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Enrique Krauze

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Enrique Krauze

Obama lee a Martí

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El reciente acuerdo entre Cuba y Estados Unidos me recordó las páginas del célebre ensayo Nuestra América, donde Martí critica al vecino poderoso que nos desconoce y desdeña. Citando a Martí, Obama reescribía la historia: ni nos desdeña ni nos desconoce. Y así, se ha empezado a reescribir una historia que comenzó en 1898 en Cuba, estalló en 1959 en Cuba, y puede comenzar a concluir en Cuba, en 2014: la historia del antiamericanismo.

La Guerra del 98 unió a los países de Hispanoamérica contra Estados Unidos y los reconcilió con España, de quien todos –salvo Cuba– se habían independizado. A raíz de esa guerra, los liberales de la región padecieron un síndrome similar al de los marxistas tras la caída del Muro de Berlín: se sintieron huérfanos. Vieron en aquellos hechos una contradicción insalvable entre los valores democráticos que habían fundado a Estados Unidos y los designios explícitos de hacer ondear la bandera de las barras y las estrellas desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego. En el caso particular de Cuba, muchos iberoamericanos se negaron a admitir una independencia convertida en protectorado. Fue entonces cuando los liberales de América Latina comenzaron a converger con los católicos, los conservadores y los primeros socialistas en la concepción de un nacionalismo iberoamericano de nuevo cuño: imaginar una sociedad militantemente opuesta a la americana.

Entre 1898 y 1959, el balance político, diplomático, económico y militar de Estados Unidos en América Latina fue desastroso: desembarco de marines, ocupaciones militares, aliento a golpes de Estado y, junto a todo ello, la machacante presencia de las grandes empresas americanas. En Estados Unidos, la supeditación de la diplomacia a los grandes negocios era vista como algo normal, pero a estos países les resultaba una muestra intolerable de codicia.

Como reacción, la región vivió un ascenso del nacionalismo tanto local como continental, que los presidentes americanos del período de entreguerras leyeron como una antesala al comunismo. Con su “Good neighbour policy” Roosevelt corrigió un tanto el rumbo pero en Cuba aquella vinculación entre negocios y política fue continua y visible. Con todo, la cooperación panamericana alcanzó su mejor momento en la Segunda Guerra Mundial.

Al inicio de la Guerra Fría, el nacionalismo iberoamericano se orientó hacia las diversas variedades del marxismo. Muchos atribuían la pobreza y la desigualdad a la presencia estadounidense, y pensaron que el socialismo era una alternativa. Para colmo, Estados Unidos apoyaba dictaduras militares como la de los Somoza y terminó por desacreditarse como fuente de valores democráticos. Los defensores de esos principios quedaron aún más aislados.

La Revolución cubana abrió un ciclo de intenso antiamericanismo. La “Alianza para el Progreso” no pudo contrarrestar el encono provocado por las duras administraciones republicanas. La intervención del Departamento de Estado en el golpe a Salvador Allende terminó por incitar a dos generaciones de jóvenes a emular al Che Guevara y Fidel Castro. Los crímenes de Reagan en Centroamérica avivaron aún más los ánimos. En las aulas de América Latina, el odio contra el imperialismo yanqui se volvió canónico. Y para el régimen dictatorial cubano, fue su mejor arma de supervivencia.

En 1989 ocurrió casi un milagro: las unánimes transiciones democráticas de Latinoamérica (Chile, Nicaragua, El Salvador). Ahora eran los marxistas los que se sentían huérfanos de ideología y ese vacío lo llenó –hasta cierto punto– el casi olvidado ideario democrático liberal o socialdemócrata.

Aunque no desaparecerá del horizonte, el antiamericanismo en la región comenzó a pasar de moda. Lo mantuvo artificialmente el histrionismo incendiario de Hugo Chávez contra “el imperio”. Pero era (y es) difícil disimular el carácter anacrónico del discurso chavista contra su principal cliente petrolero. Solo quedaba el diferendo con Cuba. Era tiempo de resolverlo.

Al restablecer relaciones con Cuba, Estados Unidos ha recobrado la legitimidad moral para refrendar los valores que lo fundaron igual que a todos los países de América. El arraigo de esos valores fue el verdadero sueño de Martí para Cuba. Ninguno más prioritario que la libertad de expresión. Ningún pueblo es una isla entera por sí mismo. Los cubanos lo han sido por demasiados años.