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Adiós a don Simón, el maestro más bello del mundo

Simón Alberto Consalvi, escritor, historiador, periodista e intelectual de referencia para el país/Raúl Romero

Simón Alberto Consalvi, escritor, historiador, periodista e intelectual de referencia para el país/Raúl Romero

Periodista de raza, escritor de prosa audaz y clara, historiador de pasión que nunca acusó el zarpazo de la fatiga, Consalvi jamás permitió que la amargura ni la queja le arrebataran la emoción de vivir

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Ha muerto el último venezolano. Ha muerto Simón Alberto Consalvi, un hombre que nunca dejó de dar al país y a su gente la luz que tenía en el corazón. Quienes lo conocimos, quienes tuvimos la dicha divina de estar cerca de él, hoy tenemos el alma hundida en el dolor y en la adversidad.

Este lunes, cuatro horas antes de fallecer en su casa de El Hatillo, lejos del ruido feroz de esta Caracas hostil y devoradora, don Simón estuvo en la redacción de El Nacional, de la cual era editor adjunto, y, como siempre, como todos los días y todas las horas, nos regaló la sonrisa que sólo él tenía, esa sonrisa que era sólo suya. A pesar de las muchas fatalidades que Consalvi padeció –cárcel, exilio, la muerte de su hija y de su esposa María Eugenia Bigott– jamás permitió que la amargura ni la queja le arrebataran la emoción de vivir de aquel niño merideño que había sido alguna vez.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un venezolano tan claro, tan rico de aventura, un venezolano como él, para quien la cultura fue en todo momento la vocación suprema. Periodista de raza, escritor de prosa audaz y clara, historiador de pasión que nunca acusó el zarpazo de la fatiga, el maestro Consalvi fue fundador de la revista Imagen, de Monte Ávila Editores, de la Biblioteca Ayacucho. Dirigió el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) y la Oficina Central de Información (OCI). Durante los últimos años, junto con Edgardo Mondolfi Gudat y otros colaboradores, creó y dirigió la Biblioteca Biográfica Venezolana. Desde 1997, era Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, donde también llevó adelante proyectos editoriales de amplia significación.

Pero no es momento para currículos. El doctor Consalvi jamás hablaba de sí mismo en esos términos. Lo suyo era el afecto y trabajar. ¡Ese sí era un hombre intachable! ¡Era pura compañía! A su lado el mundo parecía más real y más seguro, y Venezuela, pese a todo, a más de ser una nación tan brava, era el único lugar en el que valía la pena vivir y morir. “Todo lo que está pasando en este país es demencial –solía repetir por estos días–, pero la historia se mueve”. Y vaya que si había alguien que podía decir algo así era él, que había sido víctima de lo peor y protagonista de lo mejor del siglo XX venezolano.

Y es que entre todo lo bueno que se puede decir de don Simón, debe ponerse en primerísimo lugar que fue uno de los constructores y defensores de la libertad y la democracia de Venezuela. Pertenecía y pertenecerá ya para siempre a la estirpe de Rómulo Gallegos y de Mariano Picón Salas, dos de los hombres que más admiraba. No me cabe ninguna duda de que ambos eran para él, además de guías intelectuales y ejemplos de solidez ética, maestros del espíritu, de esos que el hombre interroga en la soledad y a quienes solicita la lucidez necesaria para conjurar las encrucijadas del destino.

Y además del tabaco y la amistad, a don Simón le gustaba la literatura. Le gustaba, sobre todo, el Lazarillo de Tormes, un personaje que se le parecía tanto como Don Quijote y Sancho Panza, pues de un pedacito de cada uno de ellos tenía Consalvi hecha el alma. Era travieso, como Lázaro. Era soñador, como Alonso Quijano. Tenía un sentido inigualable de la realidad corriente, como Sancho. Tal vez esto explique por qué, al leerlo, al escucharlo, uno percibía que en él habitaba una sabiduría como recién nacida que era a la vez muy antigua.

Ha muerto el último venezolano. Simón Alberto Consalvi ya no está más entre nosotros. Se fue de todo esto, de este país amargamente fracturado, de este país que amó sin tregua y por el que sufrió con virilidad y estoicismo. Este país que estudió a fondo y al que dio la máxima bondad que es capaz de albergar un hombre.

Murió el maestro más bello del mundo. ¿Qué hacemos ahora con este dolor tan hondo? Además de llorar, entregarnos a la fe y a la memoria.