ver los detalles del abanico. Y ahí comienza la “retrotransformación”. El austríaco recrea la pieza sobre una pared, en grandes dimensiones.  

La curadora Tahía Rivero asegura que la obra de Wenemoser ha estado ligada siempre al performance art. “Desde su llegada al país se vinculó con los artistas conceptuales que cuestionaban la primacía del objeto artístico en favor de la idea”.

La siguiente estación está integrada por 200 cuadros enmarcados que cuelgan del techo. Dibujos, grabados y fotografías de la colección del Mercantil penden sobre las cabezas de los visitantes. Las obras dialogan con el Diafragma de Wenemoser, una amplia instalación circular que está ubicada en el piso.

Al fondo, aparece la “retrotransformación” en negro de un cuadro de Gerd Leufert llamado Nenia. Wenemoser modifica la obra original en esta suerte de mural, pero conserva la esencia del padre de los diseñadores.

La muestra se acentúa por el juego de la iluminación. La luz es un elemento importante y los colores coquetean con la Cromosaturación de Carlos Cruz-Diez.  

El rojo de la obra LDR de Roberto Obregón satura otra de las paredes de la sala. A diferencia de las otras dos instalaciones, en esta se reproduce con exactitud cada una de las partes del cuadro original. “Desde que murió hice varias exposiciones para continuar desarrollando su obra. No era un simple homenaje, era vivir el espíritu de Obregón”, dice Wenemoser al tiempo que la curadora hace una acotación pertinente: “Ellos exhibieron juntos. Esta obra es una forma de que ambos artistas trabajen en conjunto”.

El recorrido termina en un área que pocas personas pueden visitar en una sala de arte: las bóvedas de las obras. En la instalación colocada en una especie de cueva se presenta un video con varios críticos de arte. “Recreamos la idea de los nichos también al final de la exposición, una analogía al tema de lo subterráneo que se acompaña con las escafandras que Ferdinandov usaba mucho por su contacto con el agua”.