• Caracas (Venezuela)

Enrique Marín

Al instante

El teniente Cabello y las instituciones

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Ya el teniente Cabello habló. Como don Rafael, en sus tiempos. ¿Ladrón? ¿Narcotraficante? Denme pruebas. Dijo que no hablaba por él, ni por su ego, sino por su familia y por las instituciones. Pausadamente y con serenidad, mencionó uno por uno a los demás integrantes de la lista de investigados. Varios compañeros de armas, un gobernador, una fiscal del Ministerio Público, un hermano. Porque él no está solo en esto.

Inmediatamente, el teniente Cabello recibió el apoyo solidario de la Asamblea Nacional y el TSJ. Sendos cheques en blanco. Por llenar las formas, hubieran podido decidir investigarlo, o enjuiciarlo, hasta para declararlo definitivamente inocente. Pero no; considerando los méritos del teniente, prefirieron darle un espaldarazo.

Digamos que el apoyo de la Asamblea se entiende. Cualquiera sabe cómo es la cosa. Lo aprobaron los diputados oficialistas. Amigos, compañeros de trabajo. Es parte del toma y dame de la labor parlamentaria. Hay compromisos. Algunos habrán levantado la mano de manera menos espontánea que otros, tal vez en nombre de la buena fe, o de la presunción de inocencia que tanto nos llena la boca, aunque ande de capa caída por estas calles.

El apoyo del TSJ, en cambio, sí que es una sorpresa. Puro corazón y amor de patria. Los magistrados nada tienen que ver a diario, presume uno, con el teniente Cabello, y nada le deben, se imagina uno. El cargo se lo ganaron por sus propios méritos, y el abultado sueldo que devengan lo tienen asegurado por varios años. Ellos reaccionaron únicamente en defensa de las instituciones, ante “señalamientos noticiosos que pretenden reflejar situaciones que no se sustentan en ningún basamento verosímil o posible, y que no cuentan en el ámbito jurídico nacional con ningún efecto de índole alguna, como sabemos, al carecer de veracidad”. En criollo, los tales señalamientos son chimbos y embusteros. El TSJ en pleno ya lo sabe, para eso son juristas, sin necesidad de pruebas.

Los tribunales penales venezolanos y seguramente los de todos los países están llenos de causas sobre hechos inverosímiles, imposibles, falsos, hasta que se produce la sentencia condenatoria: la del psicoanalista que dio muerte a su paciente, la del marido que mató a su querida mujer, la de la mujer que pagó para que mataran a su adorado marido… Antecesores de nuestros magistrados actuales conocieron de una acusación “inverosímil” y sin futuro contra el presidente Pérez y lo terminaron condenando. Ese fue un juicio seguramente imposible para muchos contemporáneos, antes de la sentencia. Y que no hubieran podido predecir ni Betancourt, ni Vallenilla Lanz, ni Gil Fortoul, ni el mismísimo presidente Gómez.

La declaración del teniente Cabello, blindada con las de la Asamblea y el TSJ, en nombre de la “institucionalidad”, estaba dirigida a la opinión pública nacional, a sus partidarios y muy especialmente a aquellos por quienes teme que, en mala hora, pudieran llegar a creer “los señalamientos noticiosos”.

Pero la opinión pública internacional también es importante y el régimen lo sabe. Bastante ha gastado para tener una buena imagen y ganarse el respaldo de otros gobiernos en foros internacionales. Porque no es lo mismo no ser suizos, que ser metidos en el mismo saco con Myanmar, Zimbabue o Bielorrusia, aunque los dos últimos se cuenten entre nuestros nuevos mejores amigos.

Afuera, donde no conocen como el TSJ o la Asamblea, las virtudes del teniente Cabello, la gente puede creer las noticias que está difundiendo la prensa internacional y, además, llegar al convencimiento de que el teniente Cabello nunca podrá ser juzgado con imparcialidad en este país sino en instancias foráneas. Cabe preguntarse si, al menos en este sentido, algunos de sus silenciosos compañeros de lista, con visión de largo plazo, compartirán su estrategia.